SAN JUAN BOSCO
(1815-1888)
Fiesta: 31 de enero
RESUMEN DE SU VIDA
San Juan Bosco nació en
Castelnuovo, Italia, bastante al norte de Roma.
Su padre Francisco, un sencillo campesino, murió cuando Juanito apenas tenía
dos años y medio. La mamá, Margarita, analfabeta y muy pobre, tuvo que
encargarse ella sola de levantar a sus dos pequeños hijos, Juan y José, y al
hermanastro Antonio, hijo de un primer matrimonio de Francisco, y cuidar
además de la anciana suegra, paralizada en una silla.
Mamá Margarita resultó ser una gran educadora. En casa tenían que aguantar
hambre y faltaban muchas cosas materiales pero había mucho amor y una gran
religiosidad. Cada madrugada se rezaba el rosario y Juanito Bosco ya a los
seis años lo sabía entonar muy bien. Cada noche se leía la vida de un santo
y una página de alguna publicación que hablara de misiones o de misioneros.
Los niños crecieron amando y reverenciando grandemente al buen Dios. Cuando
los campos estaban florecidos o las noches eran muy estrelladas o llovía
suavemente, mamá Margarita les decía: "Miren qué bueno y generoso es nuestro
Padre Dios". Cuando hacía tormenta y estallaban truenos y deslumbraban los
relámpagos, o caían fuertes granizadas o zumbaba el huracán, la mamá les
recordaba: "Qué poderoso es nuestro Dios. No lo disgustemos nunca, porque
puede estallar de pronto su ira contra nosotros".
Juanito Bosco deseaba mucho estudiar pero en la vereda no existían escuelas
y no había dinero para ir al pueblo a estudiar. Un tío campesino le enseñó a
leer, y el niño Bosco empleaba todas las horas libres que le dejaban los
trabajos del campo en leer y aprender el catecismo y la Historia Sagrada.
A los 9 años tiene Juanito Bosco el primero de sus 159 sueños proféticos. Se
le aparece Nuestro Señor junto con la Virgen María y le presentan un montón
de fieras que luego se convierten en corderos. Luego le muestra una multitud
de jóvenes y le dicen: "Este será tu oficio: cambiar jóvenes tan difíciles
como fieras, en buenos cristianos tan dóciles como corderitos".
A Juan Bosco sus estudios le cuestan verdaderos sacrificios. No porque no
tuviera cualidades, pues poseía una memoria prodigiosa que le permitía
recordar todo lo que leía y escuchaba, sino porque su pobreza era total.
Tuvo que pedir limosnas entre los vecinos para poder asistir al colegio.
Nunca supo lo que fue comprar libros nuevos o estrenar vestidos. Todo era de
segunda mano. Pero esta pobreza lo hará enormemente comprensivo más tarde
con los jóvenes pobres carentes de medios económicos para poder estudiar, y
lo llevará a dedicar toda su vida a procurar facilidades de estudio para los
niños más necesitados.
Sus tres grandes amores serán siempre Jesús Sacramentado, María Auxiliadora
y el Sumo Pontífice. De ellos habla continuamente y logra entusiasmar a sus
discípulos de manera admirable por estos tres grandes valores del
catolicismo: Jesús en la Sagrada Eucaristía, la Virgen Santísima, y el Santo
Padre el Papa.
Su don de hacer milagros es un caso excepcional. Para su canonización se
presentaron 650 milagros obrados por él, narrados con juramentos por
testigos presenciales. Y después de muerto ha obtenido milagros portentos en
favor de sus devotos. El decía y repetía: "Yo no hago milagros. Solamente
rezo y hago que invoquen con fe a María Auxiliadora y Ella va donde su Hijo,
y Cristo Jesús es el que obra maravillas".
