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Santa Teresa de Jesús
(1515-1582)
Contemplativa, fundadora de las Carmelitas Descalzas,
Doctora de la Iglesia
Fiesta: 15 de octubre
RESUMEN DE SU VIDA:
Santa Teresa de Jesús fue una escritora
influyente y fundadora de la orden religiosa de las carmelitas descalzas.
También llamada Teresa de Ávila.
Teresa de Cepeda y Ahumada nació en Ávila el 28 de marzo de 1515. El
ambiente de piedad que respiró en su infancia se manifiesta de forma clara
cuando siendo niña convenció a su hermano Rodrigo para que juntos sufrieran
el martirio en tierra de infieles y ganar de forma rápida el Cielo. Estudió
en el convento de las agustinas, y con 19 años ingresó en el Carmelo de la
Antigua Observancia en el convento de la Encarnación de Ávila, donde
progresó de forma admirable en el camino de la santidad.
En 1555, después de muchos años de sufrir una grave enfermedad y someterse a
ejercicios religiosos cada vez más rigurosos, experimentó un profundo
despertar en el que vio a Jesús, el infierno, los ángeles y los demonios. En
ocasiones sintió agudos dolores que, según sus palabras, estaban provocados
por la punta de la lanza que un ángel le clavaba en el corazón. Disgustada a
causa de la indisciplina de las carmelitas decidió emprender la reforma de
la orden y se convirtió, con el apoyo del Papa, en una dura oponente para
sus inmediatos superiores religiosos.
Su gran trabajo de reforma comenzó por ella misma. Ella hizo el voto de
hacer siempre lo más perfecto y se determinó guardar la regla con la mayor
perfección que pudiese. Un grupo de monjas reunidas en su celda una tarde de
Septiembre de 1560, inspirándose en la primitiva tradición del Carmelo y en
la reforma descalza de San Pedro de Alcántara, propusieron la fundación de
un monasterio de tipo eremítico. Así, el 24 de agosto de 1562, tras grandes
dificultades, consiguió fundar en Ávila el convento de San José, la primera
comunidad de monjas carmelitas descalzas.
Nació así su primer palomarcico, como ella llamaría a sus fundaciones. En él
reforzó el cumplimiento estricto de las primitivas y severas reglas de la
orden; dando lugar al inicio de la reforma de la Orden del Carmen. Su
doctrina se basaba en la «unión del recogimiento contemplativo y la
actividad práctica». Por esto para ella hasta entre los pucheros anda Dios.
Su método clásico de oración se fundamentaba en buscar a Dios en lo más
profundo del alma.
Sus reformas fueron aprobadas por el director de la orden y en 1567 se le
permitió fundar otros conventos similares para religiosos. De esta manera,
con San Juan de la Cruz y Antonio de Jesús, fundó el primer convento de
Hermanos Carmelitas Descalzos en noviembre de 1568.
A partir de ese momento su vida transcurriría entre grandes disgustos y
persecuciones a causa de sus sucesivas fundaciones de conventos por Castilla
y Andalucía. Con la ayuda de San Juan de la Cruz, el místico español y
doctor de la Iglesia, santa Teresa organizó una nueva rama del Carmelo.
Contó también con el apoyo del padre Antonio de Heredia. Logró fundar 16
casas religiosas para mujeres y 14 para hombres; aunque siempre acosada por
poderosos y hostiles funcionarios eclesiásticos, incluso llegando a ser
denunciada varias veces a la Inquisición.
Dos años antes de morir, las carmelitas descalzas recibieron el
reconocimiento del Papa como orden monástica independiente. La muerte la
sorprendió en Alba de Tormes, el 14 de octubre de 1582.
Además de una mística de extraordinaria profundidad espiritual, santa Teresa
fue una organizadora muy capaz, dotada de sentido común, tacto,
inteligencia, coraje y humor. Purificó la vida religiosa española de
principios del siglo XVI y contribuyó a fortalecer las reformas de la
Iglesia católica desde dentro, en un periodo en que el protestantismo se
extendía por toda Europa.
Canonizada en 1622, fue la primera mujer proclamada doctora de la Iglesia,
en 1970. Su festividad se celebra el 15 de octubre.
AMPLIACIÓN DE SU VIDA:
Se cree que la palabra "Teresa" viene de la
palabra griega "teriso" que se traduce por "cultivar"; cultivadora. O de la
palabra "terao" que significa "cazar", "la cazadora". Como bien dice el
Padre Sálesman en su biografía, ambos títulos le quedan bien a Santa Teresa,
por ser ella "Cultivadora" de las virtudes y "cazadora" de almas para
llevarlas al cielo.
Santa Teresa es, sin duda, una de las mujeres más grandes y admirables de la
historia. Es una de las tres doctoras de la Iglesia. Las otras dos son Santa
Catalina de Siena y Santa Teresita del Niño Jesús.
Sus padres eran Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz Dávila y Ahumada. La
santa habla de ellos con gran cariño. Alonso Sánchez tuvo tres hijos de su
primer matrimonio, y Beatriz de Ahumada le dio otros nueve. Al referirse a
sus hermanos y medios hermanos, Santa Teresa escribe: "por la gracia de
Dios, todos se asemejan en la virtud a mis padres, excepto yo".
