SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS

 

SANTA TERESA DE LISIEUX.

"Doctora de la Iglesia".
(1873 - 1897)

Fiesta: 1 de Octubre

 

 

 

                                            RESUMEN DE SU VIDA

Santa Teresa del Niño Jesús nació en la ciudad francesa de Alençon, el 2 de enero de 1873, sus padres ejemplares eran Luis Martin y Acelia María Guerin, ambos venerables. Murió en 1897, y en 1925 el Papa Pío XI la canonizó, y la proclamaría después patrona universal de las misiones. La llamó «la estrella de mi pontificado», y definió como «un huracán de gloria» el movimiento universal de afecto y devoción que acompañó a esta joven carmelita. Proclamada "Doctora de la Iglesia" por el Papa Juan Pablo II el 19 de Octubre de 1997 (Día de las misiones).
«Siempre he deseado, afirmó en su autobiografía Teresa de Lisieux, ser una santa, pero, por desgracia, siempre he constatado, cuando me he parangonado a los santos, que entre ellos y yo hay la misma diferencia que hay entre una montaña, cuya cima se pierde en el cielo, y el grano de arena pisoteado por los pies de los que pasan. En vez de desanimarme, me he dicho: el buen Dios no puede inspirar deseos irrealizables, por eso puedo, a pesar de mi pequeñez, aspirar a la santidad; llegar a ser más grande me es imposible, he de soportarme tal y como soy, con todas mis imperfecciones; sin embargo, quiero buscar el medio de ir al Cielo por un camino bien derecho, muy breve, un pequeño camino completamente nuevo. Quisiera yo también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, porque soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección».

Teresa era la última de cinco hermanas ‹había tenido dos hermanos más, pero ambos habían fallecido. Tuvo una infancia muy feliz. Sentía gran admiración por sus padres: «No podría explicar lo mucho que amaba a papá, decía Teresa, todo en él me suscitaba admiración».
Cuando sólo tenía cinco años, su madre murió, y se truncó bruscamente su felicidad de la infancia. Desde entonces, pesaría sobre ella una continua sombra de tristeza, a pesar de que la vida familiar siguió transcurriendo como siempre, llena de ternura: es educada por sus hermanas, especialmente por la segunda; y por su padre, que es capaz de inculcar una ternura materna y paterna a la vez. Con él aprendió a amar la naturaleza, a rezar y a amar y socorrer a los pobres.

Cuando tenía nueve años, su hermana, que era para ella «su segunda mamá», entró como carmelita en el monasterio de la ciudad. Nuevamente Teresa sufrió mucho, pero, en su sufrimiento, adquirió la certeza de que ella también estaba llamada al Carmelo.

Durante su infancia siempre destacó por su gran capacidad para ser «especialmente» consecuente entre las cosas que creía o afirmaba y las decisiones que tomaba en la vida, en cualquier campo. Por ejemplo, si su padre desde lo alto de una escalera le decía: «Apártate, porque si me caigo te aplasto», ella se arrimaba a la escalera porque así, «si mi papá muere no tendré el dolor de verlo morir, sino que moriré con él»; o cuando se preparaba para la confesión, se preguntaba si «debía decir al sacerdote que lo amaba con todo el corazón, puesto que iba a hablar con el Señor, en la persona de él».

Cuando sólo tenía quince años, estaba convencida de su vocación: quería ir al Carmelo. Pero al ser menor de edad no se lo permitían. Entonces decidió peregrinar a Roma y pedírselo allí al Papa. Le rogó que le diera permiso para entrar en el Carmelo; el le dijo: «Entraréis, si Dios lo quiere. Tenía ‹dice Teresa‹ una expresión tan penetrante y convincente que se me grabó en el corazón».

En el Carmelo vivió dos misterios: la infancia de Jesús y su pasión. Por ello, solicitó llamarse sor Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Se ofreció a Dios como su instrumento. Trataba de renunciar a imaginar y pretender que la vida cristiana consistiera en una serie de grandes empresas, y de recorrer de buena gana y con buen ánimo «el camino del niño que se duerme sin miedo en los brazos de su padre».
A los 23 años enfermó de tuberculosis; murió un año más tarde en brazos de sus hermanas del Carmelo. En los últimos tiempos, mantuvo correspondencia con dos padres misioneros, uno de ellos enviado a Canadá, y el otro a China, y les acompañó constantemente con sus oraciones. Por eso, Pío XII quiso asociarla, en 1927, a san Francisco Javier como patrona de las misiones.