Una cualidad admirable: su interés por la salvación de la juventud. El
entusiasmo de San Bosco por la juventud es más único que raro. Desde su
infancia ejerce una influencia muy notoria entre sus compañeros. Niño que se
hacía amigo de Juanito Bosco se hacía mejor. Y después durante los 47 años
de su sacerdocio parece que no vive sino para la juventud. Se gana de tal
manera el cariño de los jóvenes, que es difícil encontrar en toda la
historia de la humanidad, después de Jesús, un educador que haya sido tan
amado como Don Bosco. Los jóvenes llegaban hasta pelear unos contra otros
afirmando cada uno que a él lo amaba el santo más que a los demás. En su
trato era puro como un ángel, pero extraordinariamente afectuoso. Todos se
daban cuenta de que su preocupación era salvar el alma de cada uno de sus
discípulos, y para lograr esto estaba resuelto a cualquier sacrificio por
grande que fuera.
Otra cualidad impresionante de Don Bosco fue su alegría. Los muchachos de la
calle lo llamaban: "Ese es el Padre que siempre está alegre. El Padre de los
cuentos bonitos". Su sonrisa era de siempre. Nadie lo encontraba jamás de
mal humor y nunca se le escuchaba una palabra dura o humillante. Hablar con
él la primera vez era quedar ya de amigo suyo para toda la vida.
Un don especial: el don del consejo. El Espíritu Santo le concedió a Don
Bosco la gracia de que sus palabras hicieran enorme bien a los que lo
escuchaban. Durante casi 50 años pidió cada día a Dios "La eficacia de la
palabra", y obtuvo este favor de manera extraordinaria. Un consejo suyo
cambiaba a las personas. Y lo que decía eran cosas ordinarias.
Con medios materiales insignificantes realizaba grandes obras. Con tres
monedas empezó un templo, que costaba 300 millones y en cuatro años lo logró
levantar. Le agradaba repetir: "Cada ladrillo de este templo es un milagro
de María Auxiliadora".
Con algunos de los muchachos pobres que iba educando logró fundar una
Comunidad para educar a la juventud pobre. A sus religiosos les puso el
nombre de "Salesianos" en honor del santo más amable que ha existido después
de Jesucristo: San Francisco de Sales. Es que necesitaba que sus educadores
imitaran a este amable santo en tratar bien a los destinatarios. Los
salesianos son ahora 17,000 en 105 países, con 1,300 colegios y 300
parroquias.
También fundó San Juan Bosco a las Hermanas Salesianas, Hijas de María
Auxiliadora, las cuales son 16,000 en 75 países y se dedican a educar a la
juventud pobre.
Una labor queridísima para Don Bosco fue siempre la difusión de las buenas
lecturas. El mismo escribió más de 40 libros y uno de ellos, el que se
titula: "El joven Instruido", alcanzó durante la vida de su autor más de 50
ediciones y llegó al millón de ejemplares, lo cual era mucho para el siglo
pasado cuando la imprenta no estaba tan desarrollada como ahora. El decía
que Dios lo había enviado al mundo para educar a los jóvenes pobres y para
propagar buenos libros. Sus salesianos tienen ahora en el mundo 65 imprentas
y publican millones de libros religiosos a precios módicos para el pueblo.
Los escritos de San Juan Bosco agradaban mucho a la gente porque eran
sumamente sencillos y fáciles de entender. El santo repetía: "Propagad
buenos libros. Sólo en el cielo sabréis el gran bien que produce una buena
lectura".
Muy famosos fueron los sueños de Don Bosco. (En Italia a los sacerdotes les
dicen Don. Por eso a San Juan Bosco todas las gentes lo llamaban Don Bosco).
Los sueños que él narró a sus discípulos son 159, y están coleccionados en
un bello libro cuya lectura impresiona y hace un enorme bien. En sus sueños
veía con admirable precisión el futuro. Durante 40 años todas las muertes
que sucedieron en su enorme Obra educativa de Turín (y que fueron más de 40)
las anunció con exactitud impresionante. Veinte años antes de empezar a
construir el majestuoso Templo a María Auxiliadora, lo vio en sueños con
todos sus detalles y en el sitio exacto en el que después fue construido. Y
en ese tiempo no había conseguido ni siquiera un metro de aquellos terrenos.