Teresa nació en la ciudad castellana de Ávila, el 28 de marzo de 1515. A los
siete años, tenía ya gran predilección por la lectura de las vidas de
santos. Su hermano Rodrigo era casi de su misma edad de suerte que
acostumbraban jugar juntos. Los dos niños, eran muy impresionados por el
pensamiento de la eternidad, admiraban las victorias de los santos al
conquistar la gloria eterna y repetían incansablemente: "Gozarán de Dios
para siempre, para siempre, para siempre . . ."
Busca el martirio
Teresa y su hermano consideraban que los mártires habían comprado la gloria
a un precio muy bajo y resolvieron partir al país de los moros con la
esperanza de morir por la fe. Así pues, partieron de su casa a escondidas,
rogando a Dios que les permitiese dar la vida por Cristo; pero en Adaja se
toparon con uno de sus tíos, quien los devolvió a los brazos de su afligida
madre. Cuando ésta los reprendió, Rodrigo echó la culpa a su hermana.
En vista del fracaso de sus proyectos, Teresa y Rodrigo decidieron vivir
como ermitaños en su propia casa y empezaron a construir una celda en el
jardín, aunque nunca llegaron a terminarla. Teresa amaba desde entonces la
soledad. En su habitación tenía un cuadro que representaba al Salvador que
hablaba con la Samaritana y solía repetir frente a esa imagen: "Señor, dame
de beber para que no vuelva a tener sed".
Toma a la Virgen como Madre
La madre de Teresa murió cuando ésta tenía catorce años. "En cuanto empecé a
caer en la cuenta de la pérdida que había sufrido, comencé a entristecerme
sobremanera; entonces me dirigí a una imagen de Nuestra Señora y le rogué
con muchas lágrimas que me tomase por hija suya".
El peligro de la mala lectura y las modas
Por aquella época, Teresa y Rodrigo empezaron a leer novelas de caballerías
y aun trataron de escribir una. La santa confiesa en su "Autobiografía":
"Esos libros no dejaron de enfriar mis buenos deseos y me hicieron caer
insensiblemente en otras faltas. Las novelas de caballerías me gustaban
tanto, que no estaba yo contenta cuando no tenía una entre las manos. Poco a
poco empecé a interesarme por la moda, a tomar gusto en vestirme bien, a
preocuparme mucho del cuidado de mis manos, a usar perfumes y a emplear
todas las vanidades que el mundo aconsejaba a las personas de mi condición".
El cambio que paulatinamente se operaba en Teresa, no dejó de preocupar a su
padre, quien la envió, a los quince años de edad a educarse en el convento
de las agustinas de Avila, en el que solían estudiar las jóvenes de su
clase.
Enfermedad y conversión
Un año y medio más tarde, Teresa cayó enferma, y su padre la llevó a
casa. La joven empezó a reflexionar seriamente sobre la vida religiosa que
le atraía y le repugnaba a la vez. La obra que le permitió llegar a una
decisión fue la colección de "Cartas" de San Jerónimo, cuyo fervoroso
realismo encontró eco en el alma de Teresa. La joven dijo a su padre que
quería hacerse religiosa, pero éste le respondió que tendría que esperar a
que él muriese para ingresar en el convento. La santa, temiendo flaquear en
su propósito, fue a ocultas a visitar a su amiga íntima, Juana Suárez, que
era religiosa en el convento carmelita de la Encarnación, en Avila, con la
intención de no volver, si Juana le dejaba quedarse, a pesar de la pena que
le causaba contrariar la voluntad de su padre. "Recuerdo . . . que, al
abandonar mi casa, pensaba que la tortura de la agonía y de la muerte no
podía ser peor a la que experimentaba yo en aquel momento . . . El amor de
Dios no era suficiente para ahogar en mí el amor que profesaba a mi padre y
a mis amigos".
La santa determinó quedarse en el convento de la Encarnación. Tenía entonces
veinte años. Su padre, al verla tan resuelta, cesó de oponerse a su
vocación. Un año más tarde, Teresa hizo la profesión. Poco después, se
agravó un mal que había comenzado a molestarla desde antes de profesar, y su
padre la sacó del convento. La hermana Juana Suárez fue a hacer compañía a
Teresa, quien se puso en manos de los médicos. Desgraciadamente, el
tratamiento no hizo sino empeorar la enfermedad, probablemente una fiebre
palúdica. Los médicos terminaron por darse por vencidos, y el estado de la
enferma se agravó.
Teresa consiguió soportar aquella tribulación, gracias a que su tío Pedro,
que era muy piadoso, le había regalado un librito del P. Francisco de Osuna,
titulado: "El tercer alfabeto espiritual". Teresa siguió las instrucciones
de la obrita y empezó a practicar la oración mental, aunque no hizo en ella
muchos progresos por falta de un director espiritual experimentado.
Finalmente, al cabo de tres años, Teresa recobró la salud.
Disipaciones, lucha con la oración y justificaciones
Su prudencia, amabilidad y caridad, a las que añadía un gran encanto
personal, le ganaron la estima de todos los que la rodeaban. Según la
reprobable costumbre de los conventos españoles de la época, las religiosas
podían recibir a cuantos visitantes querían, y Teresa pasaba gran parte de
su tiempo charlando en el recibidor del convento. Eso la llevó a descuidar
la oración mental y el demonio contribuyó, al inculcarle la íntima
convicción, bajo capa de humildad, de que su vida disipada la hacía indigna
de conversar familiarmente con Dios. Además, la santa se decía para
tranquilizarse, que no había ningún peligro de pecado en hacer lo mismo que
tantas otras religiosas mejores que ella y justificaba su descuido de la
oración mental, diciéndose que sus enfermedades le impedían meditar. Sin
embargo, añade la santa, "el pretexto de mi debilidad corporal no era
suficiente para justificar el abandono de un bien tan grande, en el que el
amor y la costumbre son más importantes que las fuerzas. En medio de las
peores enfermedades puede hacerse la mejor oración, y es un error pensar que
sólo se puede orar en la soledad".