                                              AMPLIACIÓN DE SU VIDA
 

Sus Primeros años.


Teresa Martin nació en Alenson, el 2 de enero de 1873. Era la menor de nueve hijos, pero cuatro de ellos murieron en la infancia y los cinco sobrevivientes eran niñas. Las cinco hermanas abrazaron sucesivamente la vida religiosa, cuatro de ellas, entre las cuales estaba Teresa entraron al Carmelo de Lisieux y la otra al Convento de la Visitación, en Caen.

Su inteligencia se desarrolló desde muy tierna edad. Cuando contaba apenas tres ñaños, su madre escribió de ella: ¡Qué cosita tan extraña es mi bebé! me besó el otro día diciéndome al mismo tiempo que quería que me muriera. ¡Oh! "¡Cómo quisiera que te murieras, mamita querida!". La regañé pero propuso con aire de asombro: "Pero es porque quiero que te vayas al cielo y dijiste que para ir allí tenemos que morirnos. En sus explosiones de afecto con su padre ha expresado los mismos deseos.

Cuando Teresa tenía solamente cuatro años y medio su mamá murió y el padre, salió de Alenson con sus cinco niñas, hacia Lisieux con el fin que estuvieran cerca de los parientes de la madre.

Allí vivieron en una modesta y confortable casa en las afueras de la ciudad, llamada "Les Buissonets". "Me encantó la casa que alquiló mi papá. La gran ventana desde la que se tenía una enorme vista, el jardín con flores al frente, el jardín de la cocina atrás todo esto parecía deliciosamente nuevo a mi mente infantil y este feliz hogar fue el escenario de muchas alegrías y de reuniones familiares que no podré jamás olvidar.

En cualquier otro lado me sentía yo como una exiliada. Lloré y me acongojé por aquí mi pequeña vida se expandió y sonreí nuevamente a la vida.


Su hermana Paulina entra el convento.

Cuando tenía ocho años, la pequeña Teresa fue enviada al Convento Benedictino de Lisieux para que la educaran, pero poco después sucedió algo que alteró el cauce de su vida. Su hermana paulina quien desde la muerte de la madre había sido para ella una segunda madre, decidió entrar a la Orden Carmelita.


Esto dirigió los pensamientos y las aspiraciones de la niña hacia la vida religiosa a tal grado que habló de ello con la Madre Superiora de las Carmelitas, quien se sintió obligada a posponer indefinidamente la petición de una postulante de nueve años. Pero desde entonces la niña nunca flaqueó en su decisión de hacerse Carmelita. La veremos llegar finalmente a la meta de sus ambiciones, pero primero hubo de pasar por muchas pruebas.

Sus múltiples pruebas.

La primera fue una grave enfermedad, acompañada de extraños síntomas que desafiaron completamente la habilidad del doctor. El cuidado cariñoso de la familia no lograba resultados y no fue sino hasta durante una novena a Nuestra Señora de las Victorias que la enfermedad cejó repentinamente

En contestación a las fervientes oraciones de las hermanas, en las que tomaba parte de la pequeña paciente, la imagen de Nuestra Señora que estaba en el cuarto le pareció a la niña que avanzaba hacia ella, sonriéndole graciosamente. "De repente" escribe en su autobiografía, "la estatua se animó". La Virgen María se embelleció, tanto que nunca encontraría yo expresión adecuada que describiera tan divina beldad" . "Su cara estaba radiante de dulzura, de bondad y de una inefable ternura; pero lo que penetró hasta lo más profundo de mi ser fue su arrebatadora sonrisa. Entonces desaparecieron mis dolores. La Santísima Virgen se adelantó hacia mí, me sonrió cuan feliz soy, pensé para mí misma, pero no lo diré a nadie porque entonces esta felicidad desaparecerá"


Otra de sus hermanas entra al convento.

Cuando Teresa tenía trece años, su hermana mayor María siguió el ejemplo de Paulina y entró al Carmelo de Lisieux; desde ese momento hasta su propia entrada al Carmelo, dos años después, su hermana Celina fue su íntima confidente. "Celina había llegado a ser especialmente desde la Navidad, la confidente de mis pensamientos. Jesús que quería que las dos adelantáramos juntas, formó en nuestros corazones lazos más fuertes que los de la sangre. Hizo que nos volviéramos almas hermanas."

