Matilde Téllez Robles
(1841-1902)
RESUMEN DE SU VIDA
MATILDE nace en
Robledillo de la Vera (Cáceres) en 1841. Hija de un Escribano, tiene que
cambiar su lugar de residencia varias veces: Villavieja de Yeltes, Becedas,
y, por fin BÉJAR. En esta próspera ciudad crece Matilde. Ella es testigo de
las dificultades de los obreros: sueldo de miseria, necesidad de cultura, y
atención médica... Matilde, mujer sensible que no puede cambiar el mundo,
pero quisiera hacerlo, en NOMBRE DE DIOS EUCARISTÍA... busca aquí y allá
personas que la necesiten, personas a quienes hablar del Amor de un Dios que
se hace Hombre. Cuida enfermos, visita necesitados, y familias, enseña a
niños y jóvenes... Va cumpliendo día a día y con sencillez el mandato de
Cristo: “HACEDLO EN MEMORIA MÍA”. Más tarde se le une otra joven salmantina:
María Briz. Comienzan una vida de “Especial Consagración” no sin grandes
dificultades, sobre todo de tipo moral. Pero “las miradas de Dios tienen
mucha fuerza”, dice Matilde. Y ese Dios Eucaristía a quien tanto aman, les
pide más: “Buscad corazones que se sientan amados por mí; que sean felices
amándome”. Abren Escuela Dominical, otra diaria para niñas, visitarán a todo
enfermo que lo pida o avise. Se convierten en HOGAR para tantas huérfanas y
niñas desvalidas como existen en la ciudad por las condiciones especiales
del Béjar del XIX.
Abren casa –Noviciado- en Don Benito (Badajoz). Allí, comienza la expansión
del Instituto de “Amantes de Jesús e Hijas de María Inmaculada”, que el año
1.964 pasaría a denominarse “HIJAS DE MARÍA MADRE DE LA IGLESIA”.
Después de una vida plena, con bastante similitud a la de Teresa de Jesús,
muere Matilde el 17 de diciembre de 1.902.
AMPLIACIÓN DE SU
VIDA
1841, en un día de plenitud primaveral inundado por la luz de la
solemnidad litúrgica de Pentecostés. Matilde Téllez Robles nace en
Robledillo de la Vera (Cáceres - España) el 30 de mayo de Recibe las aguas bautismales en la
iglesia parroquial al día siguiente de su nacimiento. Era la segunda de los
cuatro hijos de Félix Téllez Gómez y de su esposa Basilea Robles Ruiz. En
noviembre de 1841, el padre, por su profesión de notario, se establece con
su familia en Béjar (Salamanca), ciudad notable por su industria textil.
En esta ciudad va creciendo la pequeña Matilde; recibe una formación
cultural básica, propia de su clase social media, y una esmerada formación
religiosa, iniciada en el ambiente profundamente cristiano de su hogar.
Guiada por su madre, ya desde pequeña comienza a amar intensamente al Señor
y a ejercitarse en la práctica de la oración y en las virtudes, con una
tierna devoción a la Virgen y una gran compasión por los necesitados y los
pecadores.
Todavía muy joven, cuando todo en la vida le sonríe, Matilde hace su opción
radical y definitiva por Cristo, decidiendo entregarse de lleno a Él y a
buscar corazones que le amen.
Su madre la apoyará siempre en este empeño, pero su padre, que ambiciona un
porvenir halagüeño para su hija en el matrimonio, la obliga a alternar en la
vida de sociedad, limitándole además el tiempo que pasa en la iglesia. Ella,
obediente, se adorna y alterna luciendo su gracia juvenil. Pero aún así, su
inclinación por las cosas de Dios es manifiesta, y, al fin, D. Félix,
vencido por la constancia de su hija, la deja en libertad para que siga el
camino por ella elegido.
Matilde continúa intensificando su vida espiritual; su devoción a la Virgen
la lleva a una profunda intimidad con Jesús Eucaristía, a quien ama
apasionadamente. Aun «¡en medio del invierno ardía al acercarme a un
sagrario!», nos dice en sus escritos.