Poco después de la muerte de su padre, el confesor de Teresa le hizo ver el
peligro en que se hallaba su alma y le aconsejó que volviese a la práctica
de la oración. La santa no la abandonó jamás desde entonces. Sin embargo, no
se decidía aún a entregarse totalmente a Dios ni a renunciar del todo a las
horas que pasaba en el recibidor y al intercambio de regalillos. Es curioso
notar que, en todos esos años de indecisión en el servicio de Dios, Santa
Teresa no se cansaba jamás de oír sermones "por malos que fuesen"; pero el
tiempo que empleaba en la oración "se le iba en desear que los minutos
pasasen pronto y que la campana anunciase el fin de la meditación, en vez de
reflexionar en las cosas santas".
La penitencia y la cruz
Convencida cada vez más de su indignidad, Teresa invocaba con frecuencia a
los grandes santos penitentes, San Agustín y Santa María Magdalena, con
quienes están asociados dos hechos que fueron decisivos en la vida de la
santa. El primero, fue la lectura de las "Confesiones" de San Agustín. El
segundo fue un llamamiento a la penitencia que la santa experimentó ante una
imagen de la Pasión del Señor: "Sentí que Santa María Magdalena acudía en mi
ayuda . . . y desde entonces he progresado mucho en la vida espiritual".
A la santa le atraían mas los Cristos ensangrentados y manifestando profunda
agonía. En una ocasión, al detenerse ante un crucifijo muy sangrante le
preguntó: "Señor, ¿quién te puso así?, y le pareció que una voz le decía:
"Tus charlas en la sala de visitas, esas fueron las que me pusieron así,
Teresa". Ella se echó a llorar y quedó terriblemente impresionada. Pero
desde ese día ya no vuelve a perder tiempo en charlas inútiles y en
amistades que no llevan a la santidad.
Visiones y comunicaciones
Una vez que Teresa se retiró de las conversaciones del recibidor y de otras
ocasiones de disipación y de faltas (los santos son capaces de ver sus
faltas), Dios empezó a favorecerla frecuentemente con la oración de quietud
y de unión. La oración de unión ocupó un largo periodo de su vida, con el
gozo y el amor que le son característicos, y Dios empezó a visitarla con
visiones y comunicaciones interiores. Ello la inquietó, porque había oído
hablar con frecuencia de ciertas mujeres a las que el demonio había engañado
miserablemente con visiones imaginarias. Aunque estaba persuadida de que sus
visiones procedían de Dios, su perplejidad la llevó a consultar el asunto
con varias personas; desgraciadamente no todas esas personas guardaron el
secreto al que estaban obligadas, y la noticia de las visiones de Teresa
empezó a divulgarse para gran confusión suya.
Una de las personas a las que consultó Teresa fue Francisco de Salcedo, un
hombre casado que era un modelo de virtud. Este la presentó al Padre Daza,
doctor tenido por muy virtuoso, quien dictaminó que Teresa era víctima de
los engaños del demonio, ya que era imposible que Dios concediese favores
tan extraordinarios a una religiosa tan imperfecta como ella pretendía ser.
Teresa quedó alarmada e insatisfecha. Francisco de Salcedo, a quien la
propia santa afirma que debía su salvación, la animó en sus momentos de
desaliento y le aconsejó que acudiese a uno de los padres de la recién
fundada Compañía de Jesús. La santa hizo una confesión general con un
jesuita, a quien expuso su manera de orar y los favores que había recibido.
El jesuita le aseguró que se trataba de gracia de Dios, pero la exhortó a no
descuidar el verdadero fundamento de la vida interior. Aunque el confesor de
Teresa estaba convencido de que sus visiones procedían de Dios, le ordenó
que tratase de resistir durante dos meses a esas gracias. La resistencia de
la santa fue en vano.
Otro jesuita, el P. Baltasar Alvarez, le aconsejó que pidiese a Dios ayuda
para hacer siempre lo que fuese más agradable a sus ojos y que, con ese fin,
recitase diariamente el "Veni Creator Spiritus". Así lo hizo Teresa. Un día,
precisamente cuando repetía el himno, fue arrebatada en éxtasis y oyó en el
interior de su alma estas palabras: "No quiero que converses con los hombres
sino con los ángeles".
…Ella dirá después: "El Espíritu Santo como fuerte huracán hace adelantar
más en una hora la navecilla de nuestra alma hacia la santidad, que lo que
nosotros habíamos conseguido en meses y años remando con nuestras solas
fuerzas".
La santa, que tuvo en su vida posterior repetidas experiencias de palabras
divinas afirma que son más claras y distintas que las humanas; dice también
que las primeras son operativas, ya que producen en el alma una tendencia a
la virtud y la dejan llena de gozo y de paz, convencida de la verdad de lo
que ha escuchado.
Persecuciones
En la época en que el P. Alvarez fue su director, Teresa sufrió graves
persecuciones, que duraron tres años; además, durante dos años, atravesó por
un periodo de intensa desolación espiritual, aliviado por momentos de luz y
consuelo extraordinarios. La santa quería que los favores que Dios le
concedía, permaneciesen secretos, pero las personas que la rodeaban estaban
perfectamente al tanto y, en más de una ocasión, la acusaron de hipocresía y
presunción.