Durante todo este período la atracción del Carmelo se volvía más intensa hasta que al fin, cuando tenía unos catorce años y medio, decidió hablarle a su padre acerca de esto. El relato de esta platica con su padre está bellamente descrito en su "Vida". Me habló como si fuera un santo, dice ella. "Acercándose a una pared me mostró unas florecitas blancas, como azucenas miniatura, y tomando una de esas flores me la dio, explicándome los cuidados que Dios había tenido para hacer que la flor creciera y para conservarla. Creí estar escuchando mi propia historia, tanto era el parecido entre la florecita y la pequeña Teresa".

Dificultades de Teresa para entrar al convento.

Pero aún cuando su padre dio tan generosamente su consentimiento, los otros permisos que eran necesarios no fueron obtenidos tan fácilmente. La superiora del convento se oponía a que entrara a tan tierna edad y el Obispo de Bayeux, ante quien Teresa fue a defender su causa aún cuando se sintió sorprendido por la precoz vocación de la niña y aun más por la generosidad del padre de ella, se sintió obligado a dar una respuesta evasiva también en vista de su extrema juventud.

Pero nada podía vencer la firme resolución de la muchacha de triunfar pasando por todos los obstáculos. Poco después su padre la llevó a Roma con una peregrinación de la diócesis de Bayeux y en el curso de la audiencia que el Santo Padre, León XIII concedió a los peregrinos, el ardiente deseo de Teresa de hacerse Carmelita triunfó sobre su natural timidez y le dio el valor para dirigirse al mismo Santo Padre. "Santo Padre", dijo la niña en honor de su jubileo permítame entrar al Carmelo cuando tenga yo quince años.

Su valor no tuvo éxito inmediato para conseguir la ansiada respuesta, pero el Obispo de Bayeux, cuando supo posteriormente lo que había sucedido en el Vaticano, escribió al Carmelo de Lisieux dando su consentimiento a la petición de la joven postulante. Era el Día de los inocentes de 1887 y se decidió que Teresa podía entrar como postulante al Carmelo después de la cuaresma.

Teresita no era partidaria de las mortificaciones extraordinarias.

Este tiempo de espera fue pasando en oraciones y en la preparación. "Resolví" dice ella, entregarme más que nunca a una vida severa de mortificación. Al decir "mortificación" no quiero hablar de las penitencias de los santos. Lejos de parecerme a esas bellas almas que desde la infancia practicaban toda clase de disciplinas, hice consistir mi meta totalmente en destruir mi voluntad, reprimiendo toda palabra de réplica, haciendo pequeños servicios a los que me rodeaban si que se dieran cuenta y miles de otras pequeñas cosas de este tipo. Practicando estas naderías me preparaba a ser la esposa de Jesús. No podría decir lo que este tiempo de espera me hizo adelantar en el abandono, la humildad y en las demás virtudes.

Y con esto termina la vida de Teresa en el mundo. Es la preparación de un alma infantil, a la unión con Dios, en el despego absoluto como se practica en la vida religiosa de la Orden Carmelita. La flor, en palabras que podrían ser de ella misma, esta a punto de ser trasplantada del jardín del mundo para ser cultivada y embellecida más aún en el jardín secreto del Carmelo.

La vida de Teresita en el Carmelo.

Teresa entró al Carmelo de Lisieux el 9 de abril de 1888. Su toma de hábito tuvo lugar el 10 de enero del siguiente año. El período de noviciado toma unas cuantas líneas únicamente en su vida. "Me apliqué especialmente "dice" a los pequeños actos de virtud que fueran muy secretos y así amaba doblar los hábitos que habían olvidado las hermanas y buscaba mil oportunidades distintas para hacerles pequeños servicios. Me sentía también atraída a ejercitar las penitencias, pero no se me permitía satisfacer este deseo. Las únicas mortificaciones que se me permitían consistían en mortificar mi amor propio, lo que me hacía más bien que las mortificaciones corporales… Todo esto que he relatado en tan pocas palabras requiere en realidad muchas páginas, pero éstas páginas no serán jamás leídas en la tierra".

