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Santa Cecilia
Virgen, mártir de la Iglesia
primitiva, patrona de los músicos.
(Mártir año 177)
Fiesta: Noviembre 22
Durante más de mil años, Santa Cecilia ha
sido una de las mártires de la primitiva Iglesia más veneradas por los
cristianos. Su nombre figura en el canon de la misa. Las "actas" de la santa
afirman que pertenecía a una familia patricia de Roma y que fue educada en
el, cristianismo. Solía llevar un vestido de tela muy áspera bajo la túnica
propia de su dignidad, ayunaba varios días por semana y había consagrado a
Dios su virginidad. Pero su padre, que veía las cosas de un modo diferente,
la casó con un joven patricio llamado Valeriano. El día de la celebración
del matrimonio, en tanto que los músicos tocaban y los invitados se
divertían, Cecilia se sentó en un rincón a cantar a Dios en su corazón y a
pedirle que la ayudase. Cuando los jóvenes esposos se retiraron a sus
habitaciones, Cecilia, armada de todo su valor, dijo dulcemente a su esposo:
"Tengo que comunicarte un secreto. Has de saber que un ángel del Señor vela
por mí. Si me tocas como si fuera yo tu esposa, el ángel se enfurecerá y tú
sufrirás las consecuencias; en cambio si me respetas, el ángel te amará como
me ama a mí." Valeriano replicó: "Muéstramelo. Si es realmente un ángel de
Dios, haré lo que me pides." Cecilia le dijo: "Si crees en el Dios vivo y
verdadero y recibes el agua del bautismo verás al ángel." Valeriano accedió
y fue a buscar al obispo Urbano, quien se hallaba entre los pobres, cerca de
la tercera mojonera de la Vía Apia. Urbano le acogió con gran gozo. Entonces
se acercó un anciano que llevaba un documento en el que estaban escritas las
siguientes palabras: "Un solo Señor, un solo bautismo, un solo Dios y Padre
de todos, que está por encima de todo y en nuestros corazones." Urbano
preguntó a Valeriano: "¿Crees esto?" Valeriano respondió que sí y Urbano le
confirió el bautismo. Cuando Valeriano regresó a donde estaba Cecilia, vio a
un ángel de pie junto a ella. El ángel colocó sobre la cabeza de ambos una
guirnalda de rosas y lirios. Poco después llegó Tiburcio, el hermano de
Valeriano y los jóvenes esposos le ofrecieron una corona inmortal si
renunciaba a los falsos dioses. Tiburcio se mostró incrédulo al principio y
preguntó: " ¿Quién ha vuelto de más allá de la tumba a hablarnos de esa otra
vida?" Cecilia le habló largamente de Jesús. Tiburcio recibió el bautismo, y
al punto vio muchas maravillas.
Desde entonces, los dos hermanos se consagraron a la práctica de las buenas
obras. Ambos fueron arrestados por haber sepultado los cuerpos de los
mártires. Almaquio, el prefecto ante el cual comparecieron, empezó a
interrogarlos. Las respuestas de Tiburcio le parecieron, desvaríos de loco.
Entonces, volviéndose hacia Valeriano, le dijo que esperaba que le
respondería en forma más sensata. Valeriano replicó que tanto él como su
hermano estaban bajo cuidado del mismo médico, Jesucristo, el Hijo de Dios,
quien les dictaba sus respuesta. En seguida comparó, con cierto
detenimiento, los gozos del cielo con los de la tierra; pero Almaquio le
ordenó que cesase de disparatar y dijese a la corte si estaba dispuesto a
sacrificar a los dioses para obtener la libertad. Tiburcio y Valeriano
replicaron juntos: "No, no sacrificaremos a los dioses sino al único Dios,
al que diariamente ofrecemos sacrificio." El prefecto les preguntó si su
Dios se llamaba Júpiter. Valeriano respondió: "Ciertamente no. Júpiter era
un libertino infame, un criminal y un asesino, según lo confiesan vuestros
propios escritores."
Valeriano se regocijó al ver que el prefecto los mandaba azotar y hablaron
en voz alta a los cristianos presentes: "¡Cristianos romanos, no permitáis
que mis sufrimientos os aparten de la verdad! ¡Permaneced fieles al Dios
único, y pisotead los ídolos de madera y de piedra que Almaquio adora!" A
pesar de aquella perorata, el prefecto tenía aún la intención de concederles
un respiro para que reflexionasen; pero uno de sus consejeros le dijo que
emplearían el tiempo en distribuir sus posesiones entre los pobres, con lo
cual impedirían que el Estado las confiscase. Así pues, fueron condenados a
muerte. La ejecución se llevó a cabo en un sitio llamado Pagus Triopius, a
seis kilómetros de Roma. Con ellos murió un cortesano llamado Máximo, el
cual, viendo la fortaleza de los mártires, se declaró cristiano.