El P. Alvarez era un hombre bueno y timorato, que no tuvo el valor
suficiente para salir en defensa de su dirigida, aunque siguió confesándola.
Lamentablemente, los mediocres siempre son la mayoría. Estos se molestan
ante la auténtica santidad porque no saben como lidiar con las
intervenciones sobrenaturales por claras que sean. Prefieren descartarlas o
ignorarlas, asumiendo que son producto de la exageración o el desequilibrio.
Para justificar su posición apelan a las verdaderas exageraciones y
desequilibrios y agrupan lo auténtico con lo falso. En otras palabras,
carecen de discernimiento espiritual.
En 1557, San Pedro de Alcántara pasó por Avila y, naturalmente, fue a
visitar a la famosa carmelita. El santo declaró que le parecía evidente que
el Espíritu de Dios guiaba a Teresa, pero predijo que las persecuciones y
sufrimientos seguirían lloviendo sobre ella. Las pruebas que Dios le enviaba
purificaron el alma de la santa, y los favores extraordinarios le enseñaron
a ser humilde y fuerte, la despegaron de las cosas del mundo y la
encendieron en el deseo de poseer a Dios.
Extasis
En algunos de sus éxtasis, de los que nos dejó la santa una descripción
detallada, se elevaba hasta un metro. Después de una de aquellas visiones
escribió la bella poesía que dice: "Tan alta vida espero que muero porque no
muero".A este propósito, comenta Teresa: Dios "no parece contentarse con
arrebatar el alma a Sí, sino que levanta también este cuerpo mortal,
manchado con el barro asqueroso de nuestros pecados". En esos éxtasis se
manifestaban la grandeza y bondad de Dios, el exceso de su amor y la dulzura
de su servicio en forma sensible, y el alma de Teresa lo comprendía con
claridad, aunque era incapaz de expresarlo. El deseo del cielo que dejaban
las visiones en su alma era inefable. "Desde entonces, dejé de tener miedo a
la muerte, cosa que antes me atormentaba mucho". Las experiencias místicas
de la santa llegaron a las alturas de los esponsales espirituales, el
matrimonio místico y la transverberación.
Santa Teresa nos dejó el siguiente relato sobre el fenómeno de la
transverberación: "Vi a mi lado a un ángel que se hallaba a mi izquierda, en
forma humana. Confieso que no estoy acostumbrada a ver tales cosas, excepto
en muy raras ocasiones. Aunque con frecuencia me acontece ver a los ángeles,
se trata de visiones intelectuales, como las que he referido más arriba . .
. El ángel era de corta estatura y muy hermoso; su rostro estaba encendido
como si fuese uno de los ángeles más altos que son todo fuego. Debía ser uno
de los que llamamos querubines . . . Llevaba en la mano una larga espada de
oro, cuya punta parecía un ascua encendida. Me parecía que por momentos
hundía la espada en mi corazón y me traspasaba las entrañas y, cuando sacaba
la espada, me parecía que las entrañas se me escapaban con ella y me sentía
arder en el más grande amor de Dios. El dolor era tan intenso, que me hacía
gemir, pero al mismo tiempo, la dulcedumbre de aquella pena excesiva era tan
extraordinaria, que no hubiese yo querido verme libre de ella.
El anhelo de Teresa de morir pronto para unirse con Dios, estaba templado
por el deseo que la inflamaba de sufrir por su amor. A este propósito
escribió: "La única razón que encuentro para vivir, es sufrir y eso es lo
único que pido para mí". Según reveló la autopsia en el cadáver de la santa,
había en su corazón la cicatriz de una herida larga y profunda.
El año siguiente (1560), para corresponder a esa gracia, la santa hizo el
voto de hacer siempre lo que le pareciese más perfecto y agradable a Dios.
Un voto de esa naturaleza está tan por encima de las fuerzas naturales, que
sólo el esforzarse por cumplirlo puede justificarlo. Santa Teresa cumplió
perfectamente su voto.
Escritora Mística

El relato que la santa nos dejó en su "Autobiografía" sobre sus visiones y
experiencias espirituales da muestra de una extraordinaria sencillez de
estilo y de una preocupación constante por no exagerar los hechos. La
Iglesia califica de "celestial" la doctrina de Santa Teresa, en la oración
del día de su fiesta. Las obras de la mística Doctora" ponen al descubierto
los rincones más recónditos del alma humana. La santa explica con una
claridad casi increíble las experiencias más inefables. Y debe hacerse notar
que Teresa era una mujer relativamente inculta, que escribió sus
experiencias en la común lengua castellana de los habitantes de Avila, que
ella había aprendido "en el regazo de su madre"; una mujer que escribió sin
valerse de otros libros, sin haber estudiado previamente las obras místicas
y sin tener ganas de escribir, porque ello le impedía dedicarse a hilar; una
mujer, en fin, que sometió sin reservas sus escritos al juicio de su
confesor y sobre todo, al juicio de la Iglesia. La santa empezó a escribir
su autobiografía por mandato de su confesor" "La obediencia se prueba de
diferentes maneras".
Por otra parte, el mejor comentario de las obras de la santa es la paciencia
con que sobrellevó las enfermedades, las acusaciones y los desengaños; la
confianza absoluta con que acudía en todas las tormentas y dificultades al
Redentor crucificado y el invencible valor que demostró en todas las penas y
persecuciones. Los escritos de Santa Teresa subrayan sobre todo el espíritu
de oración, la manera de practicarlo y los frutos que produce. Como la santa
escribió precisamente en la época en que estaba consagrada a la difícil
tarea de fundar conventos de carmelitas reformadas, sus obras, prescindiendo
de su naturaleza y contenido, dan testimonio de su vigor, industriosidad y
capacidad de recogimiento.