Su profesión tuvo lugar el 8 de septiembre de 1890. Mi Jesús exclamó en el fervor de su alma ese día "concédeme el martirio ya sea del corazón o del cuerpo, o mejor concédeme ambos". Y Dios quien según su propia confesión no le negaba nada, le concedió esta petición con más abundancia que ninguna otra. Su vida en el Carmelo podría describirse como un continuo martirio más doloroso por insospechado.

Había adoptado como su lema que "uno debe llegar al límite de sus fuerzas antes de expresar ninguna queja". Las austeridades del Carmelo fueron una gran prueba para una muchachita delicada de quince años, pero las abrazó en su totalidad, sin buscar ningún alivio. Algunas veces durante su noviciado, las novicias, viéndola pálida y exhausta, trataban de obtener alguna dispensa para ella, pero la Madre Superiora rehusaba invariablemente. "Un alma de este calibre", decía no debe ser tratada como una criatura, las dispensas no han sido hechas para las almas como ésta, déjenla en paz, Dios la sostiene. Además si esta enferma, debe venir ella misma a informarlo".

La hermana Teresa amaba declarar que ella no practicaba grandes mortificaciones y sin embargo, una vez cayó enferma por usar por demasiado tiempo, una cruz con puntas de acero, puntas que habían horadado su tierna carne. "Esto no hubiera sucedido nunca por una cosa tan sutil", dijo "si no hubiera sido que el buen Dios quiso que yo aprendiera que las maceraciones de los santos no pueden ser para mí, ni para las almas pequeñas que caminan como yo de modo tan infantil."

Estas mortificaciones externas no eran sino la manifestación aparente del espíritu de sacrificio que animaba toda su vida. En el diario de su vida, escrito en obediencia a su superiora, nos revela un espíritu de mortificación que era ya habitual en ella. Su espíritu de sacrificio se extendía hacia todo, hasta que al fin llegó a poder decir: "He llegado al punto en que no puedo ya sufrir más, porque el sufrimiento me es dulce".

¿Y quién podría decir cuáles eran los sufrimientos íntimos de esta pequeña alma heroica? terminó su autobiografía poco antes de morir, pero no fue sino hasta entonces que pudo decir: "hace ya algún tiempo, que el Divino Amo ha cambiado completamente su sistema para hacer que su pequeña flor crezca, encontrando sin duda que ya tenía bastante agua, la deja ahora crecer bajo los rayos tibios de un sol resplandeciente". Hasta entonces la aridez había sido su cruz y su sufrimiento íntimo tan intenso que pudo escribir: "Mi alma ha experimentado muchos tipos distintos de pruebas, he sufrido mucho aquí abajo. Pero ¡ay! si supiera el martirio que he estado sufriendo durante un año, que sorpresa causaría".

Y el sufrimiento, de un tipo o de otro, había sido su suerte desde el mismo principio de su vida religiosa "El sufrimiento lanzaba sus brazos hacia mí cuando vine al Carmelo y yo lo abracé amorosamente".

Su necesidad de la santidad se vio redoblada bajo estas pruebas. Le parecería que había una distancia inconmensurable entre ella y los santos y sin embargo, se decía a sí misma, Dios no le hubiera dado este ardiente deseo de santidad si no hubiera algún medio por el cual pudiera ella alcanzarla:

"Quiero encontrar un medio de llegar al cielo por un camino que sea muy corto y directo, un caminito que es bastante nuevo. Quiero encontrar un ascensor que me lleve directo a Jesús, soy demasiado pequeña para ascender la escalinata de la perfección".

Buscaba en las Escrituras la solución a sus dificultades y la encontró en estas inspiradas palabras: "Dejad que los pequeños se acerquen a mí" y "Te consolaré como a quien su madre lo acaricia, serás llevado en brazos y acariciado en el regazo". El "ascensor" fue encontrado. "el ascensor que me llevará a los cielos son tus brazos,¡Oh Jesús!. Así no tengo necesidad de crecer sino más bien permanecer pequeña más y más cada día".


El camino fácil de la Santidad.

Así siguió siendo pequeña hasta su fin y su misión es enseñarles a las almas su caminito al cielo. " ¿Cuál es el caminito que quieres enseñarles a las almas?" Le preguntó la superiora, no mucho antes de su muerte. Madre mía contestó ella, "es el camino de la infancia espiritual; es la carretera de la confianza y de la entrega total. Quiero enseñarles los pequeños medios que he encontrado tan triunfadores; decirles que nada más hay una cosa que hacer aquí abajo y es arrojar pequeños sacrificios a los pies de Jesús y conquistar su corazón con nuestras caricias. Es así como yo lo he logrado y es por esta razón que seré tan bien recibida."

