San Juan de Avila
(1500- 1569)
Fiesta: 10 de Mayo
Patrono del Clero Secular
español
RESUMEN DE SU VIDA
Juan significa: "Dios
es misericordioso".
San Juan de Avila tuvo el privilegio de ser amigo y consejero de seis
santos: San Ignacio de Loyola, Santa Teresa, San Juan de Dios, San Francisco
de Borja, San Pedro de Alcántara y Fray Luis de Granada. Dicen que él es la
figura más importante del clero secular español del siglo 16.
Nació en el año 1500. De una familia muy rica, al morir sus padres repartió
todos sus bienes entre los pobres y después de tres años de oración y
meditación se decidió por el sacerdocio. Estudió filosofía y teología en la
Universidad de Alcalá y allá hizo amistad con el Padre Guerrero que fue
después arzobispo de Granada y su amigo de toda la vida.
Desde el principio de su sacerdocio demostró una elocuencia extraordinaria.
El pueblo acudía en gran número a escuchar sus sermones donde quiera que él
iba a predicar. Cada predicación la preparaba con cuatro o más horas de
oración de rodillas. A veces pasaba la noche entera ante un crucifijo o ante
el Santísimo Sacramento encomendando la predicación que iba a hacer después
a la gente. Y los resultados eran formidables. Los pecadores se convertían a
montones. A sus discípulos les decía: "Las almas se ganan con las rodillas".
A uno que le preguntaba como hacer para lograr convertir a alguna persona en
cada sermón, le dijo: "¿Y es que Ud. espera convertir en cada sermón a
alguna persona?". "No, ¡eso no!", respondió el otro. "Pues por eso es que no
los convierte", le dijo el santo, "porque para poder obtener conversiones
hay que tener fe en que sí se conseguirán conversiones. ¡La fe mueve
montañas!."
A otro que le preguntaba cuál era la principal cualidad para poder llegar a
ser un buen predicador, le respondió: "La principal cualidad es: ¡amar mucho
a Dios!".
Pidió viajar de misionero a América del sur, pero su amigo el Arzobispo de
Granada le dijo: "Aquí en España también hay muchos a quienes misionar y
evangelizar. ¡Quédese predicando entre nosotros!". Le obedeció y se dedicó a
predicar por Andalucía, por todo el sur de España. Y las conversiones que
conseguía eran asombrosas. Su predicación era fuerte. No prometía vida en
paz a quienes querían vivir en paz con sus pecados, pero animaba enormemente
a todos los que deseaban salir de su anterior vida de pecado. Un gran número
de sacerdotes le seguía para ayudarle a confesar y colaborarle en la
catequesis de los niños y en la administración de los sacramentos. Ricos y
pobres, jóvenes y viejos, todos acudían con gusto a escucharle.
Dios le concedió a San Juan de Avila la cualidad especialísima de ejercer un
gran ascendiente sobre los sacerdotes. Por eso el Sumo Pontífice lo ha
nombrado "Patrono de los sacerdotes españoles". Bastaba con que lo vieran
celebrar misa o le oyeran un sermón para que los sacerdotes quedaran muy
agradablemente impresionados de su modo de obrar y predicar. Y después en
sus sermones, ellos estaban allá entre el público oyéndole con gran
atención. El sabio escritor Fray Luis de Granada se colocaba cerca de él,
lápiz en mano, e iba escribiendo sus sermones. De cada sermón del santo,
sacaba el material para predicar luego diez sermones. Los sacerdotes decían
que el Padre Juan de Avila predicaba como si estuviera oyendo al mismo Dios.
Fue reuniendo grupos de sacerdotes y por medio de hacerles meditar en la
Pasión de Jesucristo y en la Eucaristía y de rezar y recibir los
sacramentos, los iba enfervorizando y después los enviaba a predicar. Y los
frutos que conseguía eran inmensos. Unos 30 de esos sacerdotes se hicieron
después Jesuitas. Otros colaboraron con la reforma que San Juan de la Cruz y
Santa Teresa hicieron de los padres Carmelitas y muchos más llenaron de
buenas obras las parroquias con su gran fervor.
Un día en Granada, mientras San Juan de Avila pronunciaba un gran sermón, de
pronto se oyó en el templo un grito fortísimo. Era San Juan de Dios que
había sido antes militar y comerciante y que ahora se convertía y empezaba
una vida de santidad admirable. En adelante San Juan de Dios tendrá siempre
como consejero al Padre Juan de Avila, a quien atribuirá su conversión.