Santa Teresa escribió el "Camino de Perfección" para dirigir a sus
religiosas, y el libro de las "Fundaciones" para edificarlas y alentarlas.
En cuanto al "Castillo Interior", puede considerarse que lo escribió para
instrucción de todos los cristianos, y en esa obra se muestra la santa como
verdadera doctora de la vida espiritual.
Fundadora
Las carmelitas, como la mayoría de las religiosas, habían decaído mucho del
primer fervor, a principios del siglo XVI. Ya hemos visto que los
recibidores de los conventos de Avila eran una especie de centro de reunión
de las damas y caballeros de la ciudad. Por otra parte, las religiosas
podían salir de la clausura con el menor pretexto, de suerte que el convento
era el sitio ideal para quien deseaba una vida fácil y sin problemas. Las
comunidades eran sumamente numerosas, lo cual era a la vez causa y efecto de
la relajación. Por ejemplo, en el convento de Avila había 140 religiosas.
Santa Teresa comenta más tarde: "La experiencia me ha enseñado lo que es una
casa llena de mujeres. ¡Dios nos guarde de ese mal" Ya que tal estado de
cosas se aceptaba como normal, las religiosas no caían generalmente en la
cuenta de que su modo de vida se apartaba mucho del espíritu de sus
fundadores. Así, cuando una sobrina de Santa Teresa, que era también
religiosa en el convento de la Encarnación de Avila, le sugirió la idea de
fundar una comunidad reducida, la santa la consideró como una especie de
revelación del cielo, no como una idea ordinaria. Teresa, que llevaba ya
veinticinco años en el convento, resolvió poner en práctica la idea y fundar
un convento reformado. Doña Guiomar de Ulloa, que era una viuda muy rica, le
ofreció ayuda generosa para la empresa.
San Pedro de Alcántara, San Luis Beltrán y el obispo de Avila, aprobaron el
proyecto, y el P. Gregorio Fernández, provincial de las carmelitas, autorizó
a Teresa a ponerlo en práctica. Sin embargo, el revuelo que provocó la
ejecución del proyecto hizo que el provincial retirase el permiso y Santa
Teresa fue objeto de las críticas de sus propias hermanas, de los nobles, de
los magistrados y de todo el pueblo. A pesar de eso, el P. Ibañez, dominico,
alentó a la santa a proseguir la empresa con la ayuda de Doña Guiomar. Doña
Juana de Ahumada, hermana de Santa Teresa, emprendió con su esposo la
construcción de un convento en Avila en 1561, pero haciendo creer a todos
que se trataba de una casa en la que pensaban habitar. En el curso de la
construcción, una pared del futuro convento se derrumbó y cubrió bajo los
escombros al pequeño Gonzalo, hijo de Doña Juana, que se hallaba ahí
jugando. Santa Teresa tomó en brazos al niño, que no daba ya señales de
vida, y se puso en oración; algunos minutos más tarde, el niño estaba
perfectamente sano, según consta en el proceso de canonización. En lo
sucesivo, Gonzalo solía repetir a su tía que estaba obligada a pedir por su
salvación, puesto que a sus oraciones debía el verse privado del cielo.
Por entonces, llegó de Roma un breve que autorizaba la fundación del nuevo
convento. San Pedro de Alcántara, Don Francisco de Salcedo y el Dr. Daza,
consiguieron ganar al obispo a la causa, y la nueva casa se inauguró bajo
sus auspicios el día de San Bartolomé de 1562. Durante la misa que se
celebró en la capilla con tal ocasión, tomaron el velo la sobrina de la
santa y otras tres novicias.
La inauguración causó gran revuelo en Avila. Esa misma tarde, la superiora
del convento de la Encarnación mandó llamar a Teresa y la santa acudió con
cierto temor, "pensando que iban a encarcelarme". Naturalmente tuvo que
explicar su conducta a su superiora y al P. Angel de Salazar, provincial de
la orden. Aunque la santa reconoce que no faltaba razón a sus superiores
para estar disgustados, el P. Salazar le prometió que podría retornar al
convento de San José en cuanto se calmase la excitación del pueblo.
La fundación no era bien vista en Avila, porque las gentes desconfiaban de
las novedades y temían que un convento sin fondos suficientes se convirtiese
en una carga demasiado pesada para la ciudad. El alcalde y los magistrados
hubiesen acabado por mandar demoler el convento, si no los hubiese disuadido
de ello el dominico Báñez. Por su parte, Santa Teresa no perdió la paz en
medio de las persecuciones y siguió encomendando a Dios el asunto; el Señor
se le apareció y la reconfortó.
Entre tanto, Francisco de Salcedo y otros partidarios de la fundación
enviaron a la corte a un sacerdote para que defendiese la causa ante el rey,
y los dos dominicos, Báñez e Ibáñez, calmaron al obispo y al provincial.
Poco a poco fue desvaneciéndose la tempestad y, cuatro meses más tarde, el
P. Salazar dio permiso a Santa Teresa de volver al convento de San José, con
otras cuatro religiosas de la Encarnación.
