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San Ignacio de Loyola
Fundador
de la Compañía de Jesús (jesuitas)
(1491-1556)
Fiesta: 31 de julio.
Cronología de La Vida de
San Ignacio De Loyola
1491- Año probable del nacimiento de Ignacio de Loyola
1521- Colabora en la defensa de Pamplona acosada por el rey de Francia. Es
herido en la pierna derecha y enviado a Loyola, donde pasa la convalecencia.
En este tiempo caen en sus manos algunos libros piadosos que le hacen
descubrir, en la vida de Jesús y de los Santos, un nuevo horizonte en su
vida. Se produce en Ignacio una primera conversión. Experimenta, igualmente,
una lucha interior entre deseos piadosos y deseos mundanos.
1522- San Ignacio comienza una peregrinación al Santuario de Nuestra Señora
de Montserrat. Una vez en Montserrat, hace una confesión general y deja sus
vestidos y su espada. Continúa el camino hacia Manresa donde da comienzo a
una vida de pobreza, oración, y penitencia. Después de un tiempo de
turbación, escrúpulos, dudas y angustias, vivirá una singular experiencia de
Dios que recordará toda la vida: "la ilustración del Cardoner". Igualmente
comenzará a formular su experiencia espiritual con lo que da comienzo a lo
que más adelante será el libro de los Ejercicios Espirituales.
1527-A lo largo de este año Ignacio vivirá dos procesamientos más y será
encarcelado. Al salir de la prisión viaja a Salamanca. Nuevamente tendrá
procesos inquisitoriales, se le prohíbe predicar y enseñar materias
teológicas por no haber hecho suficientes estudios. Ignacio decide marchar
de Salamanca, pasa por Barcelona y se encamina a París.
1538- San Ignacio celebra su primera misa en la iglesia de ¨Santa María la
Maggiore¨.
1540- Paulo III confirma la fundación de la Compañía de Jesús.
1541- Ignacio comienza la redacción de las Constituciones de la Compañía y
es elegido superior general de la misma. A partir de este momento Ignacio
vivirá permanentemente en Roma.
1556- Muerte de San Ignacio de Loyola. Es enterrado en el lugar donde
actualmente está la iglesia del Gesú en Roma.
1609- El Papa Paulo V beatifica a Ignacio de Loyola.
1622- Canonización de Ignacio de Loyola por el Papa Gregorio XV.
Vida de San Ignacio de Loyola
El amor de Dios es la fuente del entusiasmo de Ignacio por la salvación de
las almas, por las que emprendió tantas y tan grandes cosas y a las que
consagró sus vigilias, oraciones, lágrimas y trabajos.
Se hizo todo a todos para ganarlos a todos y al prójimo le dio por su lado a
fin de atraerlo al suyo. Recibía con extraordinaria bondad a los pecadores
sinceramente arrepentidos; con frecuencia se imponía una parte de la
penitencia que hubiese debido darles y los exhortaba a ofrecerse en perfecto
holocausto a Dios, diciéndoles que es imposible imaginar los tesoros de
gracia que Dios reserva a quienes se le entregan de todo corazón.
El santo proponía a los pecadores esta oración, que él solía repetir:
"Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y
toda mi voluntad. Vos me lo disteis; a vos Señor, lo torno. Disponed a toda
vuestra voluntad y dadme amor y gracia, que esto me basta, sin que os pida
otra cosa".
SAN IGNACIO nació probablemente, en 1491, en el castillo de Loyola en
Azpeitia, población de Guipúzcoa, cerca de los Pirineos. Su padre, don
Bertrán, era señor de Ofiaz y de Loyola, jefe de una de las familias más
antiguas y nobles de la región. Y no era menos ilustre el linaje de su
madre, Marina Sáenz de Licona y Balda. Iñigo (pues ése fue el nombre que
recibió el santo en el bautismo) era el más joven de los ocho hijos y tres
hijas de la noble pareja. Iñigo luchó contra los franceses en el norte de
Castilla. Pero su breve carrera militar terminó abruptamente el 20 de mayo
de 1521, cuando una bala de cañón le rompió la pierna durante la lucha en
defensa del castillo de Pamplona. Después de que Iñigo fue herido, la
guarnición española capituló.