Los enemigos y envidiosos lo acusaron de que su predicación era demasiado
miedosa y de que se proponía hacer que las gentes fueran demasiado
espirituales. Y el santo fue llevado a la cárcel y allí estuvo de 1532 a
1533. Aprovechó su prisión para meditar más y crecer en santidad. Cuando se
le reconoció su inocencia y fue sacado de la prisión el pueblo lo ovacionó
como a un héroe.
A muchas personas les dio dirección espiritual por medio de cartas. Después
reunió una colección de esas cartas y las publicó con el título de "Oye
hija" y fue un libro muy afamado y que hizo gran bien a los lectores.
Su devoción a la Virgen era tan grande que lo hacía exclamar: "Más
preferiría vivir sin piel, que vivir sin devoción a la Virgen María".
Fundó más de diez colegios y ayudaba mucho a las universidades católicas. Su
autoridad y su ascendiente eran muy grandes en todas partes.
Sus últimos 17 años fueron de enormes sufrimientos por su salud que era muy
deficiente. En él se cumplía aquello que dijo Jesús: "Mi Padre, al árbol que
más quiere, más lo poda, para que produzca mayor fruto". Pero aunque sus
padecimientos eran muy intensos, no por eso dejaba de recorrer ciudades y
pueblos predicando, confesando, dando dirección espiritual y edificando a
todos con su vida de gran santidad. Tres temas le llamaban mucho la atención
para predicar: la Eucaristía, el Espíritu Santo y la Virgen María.
Una de sus cualidades más admirables era su gran humildad. A pesar de sus
brillantes éxitos apostólicos, siempre se creía un pobre y miserable
pecador. Cuando estaba agonizante vio que un sacerdote lo trataba con muy
grande veneración y le dijo: "Padre, tráteme como a un miserable pecador,
porque eso es lo que he sido y nada más".
Cuando en su última enfermedad los dolores arreciaban, apretaba el crucifijo
entre sus manos y exclamaba: "Dios mío, si sí te parece bien que suceda,
está bien, ¡está muy bien!".
El 10 de mayo del año 1569, diciendo "Jesús y María" murió santamente. Fue
beatificado en 1894 y el Papa Pablo VI lo declaró santo en 1970.
San Juan de Avila: tú que con tus sermones lograste tantas conversiones de
pecadores, alcánzanos del Señor Dios, que también nosotros nos convirtamos
AMPLIACIÓN DE SU VIDA
Infancia y formación sacerdotal
San Juan de Ávila nació el 6 de enero de 1499 (o 1500) en Almodóvar del
Campo (Ciudad Real), de una familia profundamente cristiana. Sus padres,
Alfonso de Ávila (de ascendencia israelita) y Catalina Jijón, poseían unas
minas de plata en Sierra Morena, y supieron dar al niño una formación
cristiana de sacrificio y amor al prójimo. Son conocidas las escenas de
entregar su sayo nuevo a un niño pobre, sus prolongados ratos de oración,
sus sacrificios, su devoción eucarística y mariana.
Probablemente en 1513 comenzó a estudiar leyes en Salamanca, de donde
volvería después de cuatro años para llevar una vida retirada en Almodóvar.
A pesar de llamarlas ‘leyes negras’ los estudios de Salamanca dejaron huella
en su formación eclesiástica, como puede constatarse en sus escritos de
reforma. Esta nueva etapa en Almodóvar, en casa de sus padres, viviendo una
vida de oración y penitencia, durará hasta 1520. Pues aconsejado por un
religioso franciscano, marchará a estudiar artes y teología a Alcalá de
Henares (1520-1526). De esta etapa en Alcalá existen testimonios de su gran
valía intelectual, como así lo atestigua el Mtro. Domingo de Soto. Allí
estuvo en contacto con las grandes corrientes de reforma del momento.
Conoció el erasmismo, las diversas escuelas teológicas y filosóficas y la
preocupación por el conocimiento de las Sagradas Escrituras y los Padres de
la Iglesia. También trabó amistad con quienes habían de ser grandes
reformadores de la vida cristiana, como don Pedro Guerrero, futuro arzobispo
de Granada, y posiblemente también con el venerable Fernando de Contreras.
Incluso pudo haber conocido allí al P. Francisco de Osuna y a San Ignacio de
Loyola.