Convento de San José
La santa estableció la más estricta clausura y el silencio casi perpetuo. El
convento carecía de rentas y reinaba en él la mayor pobreza; Las religiosas
vestían toscos hábitos, usaban sandalias en vez de zapatos (por ello se les
llamó "descalzas") y estaban obligadas a la perpetua abstinencia de carne.
Santa Teresa no admitió al principio más que a trece religiosas, pero más
tarde, en los conventos que no vivían sólo de limosnas sino que poseían
rentas, aceptó que hubiese veintiuna.
Teresa, la gran mística, no descuidaba las cosas prácticas sino que las
atendía según era necesario. Sabía utilizar las cosas materiales para el
servicio de Dios. En una ocasión dijo: "Teresa sin la gracia de Dios es una
pobre mujer; con la gracia de Dios, una fuerza; con la gracia de Dios y
mucho dinero, una potencia".
Mas fundaciones
En 1567, el superior general de los carmelitas, Juan Bautista Rubio (Rossi),
visitó el convento de Avila y quedó encantado de la superiora y de su sabio
gobierno; concedió a Santa Teresa plenos poderes para fundar otros conventos
del mismo tipo (a pesar de que el de San José había sido fundado sin que él
lo supiese) y aun la autorizó a fundar dos conventos de frailes reformados
("carmelitas contemplativos"), en Castilla.
Santa Teresa pasó cinco años con sus trece religiosas en el convento de san
José, precediendo a sus hijas no sólo en la oración, sino también en los
trabajos humildes, como la limpieza de la casa y el hilado. Acerca de esa
época escribió: "Creo que fueron los años más tranquilos y apacibles de mi
vida, pues disfruté entonces de la paz que tanto había deseado mi alma . . .
Su Divina Majestad nos enviaba lo necesario para vivir sin que tuviésemos
necesidad de pedirlo, y en las raras ocasiones en que nos veíamos en
necesidad, el gozo de nuestras almas era todavía mayor".
La santa no se contenta con generalidades, sino que desciende a ejemplos
menudos, como el de la religiosa que plantó horizontalmente un pepino por
obediencia y la cañería que llevó al convento el agua de un pozo que, según
los plomeros, era demasiado bajo.
En agosto de 1567, Santa Teresa se trasladó a Medina del Campo, donde fundó
el segundo convento, a pesar de las múltiples dificultades que surgieron. A
petición de la condesa de la Cerda se fundo un convento en Malagón. Después
siguieron los de Valladolid y Toledo. Esta última fue una empresa
especialmente difícil porque la santa sólo tenía cinco ducados al comenzar;
pero, según escribía, "Teresa y cinco ducados no son nada; pero Dios, Teresa
y cinco ducados bastan y sobran".
Una joven de Toledo, que gozaba de gran fama de virtud, pidió ser admitida
en el convento y dijo a la fundadora que traería consigo su Biblia. Teresa
exclamó: "¿Vuestra Biblia? ¡Dios nos guarde! No entréis en nuestro convento,
porque nosotras somos unas pobres mujeres que sólo sabemos hilar y hacer lo
que se nos dice". No es que la santa rechazare la Biblia, sino que supo
descubrir que esta se habría convertido en un pretexto para faltar en
humildad.
La reforma de los religiosos carmelitas
La santa había encontrado en Medina del Campo a dos frailes carmelitas que
estaban dispuestos a abrazar la reforma: uno era Antonio de Jesús de
Heredia, superior del convento de dicha ciudad y el otro, Juan de Yepes, más
conocido con el nombre de San Juan de la Cruz.
Aprovechando la primera oportunidad que se le ofreció, Santa Teresa fundó un
convento de frailes en el pueblecito de Duruelo en 1568; a este siguió, en
1569, el convento de Pastrana. En ambos reinaba la mayor pobreza y
austeridad. Santa Teresa dejó el resto de las fundaciones de conventos de
frailes a cargo de San Juan de la Cruz.
Nuevas fundaciones, dificultades y gracias extraordinarias
La santa fundó también en Pastrana un convento de carmelitas descalzas.
Cuando murió Don Ruy Gómez de Silva, quien había ayudado a Teresa en la
fundación de los conventos de Pastrana, su mujer quiso hacerse carmelita,
pero exigiendo numerosas dispensas de la regla y conservando el tren de vida
de una princesa. Teresa, viendo que era imposible reducirla a la humanidad
propia de su profesión, ordenó a sus religiosas que se trasladasen a Segovia
y dejasen a la princesa su casa de Pastrana.
En 1570, la santa, con otra religiosa, tomó posesión en Salamanca de una
casa que hasta entonces había estado ocupada por ciertos estudiantes "que se
preocupaban muy poco de la limpieza". Era un edificio grande, complicado y
ruinoso, de suerte que al caer la noche la compañera de la santa empezó a
ponerse muy nerviosa. Cuando se hallaban ya acostadas en sendos montones de
paja ("lo primero que llevaba yo a un nuevo monasterio era un poco de paja
para que nos sirviese de lecho"), Teresa preguntó a su compañera en qué
pensaba. La religiosa respondió: "Estaba yo pensando en qué haría su
reverencia si muriese yo en este momento y su reverencia quedase sola con un
cadáver". La santa confiesa que la idea la sobresaltó, porque, aunque no
tenía miedo de los cadáveres, la vista de ellos le producía siempre "un
dolor en el corazón". Sin embargo, respondió simplemente: "Cuando eso
suceda, ya tendré tiempo de pensar lo que haré, por el momento lo mejor es
dormir".