Los franceses no abusaron de la victoria y enviaron al herido en una litera
al castillo de Loyola (su hogar). Como los huesos de la pierna soldaron mal,
los médicos consideraron necesario quebrarlos nuevamente. Iñigo se decidió a
favor de la operación y la soportó estoicamente ya que anhelaba regresar a
sus anteriores andanzas a todo costo. Pero, como consecuencia, tuvo un
fuerte ataque de fiebre con tales complicaciones que los médicos pensaron
que el enfermo moriría antes del amanecer de la fiesta de San Pedro y San
Pablo. Sin embargo empezó a mejorar, aunque la convalecencia duró varios
meses. No obstante la operación de la rodilla rota presentaba todavía una
deformidad. Iñigo insistió en que los cirujanos cortasen la protuberancia y,
pese a éstos le advirtieron que la operación sería muy dolorosa, no quiso
que le atasen ni le sostuviesen y soportó la despiadada carnicería sin una
queja. Para evitar que la pierna derecha se acortase demasiado, Iñigo
permaneció varios días con ella estirada mediante unas pesas. Con tales
métodos, nada tiene de extraño que haya quedado cojo para el resto de su
vida.
Con el objeto de distraerse durante la convalecencia, Iñigo pidió algunos
libros de caballería (aventuras de caballeros en la guerra), a los que
siempre había sido muy afecto. Pero lo único que se encontró en el castillo
de Loyola fue una historia de Cristo y un volumen de vidas de santos. Iñigo
los comenzó a leer para pasar el tiempo, pero poco a poco empezó a
interesarse tanto que pasaba días enteros dedicado a la lectura. Y se decía:
"Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, bien yo puedo hacer
lo que ellos hicieron". Inflamado por el fervor, se proponía ir en
peregrinación a un santuario de Nuestra Señora y entrar como hermano lego a
un convento de cartujos. Pero tales ideas eran intermitentes, pues su
ansiedad de gloria y su amor por una dama, ocupaban todavía sus
pensamientos. Sin embargo, cuando volvía a abrir el libro de la vida de los
santos, comprendía la futilidad de la gloria mundana y presentía que sólo
Dios podía satisfacer su corazón. Las fluctuaciones duraron algún tiempo.
Ello permitió a Iñigo observar una diferencia: en tanto que los pensamientos
que procedían de Dios le dejaban lleno de consuelo, paz y tranquilidad, los
pensamientos vanos le procuraban cierto deleite, pero no le dejaban sino
amargura y vacío. Finalmente, Iñigo resolvió imitar a los santos y empezó
por hacer toda penitencia corporal posible y llorar sus pecados.
Le visita la Virgen; purificación en Manresa
Una noche, se le apareció la Madre de Dios, rodeada de luz y llevando en los
brazos a Su Hijo. La visión consoló profundamente a Ignacio. Al terminar la
convalecencia, hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de
Montserrat, donde determinó llevar vida de penitente. Su propósito era
llegar a Tierra Santa y para ello debía embarcarse en Barcelona que está muy
cerca de Montserrat. La ciudad se encontraba cerrada por miedo a la peste
que azotaba la región. Así tuvo que esperar en el pueblecito de Manresa, no
lejos de Barcelona y a tres leguas de Montserrat. El Señor tenía otros
designios más urgentes para Ignacio en ese momento de su vida. Lo quería
llevar a la profundidad de la entrega en oración y total pobreza. Se hospedó
ahí, unas veces en el convento de los dominicos y otras en un hospicio de
pobres. Para orar y hacer penitencia, se retiraba a una cueva de los
alrededores. Así vivió durante casi un año.
"A fin de imitar a Cristo nuestro Señor y asemejarme a El, de verdad, cada
vez más; quiero y escojo la pobreza con Cristo, pobre más que la riqueza;
las humillaciones con Cristo humillado, más que los honores, y prefiero ser
tenido por idiota y loco por Cristo, el primero que ha pasado por tal, antes
que como sabio y prudente en este mundo". Se decidió a "escoger el Camino de
Dios, en vez del camino del mundo"...hasta lograr alcanzar su santidad.
A las consolaciones de los primeros tiempos sucedió un período de aridez
espiritual; ni la oración, ni la penitencia conseguían ahuyentar la
sensación de vacío que encontraba en los sacramentos y la tristeza que le
abrumaba. A ello se añadía una violenta tempestad de escrúpulos que le
hacían creer que todo era pecado y le llevaron al borde de la desesperación.