Estas palabras resumen la historia de su alma. Es así que su breve vida se consumió en un ardiente holocausto de amor. "No tengo otro medio" exclama "de probarte mi amor para Ti, que el arrojar flores a Tus pies, es decir nunca permitir que se me escape un pequeño sacrificio, una mirada, una palabra, aprovechando hasta los más mínimos actos y haciéndolos por tu amor. Así arrojaré flores a Tus pies. Nunca pasaré junto a una sin arrancarla para Ti. Y luego cantaré, cantaré siempre, aún si tengo que buscar mis rosas entre las espinas y mi canción será más melodiosa cuando las espinas sean más largas y más agudas".


La mejor Maestra de Novicias, nunca fue nombrada "Maestra de Novicias".

Tanta era la estimación que la Hermana Teresa despertaba que a pesar de sus serias declinaciones y cuando no tenía más que veintidós años, fue puesta a cargo de las novicias, sin llevar jamás sin embargo, el título de Maestra de Novicias. Con la sencillez que brota de la verdadera humildad ha confiado a su diario sus pensamientos sobre este asunto. Dirigiéndose a la madre superiora, le dice: "usted quiere que desempeñe yo a su lado una tarea que me parece muy dulce y muy fácil, es una misión que terminaré cuando ya esté arriba".

Me ha dicho usted, como Jesús dijo a San Pedro, apacienta mis ovejas. Me ha nombrado usted, sin embargo, para ser su compañera mayor más bien que su maestra, ordenadamente conducirlas siempre por pasturas fértiles y sombreadas, indicándoles cuáles son los mejores y más provechosos pastos, prevenirlas contra las flores de bellos colores pero venenosas, que no deben jamás tocar sin pisotear.

Pero no puede suponerse que la Hermana Teresa tomaba ligeramente la misión que le fue confiada, aún cuando la califica "muy dulce y muy fácil". Era demasiado santa para no estar agudamente consciente de la responsabilidad involucrada en tal cargo y de la necesidad de la ayuda divina. Tan pronto como entré en el santuario de las almas, ví que era una tarea más allá de mis fuerzas, por eso arrojándome rápidamente a los brazos de Dios imité a los niños que cuando se asustan esconden sus cabezas en el hombro de sus padres y dije "Señor soy demasiado pequeña para alimentar a tus criaturas". Si Tú quieres darles a través de mí lo que es necesario a cada una de ellas, tienes que ponerlo en mi mano y habiendo declarado así su propia incapacidad, se dedicó cuidadosamente a su tarea, confiado que Dios se valdría de algún modo de su juventud y su inexperiencia. Y confiesa que su confianza no fue en balde. "Nunca me sentí defraudada en mis ilusiones, mi mano estuvo llena, siempre que fue necesario alimentar el alma de una de mis hermanas."

Se daba cuenta de que no había un método universal para dirigir almas, sino que cada una debía ser guiada de modo especial. Por lo tanto se hacía indispensable estudiar cuidadosamente el carácter y peculiaridades de cada una tratar de adivinar el camino que cada alma recorría y después alentarla a seguir ese camino del mejor modo posible. Es una tarea que resulta difícil aún para la gente más experimentada; para alguien de sus pocos años humanamente hablando imposible.

Pero no era esta la parte más difícil de su cometido, lo que encontró más difícil aún fue el ingrato debe de corregir. "Lo que me cuesta más trabajo es observar las faltas, las más ligeras imperfecciones y declararles una guerra sin cuartel". Tan difícil lo encontraba que decía que podía comprender perfectamente la huida de Jonás cuando fue enviado a reprender a los ciudadanos de Ninive. "Prefería recibir mil reprimendas que dar una pero, siento que es muy necesario que este trabajo sea una fuente de sufrimientos para mí porque cuando uno actúa por naturaleza le es imposible al alma que comete imperfecciones entender estas imperfecciones cree que la hermana a cargo de ella está malhumorada y que descarga su estado de ánimo en ella, a pesar de que lo haga con buena intención."