A los 23 años es elegida presidenta de la asociación de Hijas de María,
recién establecida en Béjar, y poco después la nombran enfermera
investigadora de las Conferencias de San Vicente de Paúl. Ella, en su
ardiente deseo de ganar corazones para Jesús, exclama ante el sagrario: «¡Mi
dueño, Jesús amante! El mundo está lleno de necesidades. Todos tienen
corazón. Yo voy a por los que pueda. Yo te los traeré».
Conjugando la contemplación con la acción, Matilde se lanza por largos años
a una intensa actividad apostólica con niñas y jóvenes, pobres y enfermos;
trabaja con las Hijas de María, da catequesis, atiende la escuela dominical,
prepara para el matrimonio cristiano y acompaña a jóvenes vocacionadas;
recorre alegre la ciudad en todas las direcciones para llevar consuelo y
ayuda a cualquier enfermo o necesitado, «visitando a su amante Jesús en la
persona de sus pobres».
Siempre contemplativa en la acción, la Eucaristía es su fuerza, el sagrario
su refugio durante prolongadas horas de oración, y la Virgen su guía, su
maestra y compañera inseparable.
Desde joven siente la llamada a la vida religiosa y ya entonces recibe ante
el sagrario la inspiración de fundar un Instituto religioso. Así se lo
comunica al Papa Pío IX en carta del 4 de mayo de 1874.
Pero su padre vuelve a probar a su hija impidiéndole realizar su vocación, a
causa del clima político anticlerical de aquella época en España.
Matilde entre tanto sufre en silencio, ora y espera, alentada por su
director espiritual, D. Manuel de la Oliva, sacerdote filipense, hasta que
por fin su padre le concede la ansiada autorización.
Ella exulta de gozo en acción de gracias a Dios y rápidamente lo prepara
todo para iniciar la fundación con siete jóvenes de las hijas de María, que
se han comprometido a seguirla en la vida religiosa.
El 19 de marzo de 1875, solemnidad de San José, deben reunirse todas para la
celebración eucarística en la Parroquia de Santa María y desde allí marchar
a la casa preparada para iniciar la vida religiosa. Pero de las siete
jóvenes comprometidas sólo una se presenta: María Briz. Ante esta gran
prueba, Matilde no se desalienta. Fortalecidas con el pan de la Eucaristía,
ella y su única compañera se dirigen gozosas, con heroica intrepidez, a la
«casita de Nazaret», como Matilde la denomina.
En esta casa tratan de imitar a la Sagrada Familia de Nazaret, viviendo con
mucho amor y alegría en recogimiento y oración, en humildad y pobreza, sin
contar con nada y plenamente confiadas en la Providencia. En la casa no
tienen todavía sagrario, pero las acompaña una imagen de la Virgen ante la
que oran y a quien se lo consultan todo.
Pocos días después, conjugando siempre la contemplación y la acción, reciben
un grupo de niñas huérfanas en casa, dan clase a niñas pobres y atienden a
los enfermos en sus domicilios. Su testimonio evangélico va atrayendo a
algunas jóvenes a unirse a ellas, a pesar de las críticas de quienes
consideran la fundación como una locura.
El 23 de abril de 1876, el obispo de Plasencia, D. Pedro Casas y Souto,
autoriza provisionalmente la Obra con el título de «Amantes de Jesús e Hijas
de María Inmaculada»; y el 20 de enero de 1878 Matilde y María visten el
hábito religioso en Plasencia.
A últimos de marzo de 1879 la comunidad se traslada de Béjar a Don Benito
(Badajoz), donde instalan el noviciado, acogen niñas huérfanas, ponen clase
diaria y dominical, atienden a los enfermos en sus casas y ayudan a los
pobres.
En la comunidad se respira el espíritu de Nazaret y toda la vida de la casa
gira en torno al sagrario, ante el cual, turnándose, las Hermanas pasan
varias horas todos los días. También la Virgen recibe un culto especial.
El 19 de marzo de 1884, el mismo obispo erige canónicamente la Obra como
Instituto religioso de derecho diocesano, y el 29 de junio, la Fundadora con
otras Hermanas emiten la profesión religiosa.