En esa época, Ignacio empezó a anotar algunas experiencias que iban a
servirle para el libro de los "Ejercicios Espirituales". Finalmente, el
santo salió de aquella noche oscura y el más profundo gozo espiritual
sucedió a la tristeza. Aquella experiencia dio a Ignacio una habilidad
singular para ayudar a los escrupulosos y un gran discernimiento en materia
de dirección espiritual. Más tarde, confesó al P. Laínez que, en una hora de
oración en Manresa, había aprendido más de lo que pudiesen haberle enseñado
todos los maestros en las universidades. Sin embargo, al principio de su
conversión, Ignacio estaba tan sugestionado por la mentalidad del mundo que,
al oír a un moro blasfemar de la Santísima Virgen, se preguntó si su deber
de caballero cristiano no consistía en dar muerte al blasfemo, y sólo la
intervención de la Providencia le libró de cometer ese crimen.
Tierra Santa
En febrero de 1523, Ignacio por fin partió en peregrinación a Tierra Santa.
Pidió limosna en el camino, se embarcó en Barcelona, pasó la Pascua en Roma,
tomó otra nave en Venecia con rumbo a Chipre y de ahí se trasladó a Jaffa.
Del puerto, a lomo de mula, se dirigió a Jerusalén, donde tenía el firme
propósito de establecerse. Pero, al fin de su peregrinación por los Santos
Lugares, el franciscano encargado de guardarlos le ordenó que abandonase
Palestina, temeroso de que los mahometanos, enfurecidos por el proselitismo
de Ignacio, le raptasen y pidiesen rescate por él. Por lo tanto, el joven
renunció a su proyecto y obedeció, aunque no tenía la menor idea de lo que
iba a hacer al regresar a Europa. Otra vez, la Divina Providencia tenía
designios para esta alma tan generosa.
De nuevo en España donde es encarcelado por la inquisición.
En 1524, llegó de nuevo a España, donde se dedicó a estudiar, pues
"pensaba que eso le serviría para ayudar a las almas". Una piadosa dama de
Barcelona, llamada Isabel Roser, le asistió mientras estudiaba la gramática
latina en la escuela. Ignacio tenía entonces treinta y tres años, y no es
difícil imaginar lo penoso que debe ser estudiar la gramática a esa edad. Al
principio, Ignacio estaba tan absorto en Dios, que olvidaba todo lo demás;
así, la conjugación del verbo latino "amare" se convertía en un simple
pretexto para pensar: "Amo a Dios. Dios me ama". Sin embargo, el santo hizo
ciertos progresos en el estudio, aunque seguía practicando las austeridades
y dedicándose a la contemplación y soportaba con paciencia y buen humor las
burlas de sus compañeros de escuela, que eran mucho más jóvenes que él.
Al cabo de dos años de estudios en Barcelona, pasó a la Universidad de
Alcalá a estudiar lógica, física y teología; pero la multiplicidad de
materias no hizo más que confundirle, a pesar de que estudiaba noche y día.
Se alojaba en un hospicio, vivía de limosna y vestía un áspero hábito gris.
Además de estudiar, instruía a los niños, organizaba reuniones de personas
espirituales en el hospicio y convertía a numerosos pecadores con sus
reprensiones llenas de mansedumbre.
Había en España muchas desviaciones de la devoción. Como Ignacio carecía de
los estudios y la autoridad para enseñar, fue acusado ante el vicario
general del obispo, quien le tuvo prisionero durante cuarenta y dos días,
hasta que, finalmente, absolvió de toda culpa a Ignacio y sus compañeros,
pero les prohibió llevar un hábito particular y enseñar durante los tres
años siguientes. Ignacio se trasladó entonces con sus compañeros a
Salamanca. Pero pronto fue nuevamente acusado de introducir doctrinas
peligrosas. Después de tres semanas de prisión, los inquisidores le
declararon inocente. Ignacio consideraba la prisión, los sufrimientos y la
ignominia como pruebas que Dios le mandaba para purificarle y santificarle.
Cuando recuperó la libertad, resolvió abandonar España. En pleno invierno,
hizo el viaje a París, a donde llegó en febrero de 1528.