Veía en sueños el estado exacto de la conciencia de sus discípulos y después
los llamaba y les hacía una descripción tan completa de los pecados que
ellos habían cometido, que muchos aclamaban emocionados: "Si hubiera venido
un ángel a contarle toda mi vida no me habría hablado con mayor precisión".
Fue un perpetuo limosnero en favor de los pobres. Le costaba mucho
sacrificio salir a pedir, pero los pobres aguantaban hambre y los niños
desamparados necesitaban ayuda para sus estudios, y por eso salía
continuamente a buscar personas acomodadas para pedirles sus ayudas
económicas, y se las daban en grandes cantidades. Al final de su vida tenía
más de 100,000 niños pobres educándolos en sus obras de beneficencia. La
Virgen María le dijo en un sueño: "Por dos graves faltas se pierden muchos
creyentes: por pecados de impureza y por lo ayudar generosamente a los
necesitados".
Otra gran obra de San Juan Bosco fue su trabajo por las Vocaciones
Sacerdotales. Al final de su vida hizo cuentas y llegó a constatar que seis
mil de sus discípulos se hicieron sacerdotes. Es una cifra difícil de
igualar en la vida de un apóstol. Ojalá Dios nos concediera poder imitarlo
en el apostolado de conseguir vocaciones y de ayudar a quienes manifiestan
deseo de dedicarse al apostolado.
Sus últimas recomendaciones fueron: "Propagad la devoción a Jesús
Sacramentado y a María Auxiliadora y veréis lo que son milagros. Ayudad
mucho a los niños pobres, a los enfermos, a los ancianos y a la gente más
necesitada, y conseguiréis enormes bendiciones y ayudas de Dios. Os espero a
todos en el Paraíso".
Sus últimas palabras, la noche anterior al día de su muerte fueron: Jesús,
María, mañana, mañana…
Murió en la madrugada del 31 de enero de 1888. Ese mismo día junto a su
cadáver se obraron prodigios y curaciones. Durante tres días la ciudad de
Turín desfiló ante su cadáver. A su entierro asistieron muchos obispos, 300
sacerdotes y 300,000 fieles.
Fueron tantos los milagros conseguidos al encomendarse a Don Bosco que el
Sumo Pontífice lo declaró santo cuando apenas habían pasado 46 años de su
muerte (en 1934) y lo declaró Patrono de los que difunden buenas lecturas y
"Padre y maestro de la juventud".
San Juan Bosco es patrono muy especial de los que necesitan conseguir empleo
o de los que buscan facilidades de estudio para los jóvenes y al rezar su
Novena o encomendarse a él con mucha fe se obtienen cada año miles de
favores extraordinarios en muchos sitios del mundo.
AMPLIACIÓN DE SU VIDA
Juan Melchor nace en 1815, junto a Castelnuovo, en la diócesis de Turín. Era
el menor de los hijos de un campesino piamontés. Su niñez fue muy dura. Su
padre murió cuando Juan tenía apenas dos años y medio. La madre, Margarita,
analfabeta y muy pobre, pero santa y laboriosa mujer, que debió luchar mucho
para sacar adelante a sus hijos, se hizo cargo de su educación.
El primero de sus
159 sueños proféticos
A los nueve años de edad, un sueño que el rapazuelo no olvidó nunca, le
reveló su vocación. Más adelante, en todos los períodos críticos de su vida,
una visión del cielo le indicó siempre el camino que debía seguir.
En aquel primer sueño, se vio rodeado de una multitud de chiquillos que se
peleaban entre sí y blasfemaban; Juan Bosco trató de hacer la paz, primero
con exhortaciones y después con los puños. Súbitamente apareció Nuestro
Señor y le dijo: "¡No, no; tienes que ganártelos con la mansedumbre y el
amor!" Le indicó también que su Maestra sería la Santísima Virgen, quien al
instante apareció y le dijo: "Toma tu cayado de pastor y guía a tus ovejas".