En julio de ese año, mientras se hallaba haciendo oración, tuvo una visión
del martirio de los beatos jesuitas Ignacio de Azevedo y sus compañeros,
entre los que se contaba su pariente Francisco Pérez Godoy. La visión fue
tan clara, que Teresa tenía la impresión de haber presenciado directamente
la escena, e inmediatamente la describió detalladamente al P. Alvarez, quien
un mes más tarde, cuando las nuevas del martirio llegaron a España, pudo
comprobar la exactitud de la visión de la santa.

Nombrada superiora de La Encarnación
Por entonces, San Pío V nombró a varios visitadores apostólicos para que
hiciesen una investigación sobre la relajación de las diversas órdenes
religiosas, con miras a la reforma. El visitador de los carmelitas de
Castilla fue un dominico muy conocido, el P. Pedro Fernández. El efecto que
le produjo el convento de La Encarnación de Avila fue muy malo, e
inmediatamente mandó llamar a Santa Teresa para nombrarla superiora del
mismo. La tarea era particularmente desagradable para la santa, tanto porque
tenía que separarse de sus hijas, como por la dificultad de dirigir una
comunidad que, desde el principio, había visto con recelo sus actividades de
reformadora.
Al principio, las religiosas se negaron a obedecer a la nueva superiora,
cuya sola presencia producía ataques de histeria en algunas. La santa
comenzó por explicarles que su misión no consistía en instruirlas y guiarlas
con el látigo en la mano, sino en servirlas y aprender de ellas: "Madres y
hermanas mías, el Señor me ha enviado aquí por la voz de la obediencia a
desempeñar un oficio en el que yo jamás había pensado y para el que me
siento muy mal preparada . . . Mi única intención es serviros . . . No
temáis mi gobierno. Aunque he vivido largo tiempo entre las carmelitas
descalzas y he sido su superiora, sé también, por la misericordia del Señor,
cómo gobernar las carmelitas calzadas". De esta manera se ganó la simpatía y
el afecto de la comunidad y le fue menos difícil restablecer la disciplina
entre las carmelitas calzadas, de acuerdo con sus constituciones. Poco a
poco prohibió completamente las visitas demasiado frecuentes (lo cual
molestó mucho a ciertos caballeros de Avila), puso en orden las finanzas del
convento e introdujo el verdadero espíritu del claustro. En resumen, fue
aquella una realización característicamente teresiana.
Sevilla
En Veas, a donde había ido a fundar un convento, la santa conoció al P.
Jerónimo Gracián, quien la convenció fácilmente para que extendiese su campo
de acción hasta Sevilla. El P. Gracián era un fraile de la reforma carmelita
que acababa precisamente de predicar la cuaresma en Sevilla.
Fuera de la fundación del convento de San José de Avila, ninguna otra fue
más difícil que la de Sevilla; entre otras dificultades, una novicia que
había sido despedida, denunció a las carmelitas descalzas ante la
Inquisición como "iluminadas" y otras cosas peores.
La persecución lleva a la separación entre calzados y descalzos
Los carmelitas de Italia veían con malos ojos el progreso de la reforma en
España, lo mismo que los carmelitas no reformados de España, pues
comprendían que un día u otro se verían obligados a reformarse. El P. Rubio,
superior general de la orden, quien hasta entonces había favorecido a santa
Teresa, se pasó al lado de sus enemigos y reunió en Plasencia un capítulo
general que aprobó una serie de decretos contra la reforma. El nuevo nuncio
apostólico, Felipe de Sega, destituyó al P. Gracián de su cargo de visitador
de los carmelitas descalzos y encarceló a San Juan de la Cruz en un
monasterio; por otra parte, ordenó a Santa Teresa que se retirase al
convento que ella eligiera y que se abstuviese de fundar otros nuevos.
La santa, al mismo tiempo que encomendaba el asunto a Dios, decidió valerse
de los amigos que tenía en el mundo y consiguió que el propio Felipe II
interviniese en su favor. En efecto, el monarca convocó al nuncio y le
reprendió severamente por haberse opuesto a la reforma del Carmelo.
En 1580 obtuvo de Roma una orden que eximía a los carmelitas descalzos de la
jurisdicción del provincial de los calzados. "Esa separación fue uno de los
mayores gozos y consolaciones de mi vida, pues en aquellos veinticinco años
nuestra orden había sufrido más persecuciones y pruebas de las que yo podría
escribir en un libro. Ahora estábamos por fin en paz, calzados y descalzos,
y nada iba a distraernos del servicio de Dios".
Aguila y paloma
Indudablemente Santa Teresa era una mujer excepcionalmente dotada. Su bondad
natural, su ternura de corazón y su imaginación chispeante de gracia,
equilibradas por una extraordinaria madurez de juicio y una profunda
intuición, le ganaban generalmente el cariño y el respeto de todos. Razón
tenía el poeta Crashaw al referirse a Santa Teresa bajo los símbolos
aparentemente opuestos de "el águila" y "la paloma". Cuando le parecía
necesario, la santa sabía hacer frente a las más altas autoridades civiles o
eclesiásticas, y los ataques del mundo no le hacían doblar la cabeza. Las
palabras que dirigió al P. Salazar: "Guardaos de oponeros al Espíritu
Santo", no fueron el reto de una histérica sino la verdad. Y no fue un abuso
de autoridad lo que la movió a tratar con dureza implacable a una superiora
que se había incapacitado a fuerza de hacer penitencia. Pero el águila no
mata a la paloma, como puede verse por la carta que escribió a un sobrino
suyo que llevaba una vida alegre y disipada: "Bendito sea Dios porque os ha
guiado en la elección de una mujer tan buena y ha hecho que os caséis
pronto, pues habíais empezado a disiparos desde tan joven, que temíamos
mucho por vos. Esto os mostrará el amor que os profeso". La santa tomó a su
cargo a la hija ilegítima y a la hermana del joven, la cual tenía entonces
siete años: "Las religiosas deberíamos tener siempre con nosotras a una niña
de esa edad".