Estudios en París
Los dos primeros años los dedicó a perfeccionarse en el latín, por su
cuenta. Durante el verano iba a Flandes y aun a Inglaterra a pedir limosna a
los comerciantes españoles establecidos en esas regiones. Con esa ayuda y la
de sus amigos de Barcelona, podía estudiar durante el año. Pasó tres años y
medio en el Colegio de Santa Bárbara, dedicado a la filosofía. Ahí indujo a
muchos de sus compañeros a consagrar los domingos y días de fiesta a la
oración y a practicar con mayor fervor la vida cristiana. Pero el maestro
Peña juzgó que con aquellas prédicas impedía a sus compañeros estudiar y
predispuso contra Ignacio al doctor Guvea, rector del colegio, quien condenó
a Ignacio a ser azotado para desprestigiarle entre sus compañeros. Ignacio
no temía al sufrimiento ni a la humillación, pero, con la idea de que el
ignominioso castigo podía apartar del camino del bien a aquellos a quienes
había ganado, fue a ver al rector y le expuso modestamente las razones de su
conducta. Guvea no respondió, pero tomó a Ignacio por la mano, le condujo al
salón en que se hallaban reunidos todos los alumnos y le pidió públicamente
perdón por haber prestado oídos, con ligereza, a los falsos rumores. En
1534, a los cuarenta y tres años de edad, Ignacio obtuvo el título de
maestro en artes de la Universidad de París.
El Señor le da compañeros
Las palabras fervorosas de Ignacio, llenas del Espíritu Santo, abrió los
corazones de algunos compañeros. Por aquella época, se unieron a Ignacio
otros seis estudiantes de teología: Pedro Fabro, que era sacerdote de
Saboya; Francisco Javier, un navarro; Laínez y Salmerón, que brillaban mucho
en los estudios; Simón Rodríguez, originario de Portugal y Nicolás
Bobadilla. Movidos por las exhortaciones de Ignacio, aquellos fervorosos
estudiantes hicieron voto de pobreza, de castidad y de ir a predicar el
Evangelio en Palestina, o, si esto último resultaba imposible, de ofrecerse
al Papa para que los emplease en el servicio de Dios como mejor lo juzgase.
La ceremonia tuvo lugar en una capilla de Montmartre, donde todos recibieron
la comunión de manos de Pedro Fabro, quien acababa de ordenarse sacerdote.
Era el día de la Asunción de la Virgen de 1534. Ignacio mantuvo entre sus
compañeros el fervor, mediante frecuentes conversaciones espirituales y la
adopción de una sencilla regla de vida. Poco después, hubo de interrumpir
sus estudios de teología, pues el médico le ordenó que fuese a tomar un poco
los aires natales, ya que su salud dejaba mucho que desear. Ignacio partió
de París, en la primavera de 1535. Su familia le recibió con gran gozo, pero
el santo se negó a habitar en el castillo de Loyola y se hospedó en una
pobre casa de Azpeitia.
Bendición del Papa; aparición del Señor
Dos años más tarde, se reunió con sus compañeros en Venecia. Pero la guerra
entre venecianos y turcos les impidió embarcarse hacia Palestina. Los
compañeros de Ignacio, que eran ya diez, se trasladaron a Roma; Paulo III
los recibió muy bien y concedió a los que todavía no eran sacerdotes el
privilegio de recibir las órdenes sagradas de manos de cualquier obispo.
Después de la ordenación, se retiraron a una casa de las cercanías de
Venecia a fin de prepararse para los ministerios apostólicos. Los nuevos
sacerdotes celebraron la primera misa entre septiembre y octubre, excepto
Ignacio, quien la difirió más de un año con el objeto de prepararse mejor
para ella. Como no había ninguna probabilidad de que pudiesen trasladarse a
Tierra Santa, quedó decidido finalmente que Ignacio, Fabro y Laínez irían a
Roma a ofrecer sus servicios al Papa. También resolvieron que, si alguien
les preguntaba el nombre de su asociación, responderían que pertenecían a la
Compañía de Jesús (San Ignacio no empleó nunca el nombre de "jesuita". Este
nombre comenzó como un apodo), porque estaban decididos a luchar contra el
vicio y el error bajo el estandarte de Cristo. Durante el viaje a Roma,
mientras oraba en la capilla de "La Storta", el Señor se apareció a Ignacio,
rodeado por un halo de luz inefable, pero cargado con una pesada cruz.