Cuando la Señora pronunció estas palabras los niños se convirtieron primero,
en bestias feroces y luego en ovejas.
Una gran cualidad: su interés por la salvación de la juventud
El sueño terminó, pero desde aquel momento Juan Bosco comprendió que su
vocación era ayudar a los niños pobres, y empezó inmediatamente a enseñar el
catecismo y a llevar a la iglesia a los chicos de su pueblo. Para
ganárselos, acostumbraba ejecutar ante ellos toda clase de acrobacias, en
las que llegó a ser muy ducho. Un domingo por la mañana, un acróbata
ambulante dio una función pública y los niños no acudieron a la iglesia;
Juan Bosco desafió al acróbata en su propio terreno, obtuvo el triunfo, y se
dirigió victoriosamente con los chicos a la misa.
Sueño de los dos pilares de nuestra fe
Sus tres grandes amores son Jesús Sacramentado, María Auxiliadora y el Sumo
Pontífice, quienes fueron protagonistas en uno de sus mas famosos sueños
proféticos:
Don Bosco vio que una gran barca (la Iglesia) navegaba en un mar tempestuoso
piloteada por el Romano Pontífice, y a su alrededor muchísimas navecillas
pequeñas (los cristianos). De pronto aparecieron un sinnúmero de naves
enemigas armadas de cañones (el ateísmo, la corrupción, la incredulidad, el
secularismo, etc., etc.) y empezó una tremenda batalla.
A los cañones enemigos se unen las olas violentas y el viento tempestuoso.
Las naves enemigas cercan y rodean completamente a la Nave Grande de la
Iglesia y a todas las navecillas pequeñas de los cristianos. Y cuando ya el
ataque es tan pavoroso que todo parece perdido, emergen desde el fondo del
mar dos inmensas y poderosas columnas (o pilares). Sobre la primera columna
está la Sagrada Eucaristía, y sobre la otra la imagen de la Virgen
Santísima.
La nave del Papa y las navecillas de los cristianos se acercan a los dos
pilares y asegurándose de ellos ya no tienen peligro de hundirse. Luego,
desde las dos columnas sale un viento fortísimo que aleja o hunde a las
naves enemigas, y en cambio a las naves amigas les arregla todos sus daños.
Todo el ejército enemigo se retira derrotado, y los cristianos con el Santo
Padre a la cabeza entonan un Himno de Acción de Gracias a Jesús Sacramentado
y a María Auxiliadora. El sueño es detallado e incluye a varios papas...
«La Iglesia deberá pasar tiempos críticos y sufrir graves daños, pero al fin
el Cielo mismo intervendrá para salvarla. Después vendrá la paz y habrá en
la Iglesia un nuevo y vigoroso florecimiento».
Estimamos que la visión de los pilares es muy actual. Corresponde a la
visión del S.S. Juan Pablo II para la Iglesia. Nosotros debemos estar en
sintonía espiritual con el Papa y cooperar con el de todo corazón para que
la barca, la Iglesia, avance hacia los pilares.
La alegría de Don Bosco
Los muchachos de la calle lo llamaban: ‘Ese es el Padre que siempre está
alegre. El Padre de los cuentos bonitos’. Su sonrisa era de siempre. Nadie
lo encontraba jamás de mal humor y nunca se le escuchaba una palabra dura o
humillante. Hablar con él la primera vez era quedar ya de amigo suyo para
toda la vida. El Señor le concedió también el don de consejo: Un consejo
suyo cambiaba a las personas. Y lo que decía eran cosas ordinarias.
Durante las semanas que vivió con una tía que prestaba servicios en casa de
un sacerdote, Juan Bosco aprendió a leer. Tenía un gran deseo de ser
sacerdote, pero hubo de vencer numerosas dificultades antes de poder empezar
sus estudios. A los dieciséis años, ingresó finalmente en el seminario de
Chieri y era tan pobre, que debía mendigar para reunir el dinero y los
vestidos indispensables.
