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Beato Padre Damián de Molokai
(José de Veuster)
Apóstol de los Leprosos
(1840-1889)
"Sé que voy a un perpetuo destierro, y que
tarde o temprano me contagiaré de la lepra. Pero ningún sacrificio es
demasiado grande si se hace por Cristo".
Lo han llamado "el leproso voluntario", porque con tal de poder atender a
los leprosos que estaban en total abandono, aceptó volverse leproso como
ellos.
Lo beatificó el Papa Juan Pablo II en el año 1994.
El Padre Damián nació el 3 de enero de 1840, en Tremeloo, Bélgica.
De pequeño en la escuela ya gozaba haciendo como obras manuales, casitas
como la de los misioneros en las selvas. Tenía ese deseo interior de ir un
día a lejanas tierras a misionar.
De joven fue arrollado por una carroza, y
se levantó sin ninguna herida. El médico que lo revisó exclamó: "Este
muchacho tiene energías para emprender trabajos muy grandes".
Un día siendo apenas de ocho años dispuso irse con su hermanita a vivir como
ermitaños en un bosque solitario, a dedicarse a la oración. El susto de la
familia fue grande cuando notó su desaparición. Afortunadamente unos
campesinos los encontraron por allá y los devolvieron a casa. La mamá se
preguntaba: ¿qué será lo que a este niño le espera en el futuro?
De joven tuvo que trabajar muy duro en el campo para ayudar a sus padres que
eran muy pobres. Esto le dio una gran fortaleza y lo hizo práctico en muchos
trabajos de construcción, de albañilería y de cultivo de tierras, lo cual le
iba a ser muy útil en la isla lejana donde más tarde iba a misionar.
A los 18 años lo enviaron a Bruselas (la
capital) a estudiar, pero los compañeros se le burlaban por sus modos
acampesinados que tenía de hablar y de comportarse. Al principio aguantó con
paciencia, pero un día, cuando las burlas llegaron a extremos, agarró por
los hombros a uno de los peores burladores y con él derribó a otros cuatro.
Todos rieron, pero en adelante ya le tuvieron respeto y, pronto, con su
amabilidad se ganó las simpatías de sus compañeros.
Religioso. A los 20 años escribió a
sus padres pidiéndoles permiso para entrar de religioso en la comunidad de
los sagrados Corazones. Su hermano Jorge se burlaba de él diciéndole que era
mejor ganar dinero que dedicarse a ganar almas (el tal hermano perdió la fe
más tarde).
Una gracia pedida y concedida. Muchas
veces se arrodillaba ante la imagen del gran misionero, San Francisco Javier
y le decía al santo: "Por favor alcánzame de Dios la gracia de ser un
misionero, como tú". Y sucedió que a otro religioso de la comunidad le
correspondía irse a misionar a las islas Hawai, pero se enfermó, y los
superiores le pidieron a Damián que se fuera él de misionero. Eso era lo que
más deseaba.
Su primera conquista. En 1863 zarpó
hacia su lejana misión en el viaje se hizo sumamente amigo del capitán del
barco, el cual le dijo: "yo nunca me confieso. soy mal católico, pero le
digo que con usted si me confesaría". Damián le respondió: "Todavía no soy
sacerdote pero espero un día, cuando ya sea sacerdote, tener el gusto de
absolverle todos sus pecados". Años mas tarde esto se cumplirá de manera
formidable.
Empieza su misión. Poco después de
llegar a Honolulú, fue ordenado sacerdote y enviado a una pequeña isla de
Hawai. las Primeras noches las pasó debajo de una palmera, porque no tenía
casa para vivir. Casi todos los habitantes de la isla eran protestantes. Con
la ayuda de unos pocos campesinos católicos construyó una capilla con techo
de paja; y allí empezó a celebrar y a catequizar. Luego se dedicó con tanto
cariño a todas las gentes, que los protestantes se fueron pasando casi todos
al catolicismo.
Fue visitando uno a uno todos los ranchos de la isla y acabando con muchas
creencias supersticiosas de esas pobres gentes y reemplazándolas por las
verdaderas creencias. Llevaba medicinas y lograba la curación de numerosos
enfermos. Pero había por allí unos que eran incurables: eran los leprosos.
Molokai, la isla maldita. Como en las islas Hawai había muchos
leprosos, los vecinos obtuvieron del gobierno que a todo enfermo de lepra lo
desterraran a la isla de Molokai. Esta isla se convirtió en un infierno de
dolor sin esperanza. Los pobres enfermos, perseguidos en cacerías humanas,
eran olvidados allí y dejados sin auxilios ni ayudas. Para olvidar sus penas
se dedicaban los hombres al alcoholismo y los vicios y las mujeres a toda
clase de supersticiones.