Cristo le dijo: "Ego vobis Romae propitius ero" (Os seré propicio en Roma).
Paulo III nombró al padre Fabro profesor en la Universidad de la Sapienza y
confió a Laínez el cargo de explicar la Sagrada Escritura. Por su parte,
Ignacio se dedicó a predicar los Ejercicios y a catequizar al pueblo. El
resto de sus compañeros trabajaba en forma semejante, a pesar de que ninguno
de ellos dominaba todavía el italiano.
La Compañía de Jesús
Ignacio y sus compañeros decidieron formar una congregación religiosa para
perpetuar su obra. A los votos de pobreza y castidad debía añadirse el de
obediencia para imitar más de cerca al Hijo de Dios, que se hizo obediente
hasta la muerte. Además, había que nombrar a un superior general a quien
todos obedecerían, el cual ejercería el cargo de por vida y con autoridad
absoluta, sujeto en todo a la Santa Sede. A los tres votos arriba
mencionados, se agregaría el de ir a trabajar por el bien de las almas
adondequiera que el Papa lo ordenase. La obligación de cantar en común el
oficio divino no existiría en la nueva orden, "para que eso no distraiga de
las obras de caridad a las que nos hemos consagrado". No por eso descuidaban
la oración que debía tomar al menos una hora diaria.
La primera de las obras de caridad consistiría en "enseñar a los niños y a
todos los hombres los mandamientos de Dios". La comisión de cardenales que
el Papa nombró para estudiar el asunto se mostró adversa al principio, con
la idea de que ya había en la Iglesia bastantes órdenes religiosas, pero un
año más tarde, cambió de opinión, y Paulo III aprobó la Compañía de Jesús
por una bula emitida el 27 de septiembre de 1540. Ignacio fue elegido primer
general de la nueva orden y su confesor le impuso, por obediencia, que
aceptase el cargo. Empezó a ejercerlo el día de Pascua de 1541 y, algunos
días más tarde, todos los miembros hicieron los votos en la basílica de San
Pablo Extramuros.
Ignacio pasó el resto de su vida en Roma, consagrado a la colosal tarea de
dirigir la orden que había fundado. Entre otras cosas, fundó una casa para
alojar a los neófitos judíos durante el período de la catequesis y otra casa
para mujeres arrepentidas. En cierta ocasión, alguien le hizo notar que la
conversión de tales pecadoras rara vez es sincera, a lo que Ignacio
respondió: "Estaría yo dispuesto a sufrir cualquier cosa por el gozo de
evitar un solo pecado". Rodríguez y Francisco Javier habían partido a
Portugal en 1540. Con la ayuda del rey Juan III, Javier se trasladó a la
India, donde empezó a ganar un nuevo mundo para Cristo. Los padres Goncalves
y Juan Nuñez Barreto fueron enviados a Marruecos a instruir y asistir a los
esclavos cristianos. Otros cuatro misioneros partieron al Congo; algunos más
fueron a Etiopía y a las colonias portuguesas de América del Sur.
Un baluarte de verdad y orden ante el protestantismo
El Papa Paulo III nombró como teólogos suyos, en el Concilio de Trento, a
los padres Laínez y Salmerón. Antes de su partida, San Ignacio les ordenó
que visitasen a los enfermos y a los pobres y que, en las disputas se
mostrasen modestos y humildes y se abstuviesen de desplegar presuntuosa-
mente su ciencia y de discutir demasiado. Pero, sin duda que entre los
primeros discípulos de Ignacio el que llegó a ser más famoso en Europa, por
su saber y virtud, fue San Pedro Canisio, a quien la Iglesia venera
actualmente como Doctor. En 1550, San Francisco de Borja regaló una suma
considerable para la construcción del Colegio Romano. San Ignacio hizo de
aquel colegio el modelo de todos los otros de su orden y se preocupó por
darle los mejores maestros y facilitar lo más posible el progreso de la
ciencia. El santo dirigió también la fundación del Colegio Germánico de
Roma, en el que se preparaban los sacerdotes que iban a trabajar en los
países invadidos por el protestantismo. En vida del santo se fundaron
universidades, seminarios y colegios en diversas naciones. Puede decirse que
San Ignacio echó los fundamentos de la obra educativa que había de
distinguir a la Compañía de Jesús y que tanto iba a desarrollarse con el
tiempo.
