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(1917-1980)
Oscar Arnulfo Romero nació en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, el
15 de agosto de 1917, día de la Asunción de la Virgen María. Su familia era
humilde y con un tipo modesto de vida. Desde pequeño, Oscar fue conocido por
su carácter tímido y reservado, su amor a lo sencillo y su interés por las
comunicaciones. A muy temprana edad sufrió una grave enfermedad que le
afectó notablemente en su salud.
En el transcurso de su infancia, en ocasión de una ordenación sacerdotal a
la que asistió, Oscar habló con el padre que acompañaba al recién ordenado y
le manifestó sus grandes deseos de hacerse sacerdote. Su deseo se convirtió
en una realidad, ingresó al Seminario Menor de San Miguel y a pesar de las
desavenencias económicas que pasaba la familia para mantenerlo en el
seminario, Oscar avanzó en su idea de entregar su vida al servicio de Dios y
del pueblo.
Estudió con los padres Claretianos en el Seminario Menor de San Miguel desde
1931 y posteriormente con los padres Jesuitas en el Seminario San José de la
Montaña hasta 1937. En el tiempo que estalló la II Guerra Mundial, fue
elegido para ir a estudiar a Roma y completar su formación sacerdotal y
seguramente su elección se debió a la integridad espiritual e inteligencia
académica manifestada en el seminario.
Fue ordenado sacerdote a la edad de 25 años en Roma, el 4 de abril de 1942.
Continuó estudiando en Roma para completar su tesis de Teología sobre los
temas de ascética y mística, pero debido a la guerra, tuvo que regresar a El
Salvador y abandonar la tesis que estaba a punto de concluir. Regresó al
país en agosto de 1943. Su primera parroquia fue Anamorós en el departamento
de La Unión. Pero poco tiempo después fue llamado a San Miguel donde realizó
su labor pastoral durante aproximadamente veinte años.
El padre Romero era un sacerdote sumamente caritativo y entregado. No
aceptaba obsequios que no necesitara para su vida personal. Ejemplo de ello
fue la cómoda cama que un grupo de señoras le regaló en una ocasión, la cual
regaló y continuó ocupando la sencilla cama que tenía.
Dada su amplia labor sacerdotal fue elegido Secretario de la Conferencia
Episcopal de El Salvador y ocupó el mismo cargo en el Secretariado Episcopal
de América Central.
El 25 de abril de 1970, la Iglesia lo llamó a proseguir su camino pastoral
elevándolo al ministerio episcopal como Obispo Auxiliar de San Salvador, que
tenía al ilustre Mons. Luis Chávez y González como Arzobispo y como Auxiliar
a Mons. Arturo Rivera Damas. Con ellos compartiría su desafío pastoral y en
el día de su ordenación episcopal dejaba claro el lema de toda su vida:
“Sentir con la Iglesia”.
Esos años como Auxiliar fueron muy difíciles para Monseñor Romero. No se
adaptaba a algunas líneas pastorales que se impulsaban en la Arquidiócesis y
además lo aturdía el difícil ambiente que se respiraba en la capital.
También fue nombrado director del semanario Orientación, y le dio al
periódico un giro notablemente clerical. Este “giro” le fue muy criticado
por algunos sectores dentro de la misma Iglesia, considerándolo un
“periódico sin opinión”.
En El Salvador la situación de violencia avanzaba, con ello la Iglesia se
edificaba en contra de esa situación de dolor, por tal motivo la persecución
a la Iglesia en todos sus sentidos comenzó a cobrar vida.
Luego de muchos conflictos en la Arquidiócesis, la sede vacante de la
Diócesis de Santiago de María fue su nuevo camino. El 15 de octubre de 1974
fue nombrado obispo de esa Diócesis y el 14 de diciembre tomó posesión de la
misma. Monseñor Romero se hizo cargo de la Diócesis más joven de El Salvador
en ese tiempo.
En junio de 1975 se produjo el suceso de “Las Tres Calles”, donde un grupo
de campesinos que regresaban de un acto litúrgico fue asesinado sin
compasión alguna, incluso a criaturas inocentes.
El informe oficial hablaba de supuestos subversivos que estaban armados; las
‘armas’ no eran más que las biblias que los campesinos portaban bajos sus
brazos. En ese momento, los sacerdotes de la Diócesis, sobre todos los
jóvenes, pidieron a Monseñor Romero que hiciera una denuncia pública sobre
el hecho y que acusara a las autoridades militares del siniestro, Mons.
Romero no había comprendido que detrás de las autoridades civiles y
militares, detrás del mismo Presidente de la República, Arturo Armando
Molina que era su amigo personal, había una estructura de terror, que
eliminaba de su paso a todo lo que pareciera atentar los intereses de “la
patria” que no eran más que los intereses de los sectores pudientes de la
nación. Mons. Romero creía ilusamente en el Gobierno, éste era su grave
error. Poco a poco comenzó a enfrentarse a la dura realidad de la injusticia
social.
Los amigos ricos que tenía eran los mismos que negaban un salario justo a
los campesinos; esto le empezó a incomodar, la situación de miseria estaba
llegando muy lejos como para quedarse esperando a una solución de los demás.
La situación se agudizó y las relaciones entre el pueblo y el gobierno se
fueron agrietando.
En medio de ese ambiente de injusticia, violencia y temor, Mons. Romero fue
nombrado Arzobispo de San Salvador el 3 de febrero de 1977 y tomó posesión
el 22 del mismo mes, en una ceremonia muy sencilla. Tenía 59 años de edad y
su nombramiento fue para muchos una gran sorpresa, el seguro candidato a la
Arquidiócesis era el auxiliar por más de dieciocho años en la misma, Mons.
Arturo Rivera Damas: “la lógica de Dios desconcierta a los hombres”.