Enterrado vivo. Al saber estas
noticias el Padre Damián le pidió al Sr. Obispo que le permitiera irse a
vivir con los leprosos de Molokai. Al Monseñor le parecía casi increíble
esta petición, pero le concedió el permiso, y allá se fue.
En 1873 llego a la isla de los leprosos. Antes de partir había dicho
: "Sé que voy a un perpetuo destierro, y que tarde o temprano me contagiaré
de la lepra. Pero ningún sacrificio es demasiado grande si se hace por
Cristo".
Los leprosos lo recibieron con inmensa alegría. La primera noche tuvo
que dormir también debajo de una palmera, porque no había habitación
preparada para él. Luego se dedicó a visitar a los enfermos. Morían muchos y
los demás se hallaban desesperados.
Trabajo y distracción. El Padre Damián empezó a crear fuentes de
trabajo para que los leprosos estuvieran distraídos. Luego organizó una
banda de música. Fue recogiendo a los enfermos mas abandonados, y él mismo
los atendía como abnegado enfermero. Enseñaba reglas de higiene y poco a
poco transformó la isla convirtiéndola en un sitio agradable para vivir.
Pidiendo al extranjero. Empezó a
escribir al extranjero, especialmente a Alemania, y de allá le llegaban
buenos donativos. Varios barcos desembarcaban alimentos en las costas, los
cuales el misionero repartía de manera equitativa. Y también le enviaban
medicinas, y dinero para ayudar a los más pobres. Hasta los protestantes se
conmovían con sus cartas y le enviaban donativos para sus leprosos.
Confesión a larga distancia. Pero como la gente creía que la lepra
era contagiosa, el gobierno prohibió al Padre Damián salir de la isla y
tratar con los que pasaban por allí en los barcos. Y el sacerdote llevaba
años sin poder confesarse. Entonces un día, al acercarse un barco que
llevaba provisiones para los leprosos, el santo sacerdote se subió a una
lancha y casi pegado al barco pidió a un sacerdote que allí viajaba, que lo
confesara. Y a grito entero hizo desde allí su única y última confesión, y
recibió la absolución de sus faltas.
Haciendo de todo. Como esas gentes no tenían casi dedos, ni manos, el
Padre Damián les hacía él mismo el ataúd a los muertos, les cavaba la
sepultura y fabricaba luego como un buen carpintero la cruz para sus tumbas.
Preparaba sanas diversiones para alejar el aburrimiento, y cuando llegaban
los huracanes y destruían los pobres ranchos, él en persona iba a ayudar a
reconstruirlos.
Leproso para siempre. El santo para no demostrar desprecio a sus
queridos leprosos, aceptaba fumar en la pipa que ellos habían usado. Los
saludaba dándoles la mano. Compartía con ellos en todas las acciones del
día. Y sucedió lo que tenía que suceder: que se contagió de la lepra. Y vino
a saberlo de manera inesperada.
La señal fatal. Un día metió el pie un una vasija que tenía agua
sumamente caliente, y él no sintió nada. Entonces se dio cuenta de que
estaba leproso. Enseguida se arrodilló ante un crucifijo y exclamó: "Señor
por amor a Ti y por la salvación de estos hijos tuyos, aceptó esta terrible
realidad. La enfermedad me ira carcomiendo el cuerpo, pero me alegra el
pensar que cada día en que me encuentre más enfermo en la tierra, estaré más
cerca de Ti para el cielo".
La enfermedad se fue extendiendo prontamente por su cuerpo. Los
enfermos comentaban: "Qué elegante era el Padre Damián cuando llegó a vivir
con nosotros, y que deforme lo ha puesto la enfermedad". Pero él añadía: "No
importa que el cuerpo se vaya volviendo deforme y feo, si el alma se va
volviendo hermosa y agradable a Dios".
Sorpresa final. Poco antes de que el gran sacerdote muriera, llegó a
Molokai un barco. Era el del capitán que lo había traído cuando llegó de
misionero. En aquél viaje le había dicho que con el único sacerdote con el
cual se confesaría sería con él. Y ahora, el capitán venía expresamente a
confesarse con el Padre Damián. Desde entonces la vida de este hombre de mar
cambió y mejoró notablemente. También un hombre que había escrito
calumniando al santo sacerdote llegó a pedirle perdón y se convirtió al
catolicismo.
Y el 15 de abril de 1889 "el leproso voluntario", el Apóstol de los
Leprosos, voló al cielo a recibir el premio tan merecido por su admirable
caridad. En 1994 el Papa Juan Pablo II, después de haber comprobado milagros
obtenidos por la intercesión de este gran misionero, lo declaró beato, y
patrono de los que trabajan entre los enfermos de lepra. |