En 1542, desembarcaron en Irlanda los dos primeros misioneros jesuitas, pero
el intento fracasó. Ignacio ordenó que se hiciesen oraciones por la
conversión de Inglaterra, y entre los mártires de Gran Bretaña se cuentan
veintinueve jesuitas. La actividad de la Compañía de Jesús en Inglaterra es
un buen ejemplo del importantísimo papel que desempeñó en la contrarreforma.
Ese movimiento tenía el doble fin de dar nuevo vigor a la vida de la Iglesia
y de oponerse al protestantismo. "La Compañía de Jesús era exactamente lo
que se necesitaba en el siglo XVI para contrarrestar la Reforma. La
revolución y el desorden eran las características de la Reforma. La Compañía
de Jesús tenía por características la obediencia y la más sólida cohesión.
Se puede afirmar, sin pecar contra la verdad histórica, que los jesuitas
atacaron, rechazaron y derrotaron la revolución de Lutero y, con su
predicación y dirección espiritual, reconquistaron a las almas, porque
predicaban sólo a Cristo y a Cristo crucificado. Tal era el mensaje de la
Compañía de Jesús, y con él, mereció y obtuvo la confianza y la obediencia
de las almas" (cardenal Manning). A este propósito citaremos las,
instrucciones que San Ignacio dio a los padres que iban a fundar un colegio
en Ingolstadt, acerca de sus relaciones con los protestantes: "Tened gran
cuidado en predicar la verdad de tal modo que, si acaso hay entre los
oyentes un hereje, le sirva de ejemplo de caridad y moderación cristianas.
No uséis de palabras duras ni mostréis desprecio por sus errores". El santo
escribió en el mismo tono a los padres Broet y Salmerón cuando se aprestaban
a partir para Irlanda.
Una de las obras más famosas y fecundas de Ignacio fue el libro de los Los
Ejercicios Espirituales. Es la obra maestra de la ciencia del
discernimiento. Empezó a escribirlo en Manresa y lo publicó por primera vez
en Roma, en 1548, con la aprobación del Papa. Los Ejercicios cuadran
perfectamente con la tradición de santidad de la Iglesia. Desde los primeros
tiempos, hubo cristianos que se retiraron del mundo para servir a Dios, y la
práctica de la meditación es tan antigua como la Iglesia. Lo nuevo en el
libro de San Ignacio es el orden y el sistema de las meditaciones. Si bien
las principales reglas y consejos que da el santo se hallan diseminados en
las obras de los Padres de la Iglesia, San Ignacio tuvo el mérito de
ordenarlos metódicamente y de formularlos con perfecta claridad.
La prudencia y caridad del gobierno de San Ignacio le ganó el corazón de sus
súbditos. Era con ellos afectuoso como un padre, especialmente con los
enfermos, a los que se encargaba de asistir personalmente procurándoles el
mayor bienestar material y espiritual posible. Aunque San Ignacio era
superior, sabía escuchar con mansedumbre a sus subordinados, sin perder por
ello nada de su autoridad. En las cosas en que no veía claro se atenía
humildemente al juicio de otros. Era gran enemigo del empleo de los
superlativos y de las afirmaciones demasiado categóricas en la conversación.
Sabía sobrellevar con alegría las críticas, pero también sabía reprender a
sus súbditos cuando veía que lo necesitaban. En particular, reprendía a
aquellos a quienes el estudio volvía orgullosos o tibios en el servicio de
Dios, pero fomentaba, por otra parte, el estudio y deseaba que los
profesores, predicadores y misioneros, fuesen hombres de gran ciencia. La
corona de las virtudes de San Ignacio era su gran amor a Dios. Con
frecuencia repetía estas palabras, que son el lema de su orden: "A la mayor
gloria de Dios". A ese fin refería el santo todas sus acciones y toda la
actividad de la Compañía de Jesús. También decía frecuentemente: "Señor,
¿qué puedo desear fuera de Ti?" Quien ama verdaderamente no está nunca
ocioso. San Ignacio ponía su felicidad en trabajar por Dios y sufrir por su
causa. Tal vez se ha exagerado algunas veces el "espíritu militar" de
Ignacio y de la Compañía de Jesús y se ha olvidado la simpatía y el don de
amistad del santo por admirar su energía y espíritu de empresa.
