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Santa Beatriz de Silva
(1424-1491)
Fiesta: 17 de Agosto
Fundadora concepcionistas franciscanas
El año 1422 se formó el nuevo hogar Silva-Meneses, en el que vería la luz
Beatriz. Su padre fue este aguerrido caballero, don Ruy Gómez de Silva, tan
distinguido en la cruzada contra los árabes. Su madre, doña Isabel Meneses,
procedía de ilustre sangre real y era la segunda de los cuatro hijos de don
Pedro Meneses.
La vida del nuevo matrimonio transcurrió entre Ceuta y Campo Mayor, cuya
alcaidía le fue concedida a Ruy Gómez de Silva por el rey portugués. Campo
Mayor es una ciudad fronteriza con España, del distrito de Portalegre y
diócesis de Evora.
Aunque no faltan historiadores antiguos que dan a Beatriz por nacida en
Ceuta, la tradición del primer convento concepcionista de Toledo considera a
Campo Mayor como la patria de su madre fundadora y en esta villa portuguesa
se conservan los mejores recuerdos de la infancia de Beatriz. Como fecha de
su nacimiento se señala el año 1424.
La madre de Beatriz, siguiendo la tradición familiar, era muy devota de la
Orden de San Francisco y por ello encomendó la educación religiosa de sus
once hijos a los padres franciscanos, que sembraron en sus almas un amor
especial a la Inmaculada Concepción.
En 1447 Juan II de Castilla contraía matrimonio con Isabel, princesa de
Portugal. Esto dio lugar a que la nueva reina de Castilla pidiese al alcaide
de Campo Mayor a su hija Beatriz como primera dama. Tenía ya entonces
veintitrés años y era muy hermosa. La corte de Castilla residía por entonces
en Tordesillas, al oeste de Valladolid, en plena meseta castellana, junto al
río Duero. El ambiente palaciego estaba dominado por intrigas y frivolidades
cortesanas de la época. Estas fueron las espinas que encontró Beatriz en
Tordesillas, haciendo más bella y fragante la flor de su virginidad.
Fuese por intrigas de algún caballero resentido ante la negativa de Beatriz
a sus pretensiones, fuese por celos de la reina, que llegó a ver en ella una
amante rival, cayó en desgracia de ésta. «Viendo la grande estimación que
todos hacían de la sierva de Dios, la reina tubo celos de ella y del rey, su
marido, y fueron tan grandes que, por quitarla de delante de los ojos, la
encerró en un cofre, donde la tuvo encerrada tres días, sin que en ellos se
le diera de comer y de beber». Fue todo un torbellino de pasión, que quiso
tronchar la vida de esta delicada flor, pero acudió en su defensa la Reina
del cielo.
«La Virgen María se le apareció con hábito blanco y manto azul y el Niño
Jesús en brazos, y, luego de haberla confortado con cariño maternal, le
intimó que fundara en su honor la Orden de la Purísima Concepción, con el
mismo hábito blanco y azul que ella llevaba. Ante tan señalada merced de su
Reina y Señora, Beatriz se ofreció por su esclava y le consagró, rebosante
de gratitud, el voto de su virginidad y le rogó confiadamente la librara de
aquella prisión. La Reina celestial accede sonriente y desaparece».
La intervención de don Juan Meneses, tío de Beatriz, hizo que la reina
Isabel abriese el cofre pasados tres días, esperando que su dama fuese ya
cadáver. La sorpresa de todos fue impresionante. Beatriz apareció con más
belleza y lozanía que antes de ser encerrada. Todos adivinaron que la bella
dama portuguesa había sido favorecida en aquellas horas obscuras y
tenebrosas con alguna luz especial del cielo. La Santísima Virgen la había
escogido para dama suya. Era preciso cambiar de palacio. «A los tres días de
verse libre del encierro, sin más dilación, pidió salir de Tordesillas,
dirigiéndose a Toledo, acompañada de dos doncellas.»
En Toledo florecían por esta época numerosos monasterios de todas las
principales Órdenes, especialmente cistercienses, dominicas y clarisas.
Razones que la historia no nos ha transmitido hicieron que Beatriz escogiese
el monasterio cisterciense de Santo Domingo de Silos (vulgarmente «El
Antiguo»); tal vez relaciones muy personales con alguna de las religiosas de
este monasterio, perteneciente a la nobleza portuguesa o castellana; tal vez
el haber encontrado en este monasterio las condiciones más a propósito para
la vida retirada que ella pensaba llevar, sin ser religiosa.