El alcalde del pueblo le regaló el sombrero, el párroco la chaqueta, uno de
los parroquianos el abrigo y otro, un par de zapatos. Después de haber
recibido el diaconado, Juan Bosco pasó al seminario mayor de Turín y ahí
empezó, con la aprobación de sus superiores, a reunir los domingos a un
grupo de chiquillos y mozuelos abandonados de la ciudad.
San José Cafasso, sacerdote de la parroquia anexa al seminario mayor de
Turín, confirmó a Juan Bosco en su vocación, explicándole que Dios no quería
que fuese a las misiones extranjeras: "Desempaca tus bártulos --le dijo--, y
prosigue tu trabajo con los chicos abandonados. Eso y no otra cosa es lo que
Dios quiere de ti".
El mismo Don Cafasso le puso en contacto con los ricos que podían ayudarle
con limosnas para su obra, y le mostró las prisiones y los barrios bajos en
los que encontraría suficientes clientes para aprovechar los donativos de
los ricos.
El primer puesto que ocupó Don Bosco fue el de capellán auxiliar en una casa
de refugio para muchachas, que había fundado la marquesa di Barola, la rica
y caritativa mujer que socorrió a Silvio Pellico cuando éste salió de la
prisión. Los domingos, Don Bosco no tenía trabajo de modo que podía ocuparse
de sus chicos, a los que consagraba el día entero en una especie de escuela
y centro de recreo, que él llamó "Oratorio Festivo".
Pero muy pronto, la marquesa le negó el permiso de reunir a los niños en sus
terrenos, porque hacían ruido y destruían las flores. Durante un año, Don
Bosco y sus chiquillos anduvieron de "Herodes a Pilatos", porque nadie
quería aceptar ese pequeño ejército de más de un centenar de revoltosos
muchachos.
Cuando Don Bosco consiguió, por fin, alquilar un viejo granero, y todo
empezaba a arreglarse, la marquesa, que a pesar de su generosidad tenía algo
de autócrata, le exigió que escogiera entre quedarse con su tropa o con su
puesto en el refugio para muchachas. El santo escogió a sus chicos.
Oratorios, escuelas, talleres...
En esos momentos críticos, le sobrevino una pulmonía, cuyas complicaciones
estuvieron a punto de costarle la vida. En cuanto se repuso, fue a vivir en
unos cuartuchos miserables de su nuevo oratorio, en compañía de su madre, y
ahí se entregó, con toda el alma, a consolidar y extender su obra. Dio forma
acabada a una escuela nocturna, que había inaugurado el año precedente, y
como el oratorio estaba lleno a reventar, abrió otros dos centros en otros
tantos barrios de Turín.
Por la misma época, empezó a dar alojamiento a los niños abandonados. Al
poco tiempo, había ya treinta o cuarenta chicos, la mayoría aprendices, que
vivían con Don Bosco y su madre en el barrio de Valdocco. Los chicos
llamaban a la madre de Don Bosco "Mamá Margarita".
Con todo, Don Bosco cayó pronto en la cuenta que todo el bien que hacía a
sus chicos se perdía con las malas influencias del exterior, y decidió
construir sus propios talleres de aprendizaje. Los dos primeros: el de los
zapateros y el de los sastres, fueron inaugurados en 1853.
Crece la familia
El siguiente paso fue construir una iglesia, consagrada a San Francisco de
Sales. Después vino la construcción de una casa para la enorme familia. El
dinero no faltaba, a veces, por verdadero milagro. Don Bosco distinguía dos
grupos entre sus chicos: el de los aprendices, y el de los que daban señales
de una posible vocación sacerdotal. Al principio iban a las escuelas del
pueblo; pero con el tiempo, cuando los fondos fueron suficientes, Don Bosco
instituyó los cursos técnicos y los de primeras letras en el oratorio.
En 1856, había ya 150 internos, cuatro talleres, una imprenta, cuatro clases
de latín y diez sacerdotes. Los externos eran quinientos. Con su
extraordinario don de simpatía y de leer los corazones, Don Bosco ejercía
una influencia ilimitada sobre sus chicos, de suerte que podía gobernarles
con aparente indulgencia y sin castigos, para gran escándalo de los
educadores de su tiempo.