Durante los quince años que duró el gobierno de San Ignacio, la orden
aumentó de diez a mil miembros y se extendió en nueve países europeos, en la
India y el Brasil. Como en esos quince años el santo había estado enfermo
quince veces, nadie se alarmó cuando enfermó una vez más. Murió súbitamente
el 31 de julio de 1556, sin haber tenido siquiera tiempo de recibir los
últimos sacramentos.
Fue canonizado en 1622, y Pío XI le proclamó patrono de los ejercicios
espirituales y retiros.
San Ignacio es el gran maestro del discernimiento de espíritus.
Juan Pablo II: "Ignacio supo obedecer cuando, en pleno restablecimiento de
sus heridas, la voz de Dios resonó con fuerza en su corazón. Fue sensible a
la inspiración del Espíritu Santo..."
Por el discernimiento de espíritu entendemos la capacidad de distinguir
cuando nos habla el Espíritu Santo y cuando los espíritus malos.
Luis Goncalves de Cámara escribió "Los Hechos de San Ignacio" recogiéndolos
de los labios del mismo santo:
Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones
llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido,
pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se
halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida
de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctórum, escritos en su lengua
materna.
Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por
las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo
que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el
recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su
vida anterior.
Pero, entretanto, iba actuando también la misericordia divina, inspirando en
su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que
acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a
veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo:
"¿Y si yo hiciera lo mismo que San Francisco o que Santo Domingo?"
Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho
tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también
por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de
pensamientos duró bastante tiempo.
Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo,
ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a
la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando
pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo
entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos
lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le
daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y
comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que,
mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio,
alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios.
Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia
suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus
enseñaría luego a los suyos.
Los Ejercicios Espirituales
El fin específico de los Ejercicios es llevar al hombre a un estado de
serenidad y despego de las cosas pasajeras para que pueda elegir "sin
dejarse llevar del placer o la repugnancia, ya sea acerca del curso general
de su vida, ya acerca de un asunto particular. Así, el principio que guía la
elección es únicamente la consideración de lo que más conduce a la gloria de
Dios y a la perfección del alma".
Como lo dice Pío XI, el método ignaciano de oración "guía al hombre por el
camino de la propia abnegación y del dominio de los malos hábitos a las más
altas cumbres de la contemplación y el amor divino".
Los Ejercicios Espirituales son el instrumento del que ha servido El Señor
para comunicar su Espíritu a innumerables personas y llevarlas a la
santidad.
Comienzan reflexionando sobre el "Principio y Fundamento" de todas las
cosas. Nos enseña la verdad fundamental en la que debemos edificar nuestra
vida:.
¿Cuál es el origen de esta existencia?, ¿Cuál es su sentido?, ¿Cuál su
valor? Esta es la pregunta capital que me debo preguntar. La respuesta nos
la da Dios: Génesis 1: 26 "Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra
imagen, como semejanza nuestra" Y como Dios es amor (1Juan 4:16), el hombre
que es su imagen, ha sido creado para amar con su corazón, que es como el de
Dios. Dios creó al hombre para amar con todo su corazón, toda su mente y
toda su fuerza (Deut. 6:4-9).
El hombre ama a Dios ante todo alabándole, adorándole y sirviéndole. En esta
línea debo ordenar mi existencia. Pero el amor es más que esto. Por su
propia naturaleza, el amor busca unión. Dios nos creó para ser sus hijos
adoptivos en Jesucristo y por Jesucristo.
El plan de Dios consiste en hacernos partícipes en la tierra (por medio de
la fe y la gracia) y por toda la eternidad de la vida de la Trinidad que es
amor.
El principio y fundamento de nuestra vida es este: Hemos sido creados para
Alabar y Servir a Dios y mediante esto salvar nuestra alma.
Conociendo este principio y ordenando toda nuestra vida en El, podremos
construir sobre roca para que las tormentas no destruyan nuestra casa. |