Y así a pesar de su natural repugnancia a reprender, era muy exigente en el desempeño de sus deberes. "Dios me ha dado la gracia de no temerle a la guerra, cueste lo que cueste, he de cumplir con mi deber". Nunca retrocedía ante lo que consideraba necesario, a pesar de lo que sus novicias pudieran pensar de ella. "Sé madre mía" escribe, que sus ovejitas me encuentran severa, si leyeran estas líneas dirían que no parece que me hubiera costado trabajo andar tras de ellas y señalarles las manchas de sus bellas pieles, o aún traerles pedacitos de la lana que han perdido entre los abrojos del camino. Las ovejitas pueden decirlo que quieran, sus corazones saben que las amo con un gran cariño. !No!, no podría yo imitar al pastor que cuando ve un lobo acercarse deja al rebaño y se escapa, estoy preparada para dar mi vida por ellas y mi afecto es tan puro que no quiero siquiera que ellas mismas lo conozcan.


Teresita entrevé su último fin.

Pero la hermana Teresa no estaba destinada para alimentar por mucho tiempo al pequeño rebaño puesto a su cargo. En abril de 1896, una hemorragia pulmonar le hizo entrever su ya próximo fin. "Durante la cuaresma de ese año", escribe "me sentía yo más fuerte que nunca y esta fuerza a pesar del ayuno que observé con todo rigor, me duró hasta la pascua, luego el viernes Santo, a primera hora Jesús me dio la esperanza de que pronto iría yo a unirme con El en su bella morada. ¡Oh, cuán dulce es este recuerdo para mí!. El jueves en la noche, como no había yo conseguido permiso de quedarme a velar en el sepulcro toda la noche, regresé a mi celda a media noche. Apenas puse la cabeza en la almohada cuando sentí que algo espumeante venía a mis labios. Creí que iba a morir y mi corazón casi estalla de gozo. Sin embargo como había yo apagado mi lamparita de noche, mortifiqué mi curiosidad hasta la mañana siguiente y me dormí en paz."

Este primer aviso fue seguido por el segundo a la noche siguiente: "Al anochecer de este feliz día (Viernes Santo), entré llena de regocijo a mi celda y me iba a dormir tranquilamente cuando mi buen Jesús me dio, como la noche precedente, la misma señal de mi próxima entrada a la vida eterna".

Pero no estaba destinada para morir inmediatamente; dieciocho meses hubieron de transcurrir antes de que la arena de su vida hubiese terminado." Fueron meses de sufrimiento y la oscura noche de la desolación interior se le acercó con intensidad aumentada, con el fin de purificar más su alma. Durante el tiempo pascual, tan lleno de luz Jesús me hizo entender que hay en realidad almas sin fe y sin esperanza, quienes por un abuso de gracia, pierden tan preciados tesoros que constituyen la única fuente de alegría real y pura. Hizo que mi alma fuera invadida con la más densa oscuridad y el pensamiento del cielo, tan dulce para mí desde mi niñez, llegó a ser una fuente de torturas. La duración de esta prueba no fue limitada a algunos días o semanas he estado sufriendo ya por meses y espero aun la hora de mi liberación".


Teresita en el hospital sufre lo indecible y da ejemplo de soportarlo por la salvación de las almas.

La hora de su liberación ya no dista mucho, sigámosla hasta el fin de su peregrinar en la tierra para entender en los últimos meses de su corta existencia cómo Dios prepara a las almas escogidas para su Reino de los Cielos.

Aún cuando la Hermana Teresa había escuchado, hacia los fines de la cuaresma de 1896 como un murmullo dulce y lejano que anunciaba la llegada del Esposo, no fue sino hasta principios de julio de 1897 que fue finalmente relegada a la enfermería y fue allí en donde 5 meses después murió el 30 de septiembre.

Durante los últimos meses de su vida sus virtudes en medio del martirio de cuerpo y del alma que estaba atravesando, llegaron al grado del heroísmo. A pesar de las tentaciones contra la fe. Que continuamente la molestaban, permaneció fiel a su camino de confianza y abandono. "No escogería morir a vivir decía ella, y si Dios me pidiera que eligiera lo que quisiera, no podría elegir sino esto yo sólo deseo lo que Él desea, es lo que él desea lo que yo amo.

En el curso del mes de agosto permaneció algunos días como fuera de ella, implorando que rezáramos por ella. Nunca la habíamos visto en tales condiciones, en este estado de angustia inexpresable la oíamos repetir: "¡Oh cuan necesario es rezar por los que están en agonía, si se supiera!".