Primeros años de sacerdocio
Durante sus estudios en Alcalá, murieron sus padres. Juan fue ordenado
sacerdote en 1526, y quiso venerar la memoria de sus padres celebrando su
Primera Misa en Almodóvar del Campo. La ceremonia estuvo adornada por la
presencia de doce pobres que comieron luego a su mesa. Después vendió todos
los bienes que le habían dejado sus padres, los repartió a los pobres, y se
dedicó enteramente a la evangelización, empezando por su mismo pueblo.
Un año después, se ofreció como misionero al nuevo obispo de Tlascala (Nueva
España), Fr. Julián Garcés, que habría de marchar para América en 1527 desde
el puerto de Sevilla. Con este firme propósito de ser evangelizador del
Nuevo Mundo, se trasladó san Juan de Ávila a Sevilla, donde mientras tanto
se entregó de lleno al ministerio, en compañía de su compañero de estudios
en Alcalá el venerable Fernando de Contreras. Ambos vivían pobremente,
entregados a una vida de oración y sacrificio, de asistencia a los pobres,
de enseñanza del catecismo.
Esta amistad y convivencia con Fernando de Contreras, fueron posiblemente
las que motivaron el cambio de las ansias misioneras de Juan de Ávila. El P.
Contreras habló con el arzobispo de Sevilla, D. Alonso Manrique, y éste le
ordenó a Juan que se quedara en las ‘Indias’ del mediodía español. El mismo
arzobispo quiso conocer personalmente la valía del nuevo sacerdote y le
mandó predicar en su presencia. Juan de Ávila contaría después la vergüenza
que tuvo que pasar; orando la noche anterior ante el crucifijo, pidió al
Señor que, por la vergüenza que él pasó desnudo en la cruz, le ayudara a
pasar aquel rato amargo. Y cuando, al terminar el sermón, le colmaron de
alabanzas, respondió: <<Eso mismo me decía el demonio al subir al púlpito.
Durante algún tiempo continuó el ministerio juntamente con Fernando de
Contreras. Pronto se dirigió a predicar y ejercer el ministerio en Écija
(Sevilla). Uno de sus primeros discípulos y compañero fue Pedro Fernández de
Córdoba, cuya hermana de catorce años, D.ª Sancha Carrillo (ambos hijos de
los señores de Guadalcázar, Córdoba), comenzó una vida de perfección bajo la
guía del Maestro Ávila. La que habría sido dama de la emperatriz Isabel,
pasó a ser (después de confesarse con san Juan de Ávila) una de las almas
más delicadas de la época y destinataria de las enseñanzas del Maestro en el
Audi, Filia, preciosa pieza espiritual del siglo XVI y único libro escrito
por Juan de Ávila. Su predicación se extendía también a Jerez de la
Frontera, Palma del Río, Alcalá de Guadaira, Utrera..., juntamente con la
labor de confesionario, dirección de almas, arreglo de enemistades.
Pero su presencia en Écija pronto le va a acarrear las enemistades y la
persecución. El primer incidente ocurrió cuando un comisario de bulas
impidió la predicación de Juan para poder predicar él la bula de que era
comisario. El auditorio, sin embargo, dejó al bulero solo en la iglesia
principal y fue a escuchar a Juan de Ávila en otra iglesia. Después del
suceso, el comisario de bulas, en plena calle, propinó una bofetada a Juan.
Éste se arrodilló y dijo humildemente: <<emparéjeme esta otra mejilla, que
más merezco por mis pecados>>. Este hecho y las envidias de algunos
eclesiásticos, llevaron precisamente a los clérigos a denunciar a San Juan
de Ávila ante la Inquisición sevillana en 1531.
Procesado por la Inquisición
Desde 1531 hasta 1533 Juan de Ávila estuvo procesado por la Inquisición. Las
acusaciones eran muy graves en aquellos tiempos: llamaba mártires a los
quemados por herejes, cerraba el cielo a los ricos, no explicaba
correctamente el misterio de la Eucaristía, la Virgen había tenido pecado
venial, tergiversaba en sentido de la Escritura, era mejor dar limosna que
fundar capellanías, la oración mental era mejor que la oración vocal... Todo
menos la verdadera acusación: aquel clérigo no les dejaba vivir tranquilos
en su cristianismo o en su vida ‘clerical’. Y Juan fue a la cárcel donde
pasó un año entero.