Veía en sueños el estado exacto de la conciencia de sus discípulos y después
los llamaba y les hacía una descripción tan completa de los pecados que
ellos habían cometido, que muchos aclamaban emocionados: "Si hubiera venido
un ángel a contarle toda mi vida no me habría hablado con mayor precisión" .
Se gana de tal manera el cariño de los jóvenes, que es difícil encontrar en
toda la historia de la humanidad, después de Jesús, un educador que haya
sido tan amado como Don Bosco. Los jóvenes llegaban hasta pelear unos contra
otros afirmando cada uno que a él lo amaba el santo más que a los demás.
Dedicó su vida a la difusión de las buenas lecturas
Además de este trabajo, Don Bosco se veía asediado de peticiones para que
predicara; la fama de su elocuencia se había extendido enormemente a causa
de los milagros y curaciones obradas por la intercesión del santo. Otra
forma de actividad, que ejerció durante muchos años, fue la de escribir
libros para el gusto popular, pues estaba convencido de la influencia de la
lectura.
Él decía que Dios lo había enviado al mundo para educar a los jóvenes pobres
y para propagar buenos libros, los cuales, además eran sumamente sencillos y
fáciles de entender. "Propagad buenos libros --decía Don Bosco-- sólo en el
cielo sabréis el gran bien que produce una buena lectura". Unas veces se
trataba de una obra de apologética, otras de un libro de historia, de
educación o bien de una serie de lecturas católicas. Este trabajo le robaba
gran parte de la noche y al fin, tuvo que abandonarlo, porque sus ojos
empezaron a debilitarse.
En búsqueda de colaboradores
El mayor problema de Don Bosco, durante largo tiempo, fue el de encontrar
colaboradores. Muchos jóvenes sacerdotes entusiastas, ofrecían sus
servicios, pero acababan por cansarse, ya fuese porque no lograban dominar
los métodos impuestos por Don Bosco, o porque carecían de su paciencia para
sobrellevar las travesuras de aquel tropel de chicos mal educados y
frecuentemente viciosos, o porque perdían la cabeza al ver que el santo se
lanzaba a la construcción de escuelas y talleres, sin contar con un céntimo.
Aun hubo algunos que llevaron a mal que Don Bosco no convirtiera el oratorio
en un club político para propagar la causa de "La Joven Italia". En 1850, no
quedaba a Don Bosco más que un colaborador y esto le decidió a preparar, por
sí mismo, a sus futuros colaboradores. Así fue como Santo Domingo Savio
ingresó en el oratorio, en 1854.
Nace la gran familia Salesiana
Por otra parte, Don Bosco había acariciado siempre la idea, más o menos
vaga, de fundar una congregación religiosa. Después de algunos descalabros,
consiguió por fin formar un pequeño núcleo. "En la noche del 26 de enero de
1854 --escribe uno de los testigos-- nos reunimos en el cuarto de Don Bosco.
Se hallaban ahí además, Cagliero, Rocchetti, Artiglia y Rua. Llegamos a la
conclusión de que, con la ayuda de Dios, íbamos a entrar en un período de
trabajos prácticos de caridad para ayudar a nuestros prójimos.
Al fin de ese período, estaríamos en libertad de ligarnos con una promesa,
que más tarde podría transformarse en voto. Desde aquella noche recibieron
el nombre de Salesianos todos los que se consagraron a tal forma de
apostolado. Naturalmente, el nombre provenía del gran obispo de Ginebra, San
Francisco de Sales (el "Santo de la amabilidad"). El momento no parecía muy
oportuno para fundar una nueva congregación, pues el Piamonte no había sido
nunca más anticlerical que entonces.