El mal Espíritu, también la asediaba. "El demonio anda en mi rededor, me atormenta, me sujeta con garras de hierro para evitar que yo obtenga el más ligero alivio, aumenta mis penas a tal grado que ya estoy casi desesperada. Y no puedo rezar nada más puedo ver a la Santísima Virgen y decir ¡Jesús! Oh cuan necesaria es la oración de Completas. Líbranos de los fantasmas nocturnos"

Pero al acercarse el fin de la noche de sufrimiento, el velo que esconde el futuro de los ojos humanos, pareció en este caso, haber sido frecuentemente levantado. Ella pudo con maravillosa claridad ver hacia el futuro y pronunciar palabras que, después de muerta se han hecho verdad. Parece haber tenido un conocimiento previo de su futura misión. "Después de que yo muera, dijo, un día haré que una lluvia de rosas caiga sobre la tierra".

En otra ocasión recibió a la madre superiora con una expresión inusitadamente brillante de tranquila alegría: "Madre mía, dijo, algunas notas de música lejana me acaban de llegar y pensé que ya pronto debería estar escuchando melodías incomparables, pero este pensamiento me alegró solamente por un instante, solamente una esperanza hace que mi corazón palpite más rápidamente, es el amor que recibiré y el que estoy capacitada para dar. Siento que mi misión está a punto de comenzar mi misión de hacer a Dios amado, como yo lo amo, señalándole a las almas mi pequeño camino. Quiero vivir mi cielo haciendo bien en la tierra. No es posible ya que aún cuando están en el mismo centro de la visión beatífica, los ángeles nos vigilan. ¡No! yo nunca podré tomar descanso hasta el mismo fin del mundo, pero cuando el ángel haya dicho, el tiempo ha terminado entonces descansaré porque el número de los elegidos estará ya completo.


Cómo amaba las penas Santa Teresita.

El fin estaba próximo ya pronto Teresa estaría libre de todo sufrimiento y sin embargo esta valerosa "alma pequeña" recibía sus penas con cara sonriente. Justamente como algunos reciben la felicidad. Lo que la naturaleza rechaza como algo que debe eludirse a toda costa era buscado y abrazado por ella como lo más deseable.

"Ya hace algún tiempo" escribe ella "que el sufrimiento ha sido mi cielo aquí abajo y no puedo entender cómo será posible que yo me aclimate en un lugar en donde la felicidad reina totalmente y en donde la pena y el dolor son desconocidos. Jesús tendrá que transformar absolutamente mi alma, ya que de otro modo no podré soportar la felicidad eterna."

"¿Porqué estás tan alegre esta mañana?" Le preguntó la madre superiora. Es porque he tenido dos pequeñas pruebas, replicó ella, "y nada me da pequeñas alegrías como el tener pequeñas pruebas".

En otra ocasión, cuando alguien le dijo: "Tus sufrimientos son terribles", ella contestó "¡No! no son terribles; ¿puede una pequeña víctima del amor considerar terrible aquello que su Esposo le manda? El, me dá a cada instante justamente lo que puedo soportar y no más y si después aumenta mi sufrimiento aumenta también El mi fortaleza".

La muerte de un ángel.

Al acercársele el fin, sus sufrimientos físicos también aumentaron. Pronto se vio reducida a tal estado de debilidad que no podía hacer el menor movimiento sin ayuda. El hablar en su presencia aún en voz baja llegó a ser una fuente de tortura para ella. La fiebre y la opresión no le permitían hablar sin experimentar una fatiga extrema. Y sin embargo, la sonrisa no abandonaba jamás sus labios.

"Sufro mucho" decía "¡sí, mucho! pero a pesar de ello me encuentro en paz sorprendente, todos mis deseos han sido realizados; me siento llena de confianza".

"¡Oh, cómo es bueno el buen Dios!" decía a veces. "¡Sí!, debe ser muy bueno puesto que me da fuerzas para soportar todo lo que sufro".

Finalmente apuntó el alba del día eterno. Cerca de las dos de la tarde se incorporó en la cama y gritó: "Madre mía, el cáliz está colmado. ¡No! nunca hubiera yo creído posible el sufrir tanto; puedo explicarlo únicamente por mi deseo de salvar almas".

A las cuatro y media los síntomas de su agonía se manifestaron y tres horas más tarde su alma virginal había adelantado su camino hacia Dios.