Juan de Ávila no quiso defenderse y la situación era tan grave que le
advirtieron que estaba en las manos de Dios, lo que indicaba la
imposibilidad de salvación; a lo que respondió: <<No puede estar en mejores
manos>>. San Juan fue respondiendo uno a uno todos los cargos, con la mayor
sinceridad, claridad y humildad, y un profundo amor a la Iglesia y a su
verdad. Y aquél que no quiso tachar a los cinco testigos acusadores, se
encontró con que la Providencia le proporción 55 que declararon a su favor.
Este tiempo en la cárcel produjo sus frutos interiores, al igual que lo
hiciera con san Juan de la Cruz. En ella escribió un proyecto del Audi,
Filia, pero sobre todo, como él nos cuenta, allí aprendió, más que en sus
estudios teológicos y vida anterior, el misterio de Cristo. Juan fue
absuelto. Pero lo que más humillante fue la sentencia de absolución: “Haber
proferido en sus sermones y fuera de ellos algunas proposiciones que no
parecieron bien sonantes”, y le mandan, bajo excomunión, que las declare
convenientemente, donde las haya predicado.
Viajes y ministerio desde 1535 a 1554
En 1535 marcha Juan de Ávila a Córdoba, llamado por el obispo Fr. Álvarez de
Toledo. Allí conoce a Fr. Luis de Granada, con quien entabla relaciones
espirituales profundas. Organiza predicaciones por los pueblos (sobre todo
por la Sierra de Córdoba), consigue grandes conversiones de personas muy
elevadas, entabla buenas relaciones con el nuevo obispo de Córdoba, D.
Cristobal de Rojas, que quien dirigirá las Advertencias al Concilio de
Toledo.
La labor realizada en Córdoba fue muy intensa. Prestó mucha atención al
clero, creando centros de estudios, como el Colegio de San Pelagio (en la
actualidad el Seminario Diocesano), el Colegio de la Asunción (donde no se
podía dar título de maestro sin haberse ejercitado antes en la predicación y
el catecismo por los pueblos). Explica las cartas de san Pablo a clero y
fieles. Un padre dominico, que primero se había opuesto a la predicación de
san Juan, después de escuchar sus lecciones, dijo: <<vengo de oír al propio
san Pablo comentándose a sí mismo.
Córdoba es la diócesis de san Juan de Ávila, tal vez ya desde 1535, pero con
toda seguridad desde 1550. Allí le vemos cuando murió D.ª Sancha Carrillo,
en 1537, de quien escribió una biografía que se ha perdido. Predica
frecuentemente en Montilla, por ejemplo la cuaresma de 1541. Y las célebres
misiones de Andalucía (y parte de Extremadura y Castilla la Mancha) las
organiza desde Córdoba (hacia 1550-1554). Juan recibiría en Córdoba el
modesto beneficio de Santaella, que le vinculó a la diócesis cordobesa para
lo restante de su vida. En el Alcázar Viejo de Córdoba reuniría a
veinticinco compañeros y discípulos con los que trabajaba en la
evangelización de las comarcas vecinas.
A Granada acudió san Juan de Ávila, llamado por el arzobispo D. Gaspar de
Avalos, el año 1536. Es en Granada donde tiene lugar el cambio de vida de
san Juan de Dios; en la ermita de san Sebastián, oyendo a san Juan de Ávila,
Juan Cidad, antiguo soldado y ahora librero ambulante, se convirtió en san
Juan de Dios. En numerosas ocasiones san Juan de Dios a Montilla para
dirigirse espiritualmente con el Maestro Ávila, convirtiéndose en su más
fiel discípulo.
El duque de Gandía, Francisco de Borja, fue otra alma predilecta influida
por la predicación de san Juan de Ávila; las honras fúnebres predicadas por
éste en las exequias de la emperatriz Isabel (1539) fueron la ocasión
providencial que hicieron cambiar de rumbo la vida del futuro general de la
Compañía.
En Granada lo vemos formando el primer grupo de sus discípulos más
distinguidos. En Granada también, en 1538 están fechadas las primeras cartas
de san Juan de Ávila que conocemos. En los años sucesivos vemos a san Juan
de Ávila en Córdoba, Baeza, Sevilla, Montilla, Zafra, Fregenal de la Sierra,
Priego de Córdoba. La predicación, el consejo, la fundación de colegios, le
llevan a todas partes.
