SAN TARSICIO

                       

 

 TARSICIO

  (+258)  Siglo III

Mártir de la Eucaristía

Patrón de quienes hacen la primera comunión y de los monaguillos.

Patrón de los niños de Adoración Nocturna.

Fiesta: 15 de agosto

 

 

Tarsicio significa “valiente”, fue mártir y es toda una honra para la Iglesia por su testimonio. Murió durante la persecución de Valeriano. Su figura de niño héroe cristiano ha servido de estímulo y ejemplo durante dieciocho siglos a las generaciones de bautizados desde que han ido despertando a la fe. Su generosidad en la ayuda al prójimo y su disposición al servicio, impregnado de un amor generoso a Jesucristo en la Eucaristía han ayudado a la fantasía de los creyentes posteriores a renovar su veneración al Santísimo Sacramento. También los mayores han aprendido de él a vivir con coherencia la fe eucarística y a vigorizar las actitudes de adoración y culto que secularmente han practicado los discípulos del Señor.

 El relato de los hechos con todos los rasgos de verosimilitud histórica es así:

Los cristianos no podían vivir la fe con manifestaciones externas. No tenían derecho a expresar la jubilosa explosión de felicidad que tenían dentro por saberse hijos de Dios con un culto externo. Era preciso esconderse para alabar al único Dios verdadero como discípulos del Señor Jesucristo; por no disponer de locales amplios donde pudieran reunirse, lo hacían a la orilla del Tíber, en los cementerios. Galerías largas y muy entrecruzadas; de vez en cuando se ve una lámpara encendida donde recordaban que se encontraba el cadáver de un mártir, la lámpara era la señal. Ellos conocían bien los largos corredores y los múltiples vericuetos; allí, en un ensanchamiento han tenido el buen gusto de poner en la piedra alguna inscripción y la figura del Pastor cargando una oveja en sus hombros; más adelante, en otro lugar, puede verse en la roca algo que se parece a un cestillo lleno de panes y peces; son símbolos de una historia pasada que se hace viva cada domingo y da más vida, alegría y fuerza a los discípulos de Jesús. Ahora se ve una especie de sala espaciosa, agrandada por las galerías que en ella convergen, donde hay una mesa grande cubierta por manteles muy blancos, con unos cirios encendidos sobre unos candelabros de plata o al menos, así lo parece.

La fe cristiana iba calando en todo el Imperio: soldados, damas de alta alcurnia, esclavos, niños de tierna edad etc., seguían las doctrinas del Señor resucitado. El emperador Valeriano, que comenzó su reinado favoreciendo a los cristianos, terminó siendo un emperador duro y sanguinario y  persiguiéndolos. Se había convencido de que los cristianos eran los enemigos del Imperio y había que acabar con ellos.

Los cristianos para poder celebrar sus cultos se veían obligados a esconderse en las catacumbas o cementerios romanos. Era frecuente la trágica escena de que mientras estaban celebrando los cultos, llegaban los soldados, los cogían de improviso y, allí mismo, sin más juicios, los decapitaban o les infligían otros martirios. Todos confesaban la fe en nuestro Señor Jesucristo. El pequeño Tarsicio había presenciado la ejecución del mismo Papa Esteban mientras celebraba la Eucaristía en una de estas catacumbas. La imagen macabra quedó grabada  fuertemente en su alma de niño.

 El que posteriormente había de ser elegido Papa con el nombre de Sixto, estaba celebrando los santos misterios en las catacumbas, todos cantan salmos; en medio de un gran silencio se leen algunos trozos del Evangelio y hace Sixto una sabia reflexión. El diácono Lorenzo pone pan y vino sobre la mesa y el anciano sacerdote comienza la fórmula de la consagración. Antes de comulgar todos se dan el ósculo de la paz.

Poco antes de dispersarse hay un recuerdo para los encarcelados; son los confesores de la fe; no han querido renegar; aman a Jesús más que a sus vidas. Es conveniente rezar por ellos y ayudar a sus familiares en la tribulación. Allí no tienen sacerdotes.  Es preciso hacerles partícipes de los santos misterios para que le sirvan de fortaleza en la pasión y en los tormentos.