Los jesuitas y las Damas del Sagrado Corazón habían sido expulsados; muchos
conventos habían sido suprimidos y, cada día, se publicaban nuevas leyes que
coartaban los derechos de las órdenes religiosas. Sin embargo, fue el
ministro Rattazzi, uno de los que más parte había tenido en la legislación,
quien urgió un día a Don Bosco a fundar una congregación para perpetuar su
trabajo y le prometió su apoyo ante el rey".
En diciembre de 1859, Don Bosco y sus veintidos compañeros decidieron
finalmente organizar la congregación, cuyas reglas habían sido aprobadas por
Pío IX. Pero la aprobación definitiva no llegó sino hasta quince años
después, junto con el permiso de ordenación para los candidatos del momento.
La nueva congregación creció rápidamente: en 1863 había treinta y nueve
salesianos; a la muerte del fundador, eran ya 768, y en la actualidad se
cuentan por millares: Diecisiete mil en 105 países, con 1,300 colegios y 300
parroquias, y se hallan establecidos en todo el mundo.
Don Bosco realizó uno de sus sueños al enviar sus primeros misioneros a la
Patagonia. Poco a poco, los Salesianos se extendieron por toda la América
del Sur. Cuando San Juan Bosco murió, la congregación tenía veintiséis casas
en el Nuevo Mundo y treinta y ocho en Europa. Las instituciones salesianas
en la actualidad comprenden escuelas de primera y segunda enseñanza,
seminarios, escuelas para adultos, escuelas técnicas y de agricultura,
talleres de imprenta y librería, hospitales, etc., sin omitir las misiones
extranjeras y el trabajo pastoral.
El siguiente paso de Don Bosco fue la fundación de una congregación
femenina, encargada de hacer por las niñas lo que los Salesianos hacían por
los niños. La congregación quedó inaugurada en 1872, con la toma de hábito
de veintisiete jóvenes, entre ellas, Santa María Dominga Mazzarello, que fue
la cofundadora, a las que el santo llamó Hijas de Nuestra Señora, Auxilio de
los Cristianos (o Hijas de María Auxiliadora). La nueva comunidad se
desarrolló casi tan rápidamente como la anterior y emprendió, además de
otras actividades, la creación de escuelas de primera enseñanza en Italia,
Brasil, Argentina y otros países. "Hoy en día son dieciséis mil, en setenta
y cinco países".
Para completar su obra, Don Bosco organizó a sus numerosos colaboradores del
exterior en una especie de tercera orden, a la que dio el título de
Colaboradores Salesianos. Se trataba de hombres y mujeres de todas las
clases sociales, que se obligaban a ayudar en alguna forma a los educadores
salesianos.
Nuestro Señor le inspiró un sabio método de enseñanza
El sueño o visión que tuvo Don Bosco en su juventud marcó toda su actividad
posterior con los niños. Todo el mundo sabe que para trabajar con los niños,
hay que amarlos; pero lo importante es que ese amor se manifieste en forma
comprensible para ellos. Ahora bien, en el caso de Don Bosco, el amor era
evidente, y fue ese amor el que le ayudó a formar sus ideas sobre el
castigo, en una época en que nadie ponía en tela de juicio las más burdas
supersticiones acerca de ese punto.
Los métodos de Don Bosco consistían en desarrollar el sentido de
responsabilidad, en suprimir las ocasiones de desobediencia, en saber
apreciar los esfuerzos de los chicos, y en una gran amistad. En 1877
escribía: "No recuerdo haber empleado nunca un castigo propiamente dicho.
Por la gracia de Dios, siempre he podido conseguir que los niños observen no
sólo las reglas, sino aun mis menores deseos". Pero a esta cualidad se unía
la perfecta conciencia del daño que puede hacer a los niños un amor
demasiado indulgente, y así lo repetía constantemente Don Bosco a los
padres.
Una de las imágenes más agradables que suscita el nombre de Don Bosco es la
de sus excursiones domingueras al bosque, con una parvada de rapazuelos. El
santo celebraba la misa en alguna iglesita de pueblo, comía y jugaba con los
chicos en el campo, les daba una clase de catecismo, y todo terminaba al
atardecer, con el canto de las vísperas, pues Don Bosco creía firmemente en
los benéficos efectos de la buena música.