La cuaresma de 1545 la predicó en Montilla. Su predicación iba siempre
seguida de largas horas de confesionario y de largas explicaciones del
catecismo a los niños; éste era un punto fundamental de su programa de
predicación.
Los colegios de san Juan de Ávila.
En todas las ciudades por donde pasaba, Juan de Ávila procuraba dejar la
fundación de algún colegio o centro de formación y estudio. Sin duda, la
fundación más celebre fue la Universidad de Baeza (Jaén). La línea de
actuación que allí impuso era común a todos sus colegios, como puede verse
plasmada en los Memoriales al Concilio de Trento, donde pide la creación de
seminarios, para una verdadera reforma de la Iglesia y del clero.
Predicando el Evangelio.
Es la definición que mejor cuadra a Juan de Ávila: predicador. Éste es
precisamente el epitafio que aparece en su sepulcro: “mesor eram”. El centro
de su mensaje era Cristo crucificado, siendo fiel discípulo de san Pablo.
Predicaba tanto en las iglesias como incluso en las calles. Sus palabras
iban directamente a provocar la conversión, la limpieza de corazón. El
contenido de su predicación era siempre profundo, con una teología muy
escriturística. Pero ésta estaba sobre todo precedida de una intensa
oración. Cuando le preguntaban qué había que hacer para predicar bien,
respondía: ‘amar mucho a Dios’.
Los textos de los sermones de san Juan de Ávila están acomodados al tiempo
litúrgico. Los temas principales son la Eucaristía, el Espíritu Santo, la
pasión, el tiempo litúrgico; siendo el tema predilecto para los clérigos el
del sacerdocio. La fuerza de su predicación se basaba en la oración,
sacrificio, estudio y ejemplo. Podía hablar claro quien había renunciado a
varios obispados y al cardenalato, y quien no aceptaba limosnas ni
estipendios por los sermones, ni hospedaje en la casa de los ricos o en los
palacios episcopales. El desprecio y conocimiento de sí mismo era el secreto
para guardar el equilibrio al reprender a los demás, considerándose siempre
inferior a los demás.
Su modelo de predicador era san Pablo, al que procuraba imitar sobre todo en
el conocimiento del misterio de Cristo. Afirma su biógrafo el Lic. Muñoz que
“no predicaba sermón sin que por muchas horas la oración le precediese”, ya
que “su principal librería” era el crucifijo y el Santísimo Sacramento.
La misión apostólica de la predicación era precisamente uno de los objetivos
de la fundación de sus colegios de clérigos. Ésta era también una de las
finalidades de los Memoriales dirigidos al Concilio de Trento.
Retiro en Montilla
Desde 1511 Juan de Ávila se sintió enfermo. Gastado en un ministerio duro,
sintió fuertes molestias que le obligaron a residir definitivamente en
Montilla desde 1554 hasta su muerte. Rehusó la habitación ofrecida en el
palacio de la marquesa de Priego, y se retiró en una modesta casa propiedad
de la marquesa. Su vida iba transcurriendo en la oración, la penitencia, la
predicación (aunque no tan frecuente), las pláticas a los sacerdotes o
novicios jesuitas, la confesión y dirección espiritual, el apostolado de la
pluma.
Su enfermedad la ofreció para inmolarse por la Iglesia, a la que siempre
había servido con desinterés. Cuando arreciaba más la enfermedad, oraba así:
“Señor, habeos conmigo como el herrero: con una mano me tened, y con otra
dadme con el martillo”.
Pero a Juan todavía le quedaban quince años de vida fructífera, que empleó
avaramente en la extensión del Reino de Dios. El retiro de Montilla le dio
la posibilidad de escribir con calma sus cartas, la edición definitiva del
Audi, Filia, sus sermones y tratados, los Memoriales al Concilio de Trento,
las Advertencias al Concilio de Toledo y otros escritos menores. Se puede
decir que Juan de Ávila inicia con sus escritos la mística española del
Siglo de oro. Si en otros períodos de su vida se podía calificar de
predicador, misionero, fundador de colegios, ahora, en Montilla, se puede
resumir su vida diciendo que era escritor.
El Audi, Filia, a pesar de todas las vicisitudes por las que pasó, y tras
retocarlo de nuevo en Montilla, queriéndolo confrontar con las enseñanzas de
Trento, fue publicado después de su muerte. El rey Felipe II lo apreció
tanto que pidió no faltara nunca en El Escorial. El Card. Astorga, arzobispo
de Toledo, diría que, con él, “había convertido más almas que letras tiene”.