Ingenio y franqueza
El ingenio y la franqueza de Teresa jamás sobrepasaban la medida, ni
siquiera cuando los empleaba como un arma. En cierta ocasión en que un
caballero indiscreto alabó la belleza de sus pies descalzos, Teresa se echó
a reír y le dijo que los mirase bien porque jamás volvería a verlos. Los
famosos dichos "Bien sabéis lo que es una comunidad de mujeres" e "Hijas
mías, estas son tonterías de mujeres", demuestran el realismo con que la
santa consideraba a sus súbditas.
Criticando un escrito de su buen amigo Francisco de Salcedo, Teresa le
escribía: "El señor Salcedo repite constantemente: 'Como dice el Espíritu
Santo', y termina declarando que su obra es una serie de necedades. Me
parece que voy a denunciarle a la Inquisición".
Selección de novicias
La intuición de Santa Teresa se manifestaba sobre todo en la elección de las
novicias. Lo primero que exigía, aun antes que la piedad, era que fuesen
inteligentes, es decir, equilibradas y maduras, porque sabía que es más
fácil adquirir la piedad que la madurez de juicio. "Una persona inteligente
es sencilla y sumisa, porque ve sus faltas y comprende que tiene necesidad
de un guía. Una persona tonta y estrecha es incapaz de ver sus faltas,
aunque se las pongan delante de los ojos; y como está satisfecha de sí
misma, jamás se mejora". "Aunque el Señor diese a esta joven los dones de la
devoción y la contemplación, jamás llegará a ser inteligente, de suerte que
será siempre una carga para la comunidad". ¡Que Dios nos guarde de las
monjas tontas!"
Últimos años
En 1580, cuando se llevó a cabo la separación de las dos ramas del Carmelo,
Santa Teresa tenía ya sesenta y cinco años y su salud estaba muy debilitada.
En los dos últimos años de su vida fundó otros dos conventos, lo cual hacía
un total de diecisiete. Las fundaciones de la santa no eran simplemente un
refugio de las almas contemplativas, sino también una especie de reparación
de los destrozos llevados a cabo en los monasterios por el protestantismo,
principalmente en Inglaterra y Alemania.
Dios tenía reservada para los últimos años de vida de su sierva, la prueba
cruel de que interviniera en el proceso legal del testamento de su hermano
Lorenzo, cuya hija era superiora en el convento de Valladolid. Como uno de
los abogados tratase con rudeza a la santa, ésta replicó: "Quiera Dios
trataros con la cortesía con que vos me tratáis a mí". Sin embargo, Teresa
se quedó sin palabra cuando su sobrina, que hasta entonces había sido una
excelente religiosa, la puso a la puerta del convento de Valladolid, que
ella misma había fundado. Poco después, la santa escribía a la madre de
María de San José: "Os suplico, a vos y a vuestras religiosas, que no pidáis
a Dios que me alargue la vida. Al contrario, pedidle que me lleve pronto al
eterno descanso, pues ya no puedo seros de ninguna utilidad".
En la fundación del convento de Burgos, que fue la última, las dificultades
no escasearon. En julio de 1582, cuando el convento estaba ya en marcha,
Santa Teresa tenía la intención de retornar a Avila, pero se vio obligada a
modificar sus planes para ir a Alba de Tormes a visitar a la duquesa María
Henríquez. La Beata Ana de San Bartolomé refiere que el viaje no estuvo bien
proyectado y que Santa Teresa se hallaba ya tan débil, que se desmayó en el
camino. Una noche sólo pudieron comer unos cuantos higos. Al llegar a Alba
de Tormes, la santa tuvo que acostarse inmediatamente. Tres días más tarde,
dijo a la Beata Ana: "Por fin, hija mía, ha llegado la hora de mi muerte".
El P. Antonio de Heredia le dio los últimos sacramentos y le preguntó donde
quería que la sepultasen. Teresa replicó sencillamente: "¿Tengo que
decidirlo yo? ¿Me van a negar aquí un agujero para mi cuerpo?" Cuando el P.
de Heredia le llevó el viático, la santa consiguió erguirse en el lecho, y
exclamó: "¡Oh, Señor, por fin ha llegado la hora de vernos cara a cara!"
Santa Teresa de Jesús, visiblemente transportada por lo que el Señor le
mostraba, murió en brazos de la Beata Ana a las 9 de la noche del 4 de
octubre de 1582.
Precisamente al día siguiente, entró en vigor la reforma gregoriana del
calendario, que suprimió diez días, de suerte que la fiesta de la santa fue
fijada, más tarde, el 15 de octubre.
Santa Teresa fue sepultada en Alba de Tormes, donde reposan todavía sus
reliquias.
Su canonización tuvo lugar en 1622.
El 27 de septiembre de 1970 Pablo VI le reconoció el título de Doctora de la
Iglesia.
En la actualidad, las carmelitas descalzas son aprox. 14.000 en 835
conventos en el mundo. Los carmelitas descalzos son 3.800 en 490 conventos.
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