El 12 de marzo de 1977, se dio la triste noticia del asesinato del padre
Rutilio Grande, un sacerdote amplio, consciente, activo y sobre todo
comprometido con la fe de su pueblo. La muerte de un amigo duele, Rutilio
fue un buen amigo para Monseñor Romero y su muerte le dolió mucho: “un
mártir dio vida a otro mártir”.
Su opción comenzó a dar frutos en la Arquidiócesis, el clero se unió en
torno al Arzobispo, los fieles sintieron el llamado y la protección de una
Iglesia que les pertenecía, la “fe” de los hombres se volvió en el arma que
desafiaría las cobardes armas del terror. La situación se complicó cada vez
más. Un nuevo fraude electoral impuso al general Carlos Humberto Romero para
la Presidencia. Una protesta generalizada se dejó escuchar en todo el
ambiente.
En el transcurso de su ministerio Arzobispal, Mons. Romero se convirtió en
un implacable protector de la dignidad de los seres humanos, sobre todo de
los más desposeídos; esto lo llevaba a emprender una actitud de denuncia
contra la violencia, y sobre todo a enfrentar cara a cara a los regímenes
del mal.
Sus homilías se convirtieron en una cita obligatoria de todo el país cada
domingo. Desde el púlpito iluminaba a la luz del Evangelio los
acontecimientos del país y ofrecía rayos de esperanza para cambiar esa
estructura de terror.
Los primeros conflictos de Monseñor Romero surgieron a raíz de las marcadas
oposiciones que su pastoral encontraba en los sectores económicamente
poderosos del país y unido a ellos, toda la estructura gubernamental que
alimentaba esa institucionalidad de la violencia en la sociedad salvadoreña,
sumado a ello, el descontento de las nacientes organizaciones
político-militares de izquierda, quienes fueron duramente criticados por
Mons. Romero en varias ocasiones por sus actitudes de idolatrización y su
empeño en conducir al país hacia una revolución.
A raíz de su actitud de denuncia, Mons. Romero comenzó a sufrir una campaña
extremadamente agobiante contra su ministerio arzobispal, su opción pastoral
y su personalidad misma, cotidianamente eran publicados en los periódicos
más importante, editoriales, campos pagados, anónimos, etc., donde se
insultaba, calumniaba, y más seriamente se amenazaba la integridad física de
Mons. Romero. La “Iglesia Perseguida en El Salvador” se convirtió en signo
de vida y martirio en el pueblo de Dios.
Este calvario que recorría la Iglesia ya había dejado rasgos en la misma,
luego del asesinato del padre Rutilio Grande, se sucedieron otros asesinatos
más. Fueron asesinados los sacerdotes Alfonso Navarro y su amiguito Luisito
Torres, luego fue asesinado el padre Ernesto Barrera, posteriormente fue
asesinado, en un centro de retiros, el padre Octavio Ortiz y cuatro jóvenes
más. Por último fueron asesinados los padres Rafael Palacios y Alirio
Napoleón Macias. La Iglesia sintió en carne propia el odio irascible de la
violencia que se había desatado en el país.
Resultaba difícil entender en el ambiente salvadoreño que un hombre tan
sencillo y tan tímido como Mons. Romero se convirtiera en un “implacable”
defensor de la dignidad humana y que su imagen traspasara las fronteras
nacionales por el hecho de ser: “voz de los sin voz”.
Muchas de los sectores poderosos y algunos obispos y sacerdotes se
encargaron de manchar su nombre, incluso llegando hasta los oídos de las
autoridades de Roma. Mons. Romero sufrió mucho esta situación, le dolía la
indiferencia o la traición de alguna persona en contra de él. Ya a finales
de 1979 Monseñor Romero sabía el inminente peligro que acechaba contra su
vida y en muchas ocasiones hizo referencia de ello consciente del temor
humano, pero más consciente del temor a Dios a no obedecer la voz que
suplicaba interceder por aquellos que no tenían nada más que su fe en Dios:
los pobres.
Uno de los hechos que comprobó el inminente peligro que acechaba sobre la
vida de Mons. Romero fue el frustrado atentado dinamitero en la Basílica del
Sagrado Corazón de Jesús, en febrero de 1980, el cual hubiera acabado con la
vida de Monseñor Romero y de muchos fieles que se encontraban en el recinto
de dicha Basílica.
El domingo 23 de marzo de 1980 Mons. Romero pronunció su última homilía, la
cual fue considerada por algunos como su sentencia de muerte debido a la
dureza de su denuncia: “en nombre de Dios y de este pueblo sufrido... les
pido, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, CESE LA REPRESION”.
Ese 24 de marzo de 1980 Monseñor OSCAR ARNULFO ROMERO GALDAMEZ fue asesinado
de un certero disparo, aproximadamente a las 6:25 p.m. mientras oficiaba la
Eucaristía en la Capilla del Hospital La Divina Providencia, exactamente al
momento de preparar la mesa para recibir el Cuerpo de Jesús. Fue enterrado
el 30 de marzo y sus funerales fueron una manifestación popular de compañía,
sus queridos campesinos, las viejecitas de los cantones, los obreros de la
ciudad, algunas familias adineradas que también lo querían, estaban frente a
la catedral para darle el último adiós, prometiéndole que nunca lo iban a
olvidar. Raramente el pueblo se reúne para darle el adiós a alguien, pero él
era su padre, quien los cuidaba, quien los quería, todos querían verlo por
última vez.
Tres años de fructífera labor arzobispal habían terminado, pero una
eternidad de fe, fortaleza y confianza en un hombre bueno como lo fue Mons.
Romero habían comenzado, el símbolo de la unidad de los pobres y la defensa
de la vida en medio de una situación de dolor había nacido.
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