Cecilia sepultó los tres cadáveres. Después fue llamada para que abjurase de
la fe. En vez de abjurar, convirtió a los que la inducían a ofrecer
sacrificios. El Papa Urbano fue a visitarla en su casa y bautizó ahí a 400
personas, entre las cuales se contaba a Gordiano, un patricio, quien
estableció en casa de Cecilia una iglesia que Urbano consagró más tarde a la
santa. Durante el juicio, el prefecto Almaquio discutió detenidamente con
Cecilia. La actitud de la santa le enfureció, pues ésta se reía de él en su
cara y le atrapó con sus propios argumentos. Finalmente, Almaquio la condenó
a morir sofocada en el baño de su casa. Pero, por más que los guardias
pusieron en el horno una cantidad mayor de leña, Cecilia pasó en el baño un
día y una noche sin recibir daño alguno. Entonces, el prefecto envió a un
soldado a decapitarla. El verdugo descargó tres veces la espada sobre su
cuello y la dejó tirada en el suelo. Cecilia pasó tres días entre la vida y
la muerte. En ese tiempo los cristianos acudieron a visitarla en gran
número. La santa legó su casa a Urbano y le confió el cuidado de sus
servidores. Fue sepultada junto a la cripta pontificia, en la catacumba de
San Calixto.
Esta historia tan conocida que los cristianos han repetido con cariño
durante muchos siglos, data aproximadamente de fines del siglo V, pero
desgraciadamente no podemos considerarla como verídica ni fundada en
documentos auténticos. Tenemos que reconocer que lo único que sabemos con
certeza sobre San Valeriano y San Tiburcio es que fueron realmente
martirizados, que fueron sepultados en el cementerio de Pretextato y que su
fiesta se celebraba el 14 de abril. La razón original del culto de Santa
Cecilia fue que estaba sepultada en un sitio de honor por haber fundado una
iglesia, el "titulus Caeciliae". Por lo demás, no sabemos exactamente cuándo
vivió, ya que los especialistas sitúan su martirio entre el año 177 (de
Rossi) y la mitad del siglo IV (Kellner).
E1 Papa San Pascual I (817-824) trasladó las presuntas reliquias de Santa
Cecilia, junto con las de los santos Tiburcio, Valeriano y Máximo, a la
iglesia de Santa Cecilia in Transtévere. (Las reliquias de la santa habían
sido descubiertas, gracias a un sueño, no en el cementerio de Calixto, sino
en el cementerio de Pretextato). En 1599, el cardenal Sfondrati restauró la
iglesia en honor a la Santa en Transtévere y volvió a enterrar las reliquias
de los cuatro mártires. Según se dice, el cuerpo de Santa Cecilia estaba
incorrupto y entero, por más que el Papa Pascual había separado la cabeza
del cuerpo, ya que, entre los años 847 y 855, la cabeza de Santa Cecilia
formaba parte de las reliquias de los Cuatro Santos Coronados. Se cuenta
que, en 1599, se permitió ver el cuerpo de Santa Cecilia al escultor Maderna,
quien esculpió una estatua de tamaño natural, muy real y conmovedora. "No
estaba de espaldas como un cadáver en la tumba," dijo más tarde el artista,
sino recostada del lado derecho, como si estuviese en la cama, con las
piernas un poco encogidas, en la actitud de una persona que duerme." La
estatua se halla actualmente en la iglesia de Santa Cecilia, bajo el altar
próximo al sitio en el que se había sepultado nuevamente el cuerpo en un
féretro de plata. Sobre el pedestal de la estatua puso el escultor la
siguiente inscripción: "He aquí a Cecilia, virgen, a quien yo vi incorrupta
en el sepulcro. Esculpí para vosotros, en mármol, esta imagen de la santa en
la postura en que la vi." De Rossi determinó el sitio en que la santa había
estado originalmente sepultada en el cementerio de Calixto, y se colocó en
el nicho una réplica de la estatua de Maderna.
Sin embargo, el P. Delehaye y otros autores opinan que no existen pruebas
suficientes de que, en 1599, se haya encontrado entero el cuerpo de la
santa, en la forma en que lo esculpió Maderna. En efecto, Delehaye y Dom
Quentin subrayan las contradicciones que hay en los relatos del
descubrimiento, que nos dejaron Baronio y Bosio, contemporáneos de los
hechos. Por otra parte, en el período inmediatamente posterior a las
persecuciones no se hace mención de ninguna mártir romana llamada, Cecilia.
Su nombre no figura en los poemas de Dámaso y Prudencio, ni en los escritos
de Jerónimo y Ambrosio, ni en la "Depositio Martyrum" (siglo IV).
Finalmente, la iglesia que se llamó más tarde "titulus Sanctae Caeciliae" se
llamaba originalmente "títulus Caecilia", es decir, fundada por una dama
llamada Cecilia.
Santa Cecilia es muy conocida en la actualidad por ser la patrona de los
músicos. Sus "actas" cuentan que, al día de su matrimonio, en tanto que los
músicos tocaban, Cecilia cantaba a Dios en su corazón. Al fin de la Edad
Media, empezó a representarse a la santa tocando el órgano y cantando.
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