La construcción de iglesias
El relato de la vida de Don Bosco quedaría trunco, si no hiciéramos mención
de su obra de constructor de iglesias. La primera que erigió era pequeña y
resultó pronto insuficiente para la congregación. El santo emprendió
entonces la construcción de otra mucho más grande, que quedó terminada en
1868. A ésta siguió una gran basílica en uno de los barrios pobres de Turín,
consagrada a San Juan Evangelista.
El esfuerzo para reunir los fondos necesarios había sido inmenso; al
terminar la basílica, el santo no tenía un céntimo y estaba muy fatigado,
pero su trabajo no había acabado todavía. Durante los últimos años del
pontificado de Pío IX, se había creado el proyecto de construir una iglesia
del Sagrado Corazón en Roma, y el Papa había dado el dinero necesario para
comprar el terreno. El sucesor de Pío IX se interesaba en la obra tanto como
su predecesor, pero parecía imposible reunir los fondos para la
construcción.
"Es una pena que no podamos avanzar" --dijo el Papa al terminar un
consistorio--. "La gloria de Dios, el honor de la Santa Sede y el bien
espiritual de muchos fieles están comprometidos en la empresa. Y no veo cómo
podríamos llevarla adelante"
--"Yo puedo sugerir una manera de hacerlo" --dijo el cardenal Alimonda.
--"¿Cuál? --preguntó el Papa.
--"Confiar el asunto a Don Bosco".
–"¿Y Don Bosco estaría dispuesto a aceptar?"
–"Yo le conozco bien" --replicó el cardenal--; "la simple manifestación del
deseo de Vuestra Santidad será una orden para él".
La tarea fue propuesta a Don Bosco, quien la aceptó al punto.
Cuando ya no pudo obtener más fondos en Italia, se trasladó a Francia, el
país en que había nacido la devoción al Sagrado Corazón. Las gentes le
aclamaban en todas partes por su santidad y sus milagros y el dinero le
llovía. El porvenir de la construcción de la nueva iglesia estaba ya
asegurado; pero cuando se aproximaba la fecha de la consagración, Don Bosco
repetía que, si se retardaba demasiado, no estaría en vida para asistir a
ella. La consagración de la iglesia tuvo lugar el 14 de mayo de 1887, y San
Juan Bosco celebró ahí la misa, poco después.
Muerte de Don Bosco
Pero sus días tocaban a su fin. Dos años antes, los médicos habían declarado
que el santo estaba completamente agotado y que la única solución era el
descanso; pero el reposo era desconocido para Don Bosco. A fines de 1887,
sus fuerzas empezaron a decaer rápidamente; la muerte sobrevino el 31 de
enero de 1888, cuando apenas comenzaba el día, de suerte que algunos autores
escriben, sin razón, que Don Bosco murió al día siguiente de la fiesta de
San Francisco de Sales.
Su cuerpo permanece incorrupto en la Basílica de María Auxiliadora en Turín,
Italia.
Sus últimas recomendaciones fueron: "Propagad la devoción a Jesús
Sacramentado y a María Auxiliadora y veréis lo que son milagros. Ayudad
mucho a los niños pobres, a los enfermos, a los ancianos y a la gente más
necesitada, y conseguiréis enormes bendiciones y ayudas de Dios. Os espero
en el Paraíso".
Cuarenta mil personas desfilaron ante su cadáver en la iglesia, y sus
funerales fueron una especie de marcha triunfal, porque toda la ciudad de
Turín salió a la calle durante tres días a honrar a Don Bosco por última
vez.
Fueron tantos los milagros conseguidos al encomendarse a Don Bosco, que el
Sumo Pontífice lo canonizó cuando apenas habían pasado cuarenta y seis años
de su muerte (en 1934) y lo declaró Patrono de los que difunden buenas
lecturas y "Padre y maestro de la juventud".