Prácticamente es el primer libro en lengua vulgar que expone el camino de
perfección para todo fiel, aun el más humilde. El sentido de perfección
cristiana es el sentido eclesial de desposorio de la Iglesia con Cristo.
Éste y otros libros de Juan influyeron posteriormente en autores de
espiritualidad.
Las cartas de Juan de Ávila llegaban a todos los rincones de España e
incluso a Roma. De todas partes se le pedía consejo. Obispos, santos,
personas de gobierno, sacerdotes, personas humildes, enfermos, religiosos y
religiosas, eran los destinatarios más frecuentes. Las escribía de un tirón,
sin tener tiempo para corregirlas. Llenas de doctrina sólida, pensadas
intensamente, con un estilo vibrante.
No hay en todo el siglo XVI ningún autor de vida espiritual tan consultado
como Juan de Ávila. Examinó la Vida de santa Teresa, se relacionó
frecuentemente con san Ignacio de Loyola o con sus representantes, con san
Francisco de Borja, san Juan de Dios, san Pedro de Alcántara, San Juan de
Ribera, fray Luis de Granada.
A Juan de Ávila se le llama <<reformador>>, si bien sus escritos de reforma
se ciñen a los Memoriales para el Concilio de Trento, escritos para el
arzobispo de Granada, D. Pedro Guerrero, ya que Juan de Ávila no pudo
acompañarle a Trento debido a su enfermedad, y a las Advertencias al
Concilio de Toledo, escritas para el obispo de Córdoba, D. Cristóbal de
Rojas, que habrían de presidir el Concilio de Toledo (1565), para aplicar
los decretos tridentinos.
La doctrina de san Juan de Ávila sobre le sacerdocio quedó esquematizada en
un Tratado sobre el sacerdocio, del que conocemos sólo una parte, pero una
belleza y contenido extraordinarios, y que sirvió de pauta para sus pláticas
y retiros a clérigos, y para que sus discípulos hicieran otro tanto donde no
podía llegar ya el Maestro.
Escuela Sacerdotal
Este término aparece con frecuencia en las primeras biografías de nuestro
santo, para referirse a sus discípulos. Todos ellos tienen un denominador
común, a pesar de ministerios muy diversos y de encontrarse en lugares muy
distantes: predicar el misterio de Cristo, enderezar las costumbres,
renovación de la vida sacerdotal según los decretos conciliares, no buscar
dignidades ni puestos elevados, vida intensa de oración y penitencia,
paciencia en las contradicciones y persecuciones, sentido de Iglesia,
enseñar la doctrina cristiana, dirección espiritual, etc. Los encontramos en
los pueblecitos más alejados de pastores y agricultores como en las aldeas
de Fuenteovejuna, como entre los consejeros de los grandes; en los colegios
y universidades o en las costas de Andalucía; en las prelaturas o en las
minas de Almadén.
El grupo sacerdotal de Juan de Ávila parece que se estructura en Granada
hacia el año 1537, aunque ya antes se habían hecho discípulos suyos algunos
sacerdotes de Sevilla, Écija y Córdoba. En Córdoba reunió a más de veinte en
el Alcázar Viejo. Y fue allí donde dirigió un centro misional durante ocho o
nueve años. La gran misión del mediodía español es una de las
manifestaciones típicas de la escuela sacerdotal de Juan de Ávila.
La escuela sacerdotal de Juan de Ávila no se puede estudiar sino teniendo a
la vista la relación con la Compañía de Jesús. Juan encaminó a muchos de sus
discípulos a la Compañía, y hubo intentos de fusión, cesión de colegios,
estudio conjunto, ayuda a los jesuitas, que en Salamanca encontraron muchas
dificultades. Pero Juan de Ávila no entró en la Compañía. Éste era el gran
deseo de san Ignacio, hasta el punto de afirmar que “o nosotros nos unamos a
él o él a nosotros”. Pero la voluntad del Señor no era ésta, la enfermedad
de Juan y los caminos del Señor lo impidieron. A pesar de ello, él fue
enviando a sus mejores discípulos a la Compañía.
La escuela sacerdotal avilista ser refleja principalmente en su Maestro. El
testimonio y la doctrina de Juan dejaron huella imborrable, como le iba
dejando su sello personal que tenía dibujado el Santísimo Sacramento. En sus
discípulos dejó impresa la ilusión por la vocación sacerdotal, el amor al
sacerdocio, con los matices de la vida eucarística, vida litúrgica y de
oración personal profunda, devoción al Espíritu Santo, a la Pasión del
Señor, a la Virgen María, entrega total al servicio desinteresado de la
Iglesia en la expansión del Reino y la predicación de la Palabra de Dios.