¿Quién puede y quiere afrontar el peligro? Hace falta un alma generosa. Los creyentes que llevaban el cuerpo de Cristo por las calles, se jugaban la vida a cada instante, pero todos quieren; son montones las manos que se alargan de ancianos venerables, maduros, mujeres y muchachas jóvenes con el rostro cubierto con un velo y también manecitas de niños angelicales. Todos están dispuestos a morir por Jesucristo y por sus hermanos. Delante del que será nuevo papa Sixto, un niño ha extendido la mano, es Tarsicio, bien conocido en el grupo por su fe y su piedad; hay cierta extrañeza en el sacerdote que parece no comprender tamaña decisión, a simple vista disparatada y lleno de emoción le dice: “¿Tú también, hijo mío?”.

Y contesta: "¿Y por qué no, Padre? Nadie sospechará con mis pocos años".

Ante tan intrépida fe, el sacerdote no duda. Toma con mano temblorosa las Sagradas formas y en un relicario, las coloca con gran devoción, a la vez que las entrega al pequeño Tarsicio de apenas once años, con esta recomendación: “Cuídalas bien, hijo mío”.

-“Descuide, Padre, que antes pasarán por mi cadáver que nadie ose tocarlas”.

                                                             


Sale fervoroso y presto de las catacumbas y pasa por las alamedas del Tiber, va como portador de Cristo, se sabe un sagrario vivo, es una sensación extraña en él, va lleno de gozo, caminando con la Eucaristía junto a su pecho -entre el gozo y el orgullo- que nunca había experimentado. Pasa por las avenidas de Roma sin miedo a nadie, sin saludar, embelesado con su tesoro, llevaba consigo el manantial que hace surgir el agua y la vida hasta la eternidad. No sospechaba en su inocencia que le iba a ocurrir algo malo.

Poco después, se encuentra con unos amigos de su edad que estaban jugando, le invitan a participar en el juego; Tarsicio rehúsa; ellos se le acercan; Tarsicio oprime el envoltorio; le hacen un cerco y llega la temida pregunta: "¿Qué llevas ahí escondido? Queremos verlo". Aterrado quiere echar a correr, pero es tarde. Lo agarran y fuerzan a soltar el relicario que cada vez agarra con más tesón y fuerza, lo zarandean y lo tiran al suelo, le dan pescozones y puntapiés pero no quiere por nada del mundo dejar al descubierto al Señor; entre las injurias y amenazas acompañadas de empellones y puños, Tarsicio sigue diciendo "¡Jamás, jamás!".

Tarsicio no sólo puso resistencia sino que Dios hizo el milagro de que quedasen sus brazos herméticamente cerrados, de forma que no pudieron abrírselos jamás (ni siquiera después de muerto). Siguen dándoles pedradas y, va derramando su sangre. Todo inútil. Ellos no se salen con la suya. Por nada del mundo permite que le roben aquellos Misterios a los que él ama más que a sí mismo.

 Uno de los que se ha acercado al grupo del alboroto se hace cargo de la situación y dice: "Es un cristiano que lleva sortilegios a los presos". Pequeños y mayores emplean ahora, bajo excusa de la curiosidad, con furia y saña, palos y piedras.

                                                         

Momento después pasa por allí Cuadrado, un fornido soldado que está en el período de catecumenado y que por eso conoce a Tarsicio. Huyen corriendo los niños mientras Tarsicio, llevado  a hombros en agonía por Cuadrado, llega hasta las Catacumbas de San Calixto, en la Vía Appia. Al llegar ya era cadáver.


Cuando terminaron las persecuciones del siglo IV, sacaron los restos de las catacumbas y lo depositaron bajo un altar de mármol y erigieron un pequeño templo que, durante siglos fue visitado con gran admiración.


El Papa San Dámaso mandó poner sobre su tumba estos versos:

"Queriendo a San Tarsicio almas brutales,
de Cristo el sacramento arrebatar,
su tierna vida prefirió entregar,
antes que los Misterios celestiales".

 

 

Oración:

San Tarsicio: mártir de la Eucaristía, pídele a Dios que todos y en todas partes demostremos un  inmenso amor y un infinito respeto al Santísimo Sacramento donde está nuestro amigo Jesús, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad”.