"¡Oh … te amo, mi Dios, te amo!".

Y estas fueron sus últimas palabras.

Repentinamente se incorporó, como si hubiera sido llamada por alguna misteriosa voz; abrió los ojos, brillando con paz celestial y con una felicidad indescriptible y fijó la mirada un poco más arriba de la estatua de María. Esta mirada duró aproximadamente el tiempo de un Credo y entonces su alma bendita víctima ahora del Aguila Divina, "emprendió el vuelo al Cielo".


Canonización de Santa Teresita.

El primer folleto sobre Teresita fue escrito en Lisieux en octubre de 1911 y fue publicado por la Cathlolic Truth Society en 1912 bajo el nombre de "La Hermana Teresa". Pronto se hizo necesario cambiar el título por 3 veces y llamarlo con su nuevo título oficial de "Santa Teresa de Lisieux".

Debemos recordar que ella murió el 30 de septiembre de 1897 y que su causa fue activada con celeridad excepcional.

En efecto: el Código de Leyes Canónicas de esa época, establecida que el Proceso Apostólico para decidir si una persona ha practicado las virtudes en grado heroico, no debe principiarse sino 50 años después de acaecida su muerte. Si la conclusión de este proceso es afirmativa, la persona fallecida puede ser llamada Venerable.

Esta conclusión se alcanzó el 14 de agosto de 1921, cuando en solemne decreto, publicado en nombre de Su Santidad se declaró que la Hermana Teresa había practicado todas las virtudes en grado heroico.

La razón por la cual el Santo Padre hizo una excepción en el caso de ella al período que en esa época era de 50 años, parece haber sido por la muy especial y extendida popularidad de la joven y por las numerosas peticiones que fueron recibidas en la Santa Sede, pidiendo que se activara la causa.

El paso siguiente en la causa fue el proceso de los milagros. Si se obtiene el necesario decreto de aprobación, se sigue una discusión "con el Sumo Pontífice", sobre si es aconsejable proceder con las solemnidades de la beatificación. Si el resultado de esta discusión es favorable, el Papa expide un decreto al efecto y en el plazo que el mismo señala, la solemne Beatificación del Servidor de Dios, tiene lugar en la Basílica del Vaticano, durante la cual se expide una carta Pontificia dando permiso al culto público y veneración de la persona beatificada.

Estos distintos pasos fueron seguidos con éxito en el caso de la Hermana Teresa. El 11 de febrero de 1923, el decreto solemne de la aprobación de milagros fue oficialmente leído, el 19 de marzo el decreto "De tuto" y el 29 abril de 1923 la solemne ceremonia de beatificación tuvo lugar en San Pedro.

Un dato interesante en conexión con la solemne beatificación, fue la traslación del cuerpo de la beatificada Monja Carmelita, desde el cementerio de la Parroquia a la Capilla del Convento de Lisieux. Esto tuvo lugar el 26 de marzo de 1923. Se dice que más de 30,000 personas tomaron parte en la procesión que recorrió casi toda la Ciudad.

Y a escasos dos años de la Beatificación, S.S. Pío XI presidió la solemne canonización en la Basílica de San Pedro en Roma, el 17 de mayo de 1925. Desde entonces la Florecilla sería reconocida como Santa Teresa de Lisieux. Posteriormente fue proclamada Patrona Universal de las Misiones, el 14 de diciembre de 1927.

En la plaza de San Pedro, llena de fieles procedentes de todo el mundo y en presencia de numerosos Cardenales, Arzobispos y Obispos, durante la solemne celebración eucarística, S.S. Juan Pablo II proclamó Doctora de la Iglesia Universal a Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, el 19 de octubre de 1997.

A finales del mes de enero, durante febrero, marzo y principios de abril del 2001, México se vio bendecido por la visita de las reliquias de tan ilustre Doctora de la Iglesia, Santa Teresa de Lisieux, levantando a su paso un entusiasmo desbordante y avivando la fe, pero sobre todo "Haciendo caer una lluvia de rosas sobre nuestra Patria".

"Teresa de Lisieux es una joven. Alcanzó la madurez de la Santidad en plena juventud. Como tal se presenta como Maestra de vida evangélica, particularmente eficaz a la hora de iluminar las sendas de los jóvenes a los que corresponde ser protagonista y testigos del Evangelio entre las nuevas generaciones".