Pero lo que consideraba esencial en todo aquel que quería ser buen sacerdote
era la vida de oración, ya que en la caridad y en la oración era en los que
según él habrían de consistir los exámenes de Órdenes.
En la Santa Misa centraba toda la evangelización y vida sacerdotal. La
celebraba empleando largo tiempo, con lágrimas por sus pecados. Sobre la
Eucaristía jamás le faltó materia para predicar, especialmente en la fiesta
y octava del Corpus. “Trátalo bien, que es hijo de buen Padre”, dijo a un
sacerdote de Montilla que celebraba con poca reverencia; la corrección tuvo
como efecto conquistar un nuevo discípulo. Ya enfermo en Montilla, quiso ir
a celebrar misa a una ermita; por el camino se sintió imposibilitado; el
Señor, en figura de peregrino, se le apareció y le animó a llegar hasta la
meta. Fue el gran apóstol de la comunión frecuente, a pesar de las
contradicciones que se le siguieron. Prefería la presencia eucarística a la
visita de los Santos Lugares.
Su virtud principal fue la caridad. Tenía un amor entrañable a la humanidad
de Cristo: “el Verbo encarnado fue el libro y juntamente maestro”. Su
Tratado del amor de Dios es una joya de la literatura teológica en lengua
castellana. Su amor al prójimo fue la expresión del ministerio sacerdotal.
Toda la obra de Juan de Ávila mira hacia la caridad cristiana. De ahí la
preocupación por la educación cristiana y humana integral, la preocupación
por los problemas sociales, por la reforma del estado seglar (como él
decía), por la reforma del clero.
Una cruz grande de palo en su habitación de Montilla, la renuncia a las
prebendas y obispados (el de Segovia y Granada), así como el capelo
cardenalicio (ofrecido por Paulo III), son índice de la pobreza y humildad
de quien “fue obrero sin estipendio..., y habiendo servido tanto a la
Iglesia, no recibió de ella un real” (Lic. Muñoz). No renunció al episcopado
por desprecio, sino por imitar al Señor y por sentirse indigno. Su amor a la
pobreza no tiene otra motivación sino un amor profundo a Jesucristo. Asistía
a los pobres. Vivía limpia y pobremente y no consiguieron cambiarle el
manteo o la sotana ni aun con engaño.
Su humildad le llevó a ser un verdadero reformador. No pudieron sacarle
ningún retrato. Su predicación iba siempre acompañada del catecismo a los
niños; su método catequético tiene sumo valor en la historia de la
pedagogía.
El celo por la extensión del Reino aparece en sus obras y palabras. Las
cartas a los predicadores son pura llama de apóstol. No admitía que
murmurasen de nadie. La castidad la veía en relación al sacerdocio,
principalmente como ministro de la Eucaristía. La devoción a María la
expresa continuamente y la aconseja a todo el mundo.
De todas sus virtudes, de su prudencia, consejo, discreción, etc., hablan
sus biógrafos. Pero él conocía bien sus propios defectos y, por eso, pidió
en las últimas horas de su vida que no le hablaran de cosas elevadas, sino
que le dijeran lo que se dice a los que van a morir por sus delitos. A Juan
de Ávila no le atraían propiamente las virtudes en sí mismas, sino el
misterio de Cristo vivido y predicado.
Entregado al estudio continuo de las Escrituras y de otras materias
eclesiásticas, gastando su vida en la oración, predicación y fundación de
obras apostólicas y sociales, en la dirección de las almas y en la enseñanza
del catecismo, en la formación de sacerdotes y futuros sacerdotes, Juan de
Ávila es un maestro de apóstoles.
La figura personal y pastoral de Juan de Ávila encontró pronto eco en Italia
con san Carlos Borromeo, y en Francia en la escuela sacerdotal francesa del
siglo XVII. Pero su obra quedó, en parte, en la tiniebla en su aportación
más profunda a la vida evangélica precisamente para el clero diocesano y la
vida de perfección cristiana en las estructuras de todo el pueblo de Dios.
Muerte de Juan de Ávila.
La estancia definitiva en Montilla fue especialmente fructífera. Dejó una
huella imborrable en los sacerdotes de la ciudad. En una de sus últimas
celebraciones de la misa le hablo un hermoso crucifijo que él veneraba:
“perdonados te son tus pecados”.
Pero la enfermedad iba pudiendo más que su voluntad. A principio de mayo de
1569 empeoró gravemente. En medio de fuertes dolores se le oía rezar: “Señor
mío, crezca el dolor, y crezca el amor, que yo me deleito en el padecer por
vos”. Pero en otras ocasiones podía la debilidad: “¡Ah, Señor, que no
puedo!”. Una noche, cuando no podía resistir más, pidió al Señor le alejara
el dolor, como así se hizo en efecto; por la mañana, confundido, dijo a los
suyos: “¡Qué bofetada me ha dado Nuestro Señor esta noche!”.
Juan de Ávila no hizo testamento, porque dijo que no tenía nada que testar.
Pidió que celebraran por él muchas misas; rogó encarecidamente que le
dijeran lo que se dice a quienes van a morir por sus delitos. Quiso que se
celebrara la misa de resurrección en aquellos momentos en que se encontraba
tan mal. Manifestó el deseo de que su cuerpo fuera enterrado en la iglesia
de los jesuitas, pues a los que tanto había querido en vida, quiso dejarles
su cuerpo en muerte. Quiso recibir la Unción con plena conciencia. Invocó a
la Virgen con el Recordare, Virgo Mater... Y una de sus últimas palabras
mirando el crucifijo, fue “ya no tengo pena de este negocio”. Era el 10 de
mayo de 1569. Santa Teresa, al enterarse de la muerte de Juan de Ávila, se
puso a llorar y, preguntándole la causa, dijo: “Lloro porque pierde la
Iglesia de Dios una gran columna”.
La persona, los escritos, la obra y los discípulos de Juan de Ávila
influirán en los siglos posteriores. Hemos visto los santos y autores que
estuvieron relacionados más o menos con san Juan de Ávila; casi todos ellos
influenciados por sus escritos, por su persona o por su obra. Se suelen
encontrar, además, vestigios de influencia místico-poética en san Juan de la
Cruz y en Lope de Vega. San Francisco de Sales y san Alfonso Mª de Ligorio
citan frecuentemente a san Juan de Ávila. Y san Antonio Mª Claret reconocía
el bien que le hicieron los escritos de san Juan de Ávila como predicador.
Su influencia es notoria en la escuela francesa de espiritualidad
sacerdotal, en cuyos escritos y doctrina se inspiraron.
En 1588, Fr. Luis de Granada, recogiendo algunos escritos enviados por los
discípulos y recordando su propia convivencia con san Juan de Ávila,
escribió la primera biografía. En 1623, la Congregación de san Pedro
Apóstol, de sacerdotes naturales de Madrid, inicia la causa de
beatificación. En 1635, el Licdo. Luis Muñoz escribe la segunda biografía de
Juan de Ávila, basándose en la de Fr. Luis, en los documentos del proceso de
beatificación y en algunos documentos que se han perdido. El día 4 de abril
de 1894, León XIII beatifica al Maestro Ávila. Pío XII, el 2 de julio de
1946 lo declara Patrono del clero secular español. Pero el maestro de santos
tendrá que esperar hasta el año 1970 para ser canonizado por el Papa Pablo
VI.
El pasado año se celebró el centenario del nacimiento de san Juan de Ávila
en Almodóvar del Campo el 6 de enero de 1499 (o 1500). Con motivo de este
feliz aniversario se celebraron numerosos actos en su honor, como el
encuentro sacerdotal el 30 de mayo de 2000 en la ciudad de Montilla o el
extraordinario Congreso Internacional, celebrado en Madrid, sobre la persona
y obra del Apóstol de Andalucía. La iglesia de la Compañía de Montilla,
donde descansan sus restos, y la pequeña casa donde vivió sus últimos años
san Juan de Ávila, son centros de continuo peregrinar de obispos, sacerdotes
y fieles de toda España.
La Conferencia Episcopal Española ha pedido a la Santa Sede, con motivo del
centenario del nacimiento de san Juan de Ávila, que sea declarado Doctor de
la Iglesia Universal. Esperamos que aquél que ha sido conocido a lo largo de
los últimos cinco siglos como el Maestro, pronto le sea reconocido por la
Iglesia oficial el título de Doctor y Maestro del pueblo cristiano.