Al año siguiente se declara una terrible epidemia de cólera en la ciudad. La
M. Matilde y todas las Hermanas se entregan heroicamente al cuidado amoroso
de los apestados, despertando gran admiración en el pueblo su exquisita
caridad evangélica. Muere contagiada Sor María Briz, y la Madre abre en su
memoria un Hospital para los pobres.
En 1889 comienza la expansión del Instituto, con una fundación en Cáceres, y
continúa en los años siguientes con otras fundaciones en Trujillo, Béjar,
Villanueva de Córdoba, Almendralejo, Los Santos de Maimona y Villaverde de
Burguillos. De cada una de ellas se podría escribir una hermosa historia de
amor; amor apasionado a Jesús Eucaristía, amor a María, amor al hermano
necesitado: enfermos, pobres, niñas huérfanas, etc. Siempre con total
desinterés económico, pero la Providencia nunca falla.
No faltan las pruebas y dificultades de toda clase, pero no importa: Matilde
con Jesús ¡siempre adelante!, siempre haciendo vida el lema que ha dado a su
Instituto: «Oración, acción, sacrificio»; siempre sacando fuerza de sus
prolongados tiempos de oración ante el sagrario y de la mano de María.
De su fuerte experiencia eucarística brota su ardor evangelizador y la
ardiente caridad que todos admiran. «¡Sea toda la vida un acto de amor!»,
repite a sus Hermanas. Y así lo ven en ella: es una vida llena de Dios, en
continua oración y volcada a la vez en los hermanos. Multiplica sus
atenciones maternales con las nuevas comunidades, es la animadora de la
Obra, la Regla viviente. Su sencillez, su prudencia, su bondad e inalterable
alegría atraen a todos. Pobres y ricos se acercan confiados a ella, pues
para todos tiene una atención, un consejo y una sonrisa.
Aunque sólo cuenta 61 años, su organismo está ya muy agotado, a causa de los
sufrimientos, del intenso trabajo, de las enfermedades, y presiente gozosa
que se acerca la hora de su unión definitiva con el Señor. En efecto, al
salir temprano de viaje, el 15 de diciembre de 1902, sufre un fuerte ataque
de apoplejía, y en las primeras horas del día 17, rodeada de sus hijas, en
medio de una gran paz, vuela a la casa del Padre.
Todo el pueblo, principalmente los pobres, la lloran como a una madre,
proclamando a la vez su gran caridad y sus muchas virtudes.
El 23 de abril de 2002, el Papa Juan Pablo II reconocía oficialmente las
Virtudes Heroicas de la Sierva de Dios Matilde Téllez, y al año siguiente,
el 12 de abril, se promulgaba el Decreto sobre el milagro obrado por su
intercesión, dando así el paso decisivo a su Beatificación: el 21 de marzo
de 2004.
El Instituto de la Madre Matilde, fiel a la herencia recibida de su
fundadora, continúa viviendo su carisma, que tiene como centro la Eucaristía
y a María como Madre y Maestra, para que Ella forme su corazón para el
Evangelio y las guíe hacia la Eucaristía. Según consta en las Constituciones
actuales, de la Eucaristía nace en ellas una viva respuesta de amor a
Jesucristo y, en Él y con Él, a todo el mundo, llevando la buena nueva del
amor del Padre, con preferencia y de una manera integral, a los pobres, a
los pequeños y a los que sufren.
Actualmente las Hijas de María Madre de la Iglesia (así se llaman desde
1965) realizan su labor evangelizadora en España, Portugal, Italia,
Venezuela, Colombia, Perú y Méjico, a través de: hogares - internados como
acogida a la niñez y juventud marginada; escuelas y colegios abiertos a
todas las familias sin exclusiones; comunidades sanitarias dedicadas a la
atención de enfermos, ancianos desatendidos, transeúntes, alcohólicos, etc.,
comunidades orantes, casas de acogida, y comunidades de Pastoral rural y de
colaboración en Parroquias.
Todas las Hermanas del Instituto piden a su Fundadora que las ayude a hacer,
como ella, de su vida un continuo acto de amor y una «eucaristía perenne»,
para la mayor gloria de Dios y la salvación del mundo.