En este vetusto solar de Toledo buscó Beatriz su casita de Nazaret, como
«señora de piso», y en él vivió treinta años dedicados a la oración, al
sacrificio y al desprecio del mundo. «La sierva de Dios fue muy humilde en
sus acciones, despreciando su persona en actos exteriores; ... era su vida
heroica y... vivió treinta años en Santo Domingo, ejercitándose en toda
virtud.» Hay un dato muy significativo que revela su enérgica decisión de
romper con el mundo: «Desde que salió de la corte del rey Don Juan hasta que
murió ningún hombre ni mujer vio su rostro enteramente descubierto, si no
fue la reina Doña Isabel (la Católica) y la que le daba de tocar, porque,
aun para comer delante de solas sus criadas, apenas descubría del todo la
boca».
A la mortificación y vida retirada unía la práctica de la oración prolongada
y una liberalidad magnánima para emplear todos sus bienes en dar culto a
Dios y socorrer al pobre. Con sus rentas hizo labrar un nuevo claustro y la
sala capitular del monasterio donde residía; con ellas favoreció también a
cuantos pobres solicitaron su ayuda. Con el trabajo de sus manos, hilando o
bordando, santificó también los ratos libres.
El año 1484 Isabel la Católica concertaba con Beatriz la donación de unas
casas de los palacios reales de Galiana, junto a la muralla norte de Toledo.
Le donaba también la capilla adjunta, dedicada a Santa Fe por la reina Doña
Constanza, esposa de Alfonso VI. Con doce compañeras (entre ellas una
sobrina) pasó Beatriz a ocupar esta nueva mansión toledana. «En esta casa
entró tan desacomodada con gran alegría, y dio orden de irla fabricando al
modo necesario para que pudiese ser convento de religiosas.»
Cinco años pasó Beatriz echando los cimientos de la Orden concepcionista,
bajo la protección de Santa Fe.
La aprobación de la Orden concepcionista, pedida al Papa por mediación de la
Reina Católica, era firmada por Inocencio VIII el 30 de abril de 1489.
El Papa Inocencio VII aprobó la nueva Orden Concepcionista con la Bula" Inter Universa", el año 1489. En 1491 se traslada solemnemente
la Bula desde la catedral de Toledo hasta el convento de Santa Fe.
Pero... «a los cinco días, estando (Beatriz) puesta en muy devota oración en
el coro, aparecióle la Virgen sin mancilla..., la cual le dijo: “Hija, de
hoy en diez días has de ir conmigo, que no es nuestra voluntad que goces acá
en la tierra de esto que deseas”». El mismo día 16 de agosto, que se había
acordado para la toma de hábitos, tuvo lugar la tranquila muerte de Beatriz.
El mismo padre confesor le impuso el hábito y velo concepcionistas y recibió
su profesión religiosa.
«Al tiempo de su muerte fueron vistas dos cosas maravillosas: la una fue
que, como le quitaron del rostro el velo para darle la unción, fue tanto el
brillo que de su rostro salió que todos quedaron espantados; la otra fue que
en mitad de la frente le vieron una estrella, la cual estuvo allí puesta
hasta que expiró, y daba tan gran luz y resplandor como la luna cuando más
luce, de lo cual fueron testigos seis religiosos de la Orden de San
Francisco». Había sido escogida como estrella para guiar a generaciones de
vírgenes, que consagrarían a Dios su amor y su pureza, en honor de María
Inmaculada. Se iba al cielo para guiarlas mejor desde allí.
Recién fallecida, se apareció Beatriz en Guadalajara al padre fray Juan de
Tolosa, franciscano, diciéndole que se encaminase a Toledo para defender su
Orden.
El año 1924 el Papa Pío XI confirmó el culto inmemorial tributado a
Beatriz como a Beata. El 3 de octubre de 1976, Pablo VI la canonizó
solemnemente. Después de más de cuatro siglos de existencia, y a pesar de
las grandes pruebas por las que ha tenido que pasar la vida de clausura, aún
conserva la Orden concepcionista más de 120 conventos diseminados por Europa
y América Latina; de ellos corresponden a España más de 90. Esta es la gran
gloria de la Beata Beatriz de